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VICTORIANO CRÉMER
León

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SUCEDE CON BASTANTE frecuencia que el misterio, la magia suele darse significativamente en lugares, en rincones, de ciudades de tamaño reducido y donde el eco del mundanal ruido se desvanece apenas tocado por la luz del ritmo secreto de la piedra, del hierro, de la madera que las habita. Estos son los materiales, el lenguaje diríamos del que se vale Juan Carlos Uriarte para ofrecer muy de cuando en cuando, la vibración de la materia después de que esta ha pasado por los canales sangrientos del espíritu. Porque Juan Carlos, no es en puridad, un artista de los que se aferran a visionaciones o a referencias, sino que los que hace, lo que expresa, lo que al final parte con ilusión y dolorido sentir es el fruto de un amor intenso y hondo del cual extrae el fundamento, la savia, el alma de las cosas. De las cosas que ve y de las cosas que siente. Una vez consagradas estas el sacerdocio estelar del que desciende convierte todo en esencial fundamento de vida. Juan Carlos Uriarte maneja la materia como si se tratara de una criatura a la cual hay que reformar sobre la marcha. Y por la sugestión de su propia magia, los seres vivos y sus sombras acaban por acceder a la invitación amante del artista para concertar el discurso artístico. O por mejor decir, el alma de la obra que el artista se dispone a realizar. Y es entonces, ya en el trance creador en llamas cuando surge la obra bien hecha, la obra fruto de la observación amorosa y del conocimiento. Y convierte el hierro de la rejería en indicativo sentimental o la piedra en sonora indicación o el pergamino en amoroso mensaje. El arte que hace o que descubre Juan Carlos, no es aquel que se descubre sólo como para atraer la atención y el asombro del espectador, sino el arte que resuelve el sonido, la grave música interior del mundo inmóvil: la calidad del espacio, la nitidez del papel, la fortaleza del hierro o la ternura de la piedra. Todo ello para explicar un aspecto aparentemente casual que sirve para confirmar la totalidad del lugar elegido para expresar lo que es, no lo que se ve, sino lo que se siente en su dramática o lírica intimidad. Juan Carlos Uriarte presenta en la Sala de Exposiciones de la Fundación Carriegos seguramente la muestra más lograda de su ya extensa y valiosa visión del mundo, precisamente descubriendo el mundo interior de los motivos, la mismidad de la representación. Y así como ante muchas demostraciones de arte se suele aludir al mensaje que encierran y que se esfuerzan en comunicar al contemplador, en el caso milagroso de este domador de la materia se limita a construir aquellos datos que son necesarios para sentir. Es quizá, el arte de la comunicación profunda lo que Juan Carlos Uriarte ofrece¿ Y si me arriesgo a invitar al espectador a que asista a este ejercicio de altísima temperatura artística no es sino para solicitarles que lo hagan sin prisa.

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