Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

La guerra simulada

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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NO HAY NADA que mayores riesgos comporte ni que a peores situaciones seamos llamados, que a la situación política en la cual los pueblos jueguen a hacer la guerra, su guerra personal. Aquí no valen los eufemismos. Si decimos guerra sin cuartel es que de antemano se elude el grave compromiso de incluir en los anales bélicos, por ejemplo la nobleza, la sinceridad, el conflicto justo para conquistar una victoria necesaria. Las elecciones que las sociedades se ditan y se construyen pelean, tanto por alcanzar el prestigio del predominio social, económico y cultural como para evitar que este mérito, por el que tantos hombres lucharon a veces históricamente como que recaiga en el rival. No cabe una guerra limpia ni humanitaria, ni acogida a los límites de la honestidad y de la decencia. Toda guerra entre seres humanos y entre macacos selváticos es una pugna criminal de la que los actores solamente pretenden sacar beneficios. Nunca se hicieron guerras para ceder la victoria a seres más perfeccionados, ni más valientes, ni más justos, ni más generosos. Es la guerra una demostración de violencia para supeditar a su propio dominio al enemigo. De modo que así que se proyecta y se reconstruye la armadura de una guerra política, lo que se hace es en puridad, preparando la eliminación del contrario. Cuando durante el engañoso tiempo de las guerras se habla de concertar convenios a cuenta, se dice, de una mayor fórmula de convivencia y de entendimiento electoral, lo que estamos haciendo es esconder taimadamente nuestras verdaderas intenciones que no son por cierto sino aquellas que garantizan el triunfo de los «Nuestros». Ha sonado ya, por cierto, el clarinazo que a la guerra nos llama a los unos y a los otros y hemos descubierto nuestras armas para condenar y eliminar al contrario. Y los neutros, los diferentes, los que nos atenemos a los principios éticos que nos impiden enmascarar la verdad, representarla a nuestro mejor entendimiento, lo que hacemos es, repetimos, mantener una de las guerras más solapadas y más traidoras. La guerra electoral, por la que todos, unos y otros, estamos dispuestos a morir matando. En provincias tan familiares, tan estrictas como esta nuestra, cuando no tenemos una guerra real que llevarnos a la boca nos inventamos situaciones belicosas que al menos pueden dejarnos el sabor agridulce de la victoria. Como está sucediendo en la actualidad. Como si no tuviéramos bastante con la pelea de rufianes que es todo estado electoral, nos sacamos de la manga la advocación, exaltación o maniobra de cualquiera de las guerras políticas o normales para culpar quizá a los franceses del napoleonismo de todos los males que nos suceden. Que por cierto suele suceder tal como se teme. España está en guerra electoral, y en guerra religiosa y en guerra de partido. Se disimula cuanto se puede pero el esfuerzo es inútil. Al final de la escondida contienda se descubrirá quiénes se beneficiaron con esta o con la otra guerra y a quien cabe aplicar la frase de Gunter Grass: «La Iglesia debe volver a ser pobre»¿ Pero ¿quién se resigna a ser pobre?

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