LA GAVETA
León 68
HACE CUARENTA AÑOS la provincia de León tenía más habitantes que ahora. Y muy malas carreteras. Y unos señores cuarentones que iban por la ribera del Órbigo y la del Esla, la del Sil y la del Bernesga en unas motocicletas pequeñas, luchadoras, italianas, Guzzis. Y que parecían bicis que habían pasado por una cura de engorde. Con su color naranja norte. León 68, está vivo aquel tiempo. En el único lugar donde puede estarlo, que es en la memoria. Porque la vida cambió mucho, y la vivimos en el ahora, como debe ser. Cada uno desde su alegría o su tristeza, su todo o su nada, su luz y su penumbra. Y la mezcla. La vida la vivimos ahora y la nostalgia es una cosa mala y necia. Muy falsa y derrotista. Pero la memoria no lo es, porque está viva y porque es un cuento en parte. Y hablar de León 68 es un poco hablar de ahora mismo, aunque no lo parezca. Pero es ahora cuando lo decimos, cuando lo hacemos actual sin serlo. Es todo un juego y yo sigo en él. Les hablaba de las motocicletas. Y de las aldeas, más pobladas entonces. Pero a mí las aldeas siempre me gustaron poco: tal vez porque no fui niño rural, viví ajeno a vacas y sementeras. Yo andaba feliz en las ciudades y en las estaciones del tren. También me gustaban mucho las villas de León, tantas y diferentes; esas microscópicos burgos donde había confiterías con pocos pasteles, con pocos clientes, casi al borde del cierre. Me fascinaban esas pequeñas villas. Me acercaba a ellas con una curiosidad inmensa. Así conocí Boñar, por ejemplo. Boñar, qué emoción. Y los bares al sol de un verano. Y siempre las niñas, claro. Pasaban, venían, bajaban de los coches, se subían. Algunas jugaron bajo el negrillón. Y yo quise comprar una linterna en una tienda muy cerca de esa plaza, pero no tenía bastante dinero. Cosas del 68 y de uno. Y La Pola de Gordón: recuerdo una plaza y un café. Hombres importantes que venían a pasar el verano allí. Uno tenía unos almacenes en León. Otro, más gordo aún, era abogado no sé donde. Y todo en sordina, en un breve ir y venir al bar para hacer pis. Y/o Toreno, por entonces. Tan lleno de mineros y casas modestas. Tiestos de lata, recuerdos de la guerra; un oficinista flaco que era amigo de casa y que iba y venía todos los días desde Ponferrada en un autocar pequeño, redondo y beige. Y Ponferrada sí, santificada en ese año de 1968 por un eco evidente del mayo francés. Lo digo porque a partir del mes de agosto -mientras el crimen comunista invadía Checoslovaquia- empezaron a verse en la ciudad parejas de novios que iban muy abrazados. Como los de París. Eso era nuevo, la gente lo decía. Los novios por la avenida, las chicas en minifalda. Y ya siempre quise ir así por el mundo. Y quiero. Y León, al fondo, León tan lejos. León 68: era muy famoso el bar Bambú. Platos combinados, qué emoción para el niño del reino del Bierzo. Y un aire fresco ya en septiembre; y la memoria, reciente entonces, de un congreso eucarístico internacional, qué cosa loca. Con Franco y el cardenal Landázuri de maestros de ceremonias. León católico, o casi, con sus falangistas que solían ser ateos. Y los autocares, y los negocios importantes. Morais, recuerdo, se anunciaba en los cines. Y Lubén. Simeón, Levi, Judá¿ León: la capital y el tiempo. Aunque la ciudad de 1968 para mí, fue La Bañeza. El internado y aquellos curas que llegaban llorando a clase. ¡Han matado a Martin Luther King¿!, sollozaba don Santiago. Y todos con él. Se había enterado por la radio, lentamente aquella radio. "¡Han matado a Robert Kennedy¿¡" pocas semanas más tarde. Morían mucho los buenos. Como casi siempre. Y yo leía a Azorín: quería escribir libros sobre Castilla, como él. Desnudos y detenidos. Entonces.