Diario de León
Pedro García Trapiello

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ANTES de que acabe este mayo mayito que tan mojado jamás se vio, de amapolas he de hablar. Procuro hacerlo costumbre últimamente porque también yo soy estacional en mis carracas articuleras y porque la pobre amapola, lindísima amapola, no tiene quien la escriba, sobrándole tantos que la destierran, la fumigan o desprecian. Ese rojo carmesí o bermellón encendido es el margaretastor de los besos de un sembrado, morrito pintado de unos labios entre espigas... si les dejan, que viene siendo que no. Los herbicidas la tienen cogida con la amapola y con las demás hierbas bravas que se avecindaron de siempre entre las mieses de un verde mayo y de un junio que trae sus dorados amarillones, la sazón del grano. Antes, los mares de Castilla amapoleaban de lo lindo, eran rojos en este mes como sabanonas tendidas que hacían sangrar la tierra de cerca y la mirada de lejos. Siempre nos movían a exclamar de estupor y gozo cuando se nos metían por la ventanilla en nuestro cruce veloz, sobre todo cuando formaban lagunas requetebordadas en rojo donde se bañaban las alondras y las tórtolas, los trigueros o esas cordornices que ya están prestas ahora a emparejarse tocando la ocarina con su piiiipipí, piiiipipí. Hoy las amapolas se han refugiado en las cunetas o baldíos, se aferran al pie de una tapia, desfilan quedamente en los linderos y hasta trepan a las albardas de los muros de adobe que muerde la incuria (he visto unas amapolas imposibles en la mismísima cresta de las cercas murallonas de morrillo que enclaustran las casas de Barahona). A las amapolas las acosan. Las expulsan. Pero presentan una resistencia numantina, aunque no las verás jamás en ningún jardín urbano. Ahí las odian muy especialmente. Los floristas también. No valen las amapolas para ramos ni floreros. Se niegan, como los gatos, a que las aten. Y cuando la humildad rural las llevaba con otros floripondios de estos meses a la iglesia por adornar altares o devociones del mes, la amapola humilla su estiramiento, se desmaya en su agonía, se amustia de melancolía y se desprende de los pétalos en una muda de terror ante su muerte. Es flor efímera que no quiere cautividad. Ella reza sólo en los sembrados. Amapola, lindísima amapola...

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