Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Las palomas de la paz

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VICTORIANO CRÉMER
León

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HE SIDO, desde pequeño, y de esto hace ya más de un siglo, un apasionado amante de las palomas. De muy niño, las perseguía no por otra razón que por la de seguir sus movimientos, tan graciosos y tan oportunos siempre. Hubo un tiempo en el que prefería la contemplación de los pardales del Parquecillo de San Francisco, no por otra razón que por la pura estética de su manera de estar en su mundo, tan ligeros siempre y tan hábiles para disputar el grano de oro perdido entre la hierba. Al paso del tiempo y posiblemente por puro respeto a los derechos de las palomas y de los pardales, fui seleccionando animalitos de mi contemplación y gozo. Y me quedé con las palomas, pese a su deseo para la ocupación del territorio, que no parecía sino que la Ciudad era suya. Abundaban de tal manera las palomas en León que hubo que atenderlas municipalmente colocando en sitios estratégicos, graciosos cajones aéreos, colgados de los árboles para que las palomas de la Ciudad tuvieran un lugar en donde acomodar sus sueños. Me parecía que si los grajos de la Catedral contaban con el permiso santo de los canónigos para transitar por entre las piedras gloriosas del templo, el mismo derecho tenían las palomas para disponer de un acomodo urbano digno, (por más que hubiera y hay todavía seres humanos que andan a la intemperie, sin un puesto a la lumbre ni un techo ni un cielo que pudiera llamar suyo o cuando menos para su uso.) Además, yo tenía. un concepto de las palomas como de las cigüeñas: que eran animales de Dios, a los cuales había que respetar y acoger en nuestras contemplaciones. Algo o mucho me soliviantaba saber que las palomas eran un arma de guerra y que incluso en los ejércitos existían auténticos ejércitos, magníficamente enfrenados y disciplinados para acciones bélicas, tales como el servicio valiosísimo de enlaces. El aleteo de las palomas mensajeras anunciaba a su paso que el servicio había sido cumplido y que ya los paisanos podían ensayar sus sueños con el de las palomas, al servicio de la causa de la Paz, por más que su misión fuera la de cubrir el puesto de mensajeras de la guerra. Algo y aún mucho me turbo cuando conocí que el ejército español, que contaba con un destacamento de trescientas palomas mensajeras, había tomado la decisión de jubilarle y permitir que las palomas, ya libres de todo compromiso, dedicaran sus vuelos a hacer la competencia a las alondras. Y es que efectivamente, el ejército, los fieles infantes, los heroicos escuadrines, suplían ventajosamente si contaban con los servicios de la paloma mensajera. Y ahora, en esta hora turbadora que grava hasta la angustia nuestro vivir sin vivir, las bulliciosas pero seguras palomas militares han sido o lo estén siendo licenciadas. ¿Qué hará el Ministerio de la guerra y de defensa y de conmemoraciones, con estas trescientas palomas que ya no 1es sirven para ganar guerras, ni para cubrir expedientes, ni para traer y llevar estrategias para la paz?¿Que será del mundo sin palomas mensajeras?

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