Desafío extremo Spitzkoppe (3)

Convivencia con los himbas

Estamos en el África más remota. Nada ha cambiado en mucho tiempo, no hay ni un signo de modernidad. Visten, se adornan, comen... viven igual que generaciones pasadas

Publicado por
Jesús Calleja
León

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Es como si hubiésemos llegado a Marte. Los himbas viven igual en esta remota parte de África. Nada ha cambiado, no hay ni un signo de modernidad. Se adornan, visten, comen... en definitiva viven igual que generaciones pasadas. Nos sentimos afortunados de intercambiar culturas, de tocarnos, reírnos, jugar, y cenar con ellos. Les damos nuestros regalos de comida, pues aquí no existe dinero y no lo quieren aunque se lo des, pues no hacen nada con él. Todo su mundo se basa en el número de vacas que tengan. Son la moneda de cambio y sirven para todo. Tendrás tantas mujeres como vacas pagues. Es una sociedad de patriarcado en la que te juzgarán los delitos que cometas los jefes de tribus, y pagarás en vacas, incluso el asesinato se paga en vacas. Hemos conocido a un angoleño que cruzó el río Kunene ilegalmente para trabajar para los himbas construyendo sus empalizadas y se le paga en vacas. Lleva seis meses trabajando y ya tiene seis y espera a que las aguas desciendan para regresar a su aldea angoleña feliz con sus vacas ganadas honradamente. Estamos relajados y asombrados de ver este mundo, casi imposible en estos tiempos de sociedades globalizadas. Nos sentimos a gusto al compartir todo lo que tenemos con esta sencilla pero orgullosa familia himba. Es de mis mejores sensaciones en África. Lo mismo sienten Kike y Emilio. No creímos que existiera un lugar así, con tribus tan ancladas en el tiempo. El color es el ocre, todo es ocre, las casas, la ropas, la piel, todo se tiñe de ocre, y el sol lo acentúa aún más. Es un mundo de color rojo. Nos vamos a nuestro campamento, y nos metemos en las tiendas, completamente alucinados, sin comentar palabra. Han sido muchas sensaciones difíciles de digerir en un solo día de convivencia himba. Mañana será otro día. La mañana siguiente la pasamos con ellos. Desayunamos juntos. Nosotros nuestra leche de cartón que tenemos en las neveras eléctricas, y ellos la suya directamente de las vacas, su bien más preciado. Ellos beben leche para desayunar, comer, cenar, y en pocas ocasiones comen carne de vaca o cabra. Nos dejan ordeñar con ellos las vacas, hacer mantequilla, adecentar sus limpias chozas de palos y barro y jugar con los pequeños. No queremos separarnos de ellos, hay algo vital que nos une, pero hay que continuar. El tiempo, el reloj y las prisas siempre nos persiguen en nuestro mundo occidentalizado. Ellos, los himbas, ni siquiera saben lo que es el tiempo, ni conocen el reloj, nadie sabe sus años y todo fluye muy despacio. Key Key se ríe y dice: ¡Es África! Estamos de nuevo metidos en un tremendo fregado y nos adentramos al punto del no retorno. No me extraña. Cuando hemos encarado las primeras rampas nos quedamos mudos. Era como bajar una gran escalera tallada en la roca, arrastrando todo el suelo del Toyota. En cualquier momento se romperá dice Kike, y yo me lo creo. Es demasiado, esto se reventará. El caso es que el coche aguantó, y pasamos este dichoso punto con bajadas de 45 grados imposibles de retroceder si no consigues bajar. Hay dos esqueletos de coche que lo atestiguan. Pero estamos en una gran llanura que nos indica que hemos conseguido bajar la cordillera por pasos casi imposibles y en su interior hemos dejado unas tribus que permanecen inalterables en sus costumbre, gracias a su asilamiento, que nosotros animamos con nuestra presencia. Pero al mirar la enorme cordillera nos damos cuenta que están muy seguros tras esa muralla casi infranqueable. En unos días estaremos escalando unas espectaculares paredes de granito en esta árida parte de Namibia, donde no hay nadie. Será una increíble experiencia que si seguís las crónicas os lo contaré. Es mi siguiente desafío. ESCRIBE: Siga la aventura en: www.jesuscalleja.es

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