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VICTORIANO CRÉMER
León

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A FIN de no crearme recelos, ni enemistades, que hartas colecciona el ser humano al cabo de su aventura de cada día, cuando se nos ha entregado el aviso de que la Hacienda pública o Asociación estatal de recogida de fondos para pagar a los responsables de nada, procuro esquivar encuentros desafortunados o pasos en falso. Y con el mejor semblante y la sonrisa a flor de labio acudo a la cita de estos encomenderos de nuestros exiguos recursos. Me digo entre dientes, que es la forma más rencorosa de referirnos a quien nos esquilma legal o ilegalmente. El impuesto es como un artículo de fe. Si realmente crees en su legalidad y en la necesidad de acudir con nuestro óbolo, sin protesta, la duda, el recelo o la contradicción es inútil. Porque pagar hay que pagar. Por las buenas o por las peores y la acumulación de arbitrios es tan obligado como dejar constancia en el Libro de nacimientos del parteamiento de un nuevo niño. Cuando esto del nacimiento de un bebé se debe a la acción amorosa de una ministra, por ejemplo, se explica uno a donde van a parar nuestros dineros y la razón o sinrazón de que este niño con diploma oficial no es lo mismo que la anotación corriente y moliente de cualquier vecino que no es ni ministro ni nada. Respondiendo a este principio de la obediencia debida, acudí a la oficina en donde suelen arreglar estos chapuceos y sin replicar, sin ninguna clase de gesto por el cual pudiera traslucirse resistencia y rechazo, firmé cuantos pliegos pusieron ante mí y al final del ejercicio salí con lágrimas en los ojos y sin un duro en el bolsillo. El sacrificio había sido consumado. Y por aquello de desear que se produzca el milagro, me puse de rodillas y juré no aparecer por la cruel oficina requisitoria ni con la guardia civil. Que sea lo que Dios quiera, me dije y me puse a considerar la solapada manera de sacrificar al ciudadano y la escasa o nula posibilidad de que estos padres de la patria que además de gobernar, que es una profesión cómoda y magníficamente retribuida se den cuenta de que cuando menos doce millones de humildes personas de este lugar, no alcanzan el fin de mes con la dignidad debida, sino todo lo contrario. Y no por lo escaso de los medios que el ciudadano medio dispone sino por la soberbia que suponen los emolumentos que los responsables estampillados cuentan y no acaban y las maneras, no todas decentes, con que estos personajes de chicha y nabo destacan y como recurso justificativo alardean de disponer mecanismos legales para acrecentar sus fondos económicos. Ante estas diferencias insultantes los humildes y míseros pobrecitos de solemnidad debieran protestar y echarse a la calle, no para manifestarse como en el Primero de Mayo, para argumento y esplendor de quienes viven de la necesidad de los demás. Nos están engañando, nos explica el vecino del octavo. Y seguimos viviendo miserablemente en el engaño. ¡Señor, señor!, ¿por qué no se callan de una vez para siempre?

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