Desafío extremo Sudáfrica (6)
Ante mí ¡siete filas de dientes!
Estoy embobado contemplando a este ser increíble, descendiente del Megalodón, que llegó a medir cinco veces más. Es una de las emociones más fuertes que he vivido
Veo sus dientes, y la fila de otros dientes idénticos que tiene en el interior, que pasan a sustituir a los primeros si sufren algún percance. ¡El animal tiene hasta siete filas de dientes! Pensar que está en peligro de extinción debido a la pesca indiscriminada, otra vez para alimentar a las zonas asiáticas, especialmente Japón y China, donde comen su aleta, que dicen que goza de poderes afrodisíacos, me parece una solemne estupidez del género humano. ¡Cuarenta millones de existencia y perfección para desaparecer en treinta años de humanos trasteando por los mares!. Estoy dentro de la jaula, embobado por este ser descendiente del Megalodón, que llegó a medir cinco veces más. Se mueve con destreza, sutil, suave, siempre regresa después de localizar el cebo y lo termina atacando, no sin antes medir todos los peligros. Es un tiburón que piensa y diseña, sobre la marcha, continuas estrategias de ataque. Es el único que mira con el ojo fuera del agua para observar el entorno. Ha sido una de las emociones más fuertes que he tenido recientemente: mirar cara a cara a uno de los grandes tiburones blancos. Salgo de la jaula como si regresara de otro universo, el de las bestias. Ahora, lo primero que me viene a la cabeza es como mis amigos, Karlos, Óscar, y María pretenden bucear fuera de la jaula. Pienso honestamente que no están bien de la cabeza. Al día siguiente volvemos a embarcarnos con el capitán Roonie, un tipo muy simpático, alto y huesudo, que parece salido de una novela de Charles Dickens. Esperamos tener al menos la suerte de ayer, y con ese ánimo nos dirigimos al mismo lugar, cerca de las islas Dyar, el paraíso de los tiburones. No tenemos permiso, por lo que de nuevo nos meteremos en jaula. Hoy da mucha rabia porque el agua ya tiene la visibilidad que necesitamos para salir. Pero nadie se la juega porque pueden perder mucho. Así que decidimos seguir conociendo a estos escualos desde la protección de los barrotes. Llegamos al lugar elegido y a los tres minutos de echar el cebo, aparece otro tremendo ejemplar gigantesco, que fotografiamos en unas aguas esta vez más claras. La silueta del escualo se perfila en el agua amenazadora, se mueve a su antojo sin miedo a nada ni a nadie, luego llegan dos más, ahora nos rodean tres grandes tiburones blancos, es una imagen espectacular. Pienso: «por Dios que no me caiga ahora con tanta camarita que llevo en mano, filmándolo todo, que ya me he dado dos resbalones¿». Echamos una cuerda con una bolla y cebo en la punta, y de inmediato se lanzan a por ella. Óscar filma desde la jaula, Maria saca fotos también desde la jaula, Karlos filma desde la proa con otra cámara atada a una pértiga submarina, Emilio filma desde el barco, al igual que yo, que me muevo tanto dentro de la jaula como fuera en busca de las mayores sensaciones. Es absolutamente espeluznante ver cómo muerde el cebo, y no lo suelta por nada. El marinero tira con fuerza de la soga y el tiburón la quiere entera para el. Es una verdadera bestia que lo puede todo. Hoy llegan más tiburones que ayer, el agua está más transparente y deciden atacar al cebo continuamente. Nos estamos poniendo las botas a imágenes espectaculares, que no tienen desperdicio. Espero que disfrutéis como lo hemos hecho nosotros. En ocasiones sale del agua enganchado al cebo, hasta la misma barandilla del barco. He tratado de tocarle el morro, pero cuando lo ves tan cerca la mano no obedece y se retira, por mucho que le digas lo contrario. Amigos, es brutal, absolutamente brutal. ESCRIBE: Siga la aventura en: www.jesuscalleja.es