Diario de León
Pedro García Trapiello

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TODO nuestro código genético, menos un pelo, es chimpancé puro; el noventa y nueve por ciento, dice Jane Goodall, la que más sabe de esto. Confiesa también que para ella fue un shock terrible comprobar la brutalidad que pueden exhibir estos parientes próximos que tanta gracia nos hacen en la tele (como nosotros, son a la vez asesinos y payasos, crueles por mandato de tripa vieja y graciosillos para ganarse el plátano por la cara). Pero ¿cuál fue el instante, el primer paso que convirtió a un chimpancé en el primer proyecto de hombre?... Un benedictino francés del monasterio de San Esteban de Nogales avanzó una impensable teoría para su época en los once años que aquí dio clases de ciencias montando, además, una farmacopea de gran mérito. Jean Daniel Lebroche no pudo publicar jamás su teoría, así que limitó a un manuscrito la exposición de sus tesis. Ha llegado a mis manos (sólo un facsímil) y en su veredicto demuestra ser darwinista ya en 1797, ¡doce años antes de que naciera Darwin!: « el hombre salió de un mono, lo mismo que el demonio salió de un ángel ». Atrevida teoría, visonario monje. Sostiene que el motivo que colocó a un gran mono en la senda de convertirse en hombre fue sus irreprimibles ganas de fornicar sin duelo, apreciación con la que también se adelantaba a Freud, para quien la existencia humana, sus complejos y ambiciones, se explican empezando por los bajos. Dom Jean Daniel cree que ese paso evolutivo no contradice los textos sagrados y que pudo ser así (lo vulgar del resumen es mío): un mono joven, tan fuerte como osado, pretende adelantar turnos y tirarse a toda mona a mano, lo que enfurece a machos dominantes del clan y su sistema. Le acosan, le hieren hasta verse expulsado; o huye por su bien. Vaga por las bóvedas de la selva. Intenta entrar en el territorio de otros clanes de monos y, además, insistiendo en fornicar. Lo lleva claro. La respuesta es brutal. Acabará apeado de los árboles, arrinconado en los confines de la selva, alejado de los buenos comederos frutales. Pasa ya más tiempo en el peligroso suelo que en las copas del arbolado. Ese mono se llama Adán, qué duda cabe. Lo peor de vivir en el suelo es que hay que estirar el pescuezo para ver por dónde vendrá el estacazo y el mordisco. Adán ha aprendido a andar de pie. El homo erectus está aquí.

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