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QUIEREN derribarles el hospital psiquiátrico José Tiburcio Borda para levantar un mazacote de oficinas y comercios, otro mastodonte urbanístico que sopesa la alcaldía de Buenos Aires en el barrio de San Andrés, allí donde hace diecisiete años comenzó a emitir « Radio La Colifata », la radio de los locos, de los colifatos, que es un palabro que significa loco inocente, de bondad risueña, perturbado inocuo o tonto amable en la rica jerga lunfarda que nació porteña para poder secretearse el salto o la pillería entre emigrantes italianos y algún gallego. Colifato es término guapo y ya dije en una ocasión que suena genial y que habría que replicar aquí con una variante cazurreada que dijera culifato o culifata, esto es: tonto y tonta del culo; o de culo fato, que es mucho peor. Una radio hecha por locos se teje con palabras sin collar y eso inquieta mucho a los que vamos de razonables, pues esas palabras que no sujetan los miedos saltan del receptor y se nos quedan un tiempo dando vueltas por la habitación o hurgando en la mollera, acusándonos o delatando nuestra hipocresía. Así son las palabras de los niños en su hiriente inocencia y también les decimos locos. Pero «La Colifata» no es la única radio hecha por locos. Las ondas andan llenas de gritos y dislates, pamplinadas e incongruencias que hacen pensar que hay una loca siembra de locos en programas deportivos, en tertulias o en ese periodisteo chillón y majadero especializado en triperías, bacinillas y braguetas. ¿Quién es el loco?... Ché, loco, qué decís, se dicen entre sí los argentinos con frecuencia. Todos estamos locos... y los sabemos o tememos. Pero hay unos pocos que no lo saben y los encerranos. Sin embargo, la libertad de su razón disparatada les permite huir de la locura de nuestra vida ordenada, apresurada, enviscada, canalla y loquísima. Tenemos tan apretadas nuestras tuercas como las de un submarino y ese hermetismo sin rendijas nos pudre civilizadamente el cerebro. Hay que perder, pues, algún tornillo para ser libres y saber quiénes somos (y no lo que quieren que seamos). Confiemos que esa emisora no sea engullida por la voracidad urbanística y perviva como una terapia más eficaz que un carro de psiquiatras. Escuchar a los locos quizás nos abra sendas para buscar una explicación a la vida.

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