¿El último?
ES BUENO, pero bueno, su último libro, su último jinetear, su antepenúltimo grito. Crémer ha alumbrado unos versos rectos como chopos negrales con sombra de ciprés al pie de una tumba... abierta. A las tumbas y a la muerte Victoriano las tutea porque, al fin y al cabo, ante una tumba cierta y cazurra lleva escribiendo desde que empezó de mozo a cantar con letra propia y a darle entrada al coro con sus antífonas de resistencia. No le hablen de lo que es un cielo de balas y guadañas o un suelo de zanjas de las que nacen casonas de negocio infame o esconden huesos y mentiras.
En este libro, que ganó el último premio de poesía «Jaime Gil de Biedma», asoma, claro está, la muerte... y reincide queriendo figurar en cada recodo. Pero se la pasa por la piedra del verso sin darle rima ni cuartel, robándole su «
», ese del que tira la Parca cuando le falla el gadaño, cosa que le ocurre sin duda con Crémer, que nos enterrará a todos, si no lo ha hecho ya.
«
-dice-
», aunque ni él, ni su voz, ni su memoria quieren «
», muerte terca que le ha ido robando paisajes de vida y generación, muerte ciega a quien, si no puede convencer, confunde diciéndole «
»... porque «
»...
Por eso «El último jinete» parece un repique de aldabonazos en la puerta de un fiscal, un informe preliminar para preparar alegatos ante el juicio final, esa broma probable en la que Dios pasa de toga y tribunal limitándose a colocar a cada cual ante sí mismo. No caben abogados. Crémer sabe que ese juicio casi siempre se pierde porque cada cual es reo de su biografía y ningún otro juez tendría tantas pruebas. Así que sólo cabe conjurarlo con un golpe de cinismo en sus últimas páginas: «
»... o despachando, otro más, este 2008 que acaba de diñarla, «
».
Ríete de la sombra propia y no pares de andar, que Crémer lo hace y se burla de los siglos de uno en uno.