Diario de León

CORNADA DE LOBO | PEDRO GARCÍA TRAPIELLO

Dos cazadores

Pedro García Trapiello

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QUIEN vio a su abuelo cazar seguro que soñó de niño con tener una escopeta. La caza es rito nacido en la caverna y se hereda como si a las criaturas les dieran una punta de cecina tiesa de venado para destetarse mordiendo y echar dientes mamando el sabor bravo del monte.

Me gustó la caza porque mi padre y el Bigotes me llevaban de bien guaje (y de perro) a dar unas manos a las perdices en los cuestos de Camposagrado, buenas zurras a peón eran aquellas, con alto de bota, taco y un pitillo de caldo de gallina, dándome las urces en la cara o trillando el tomillar... y los perros, nerviosos e infatigables. Había caza entonces a un tiro de piedra de esta ciudad; en una sola mañana, una treintena de perdices levantamos los perros y diecisiete colgaron de las perchas al cinto... más dos liebres que encamaron aquella noche donde no debían.

Pero en la caza de verdad, uno solo es lo elegante; dos son yunta; a partir de tres, multitud; y si pasa de quince, la cosa es tropa, recelo apostado, bulla de caseta de feria o mercadillo donde tentar el negocio y el «aguarde» pisando la mano... o besando el culo.

Prefiero al cazador solitario en pasos y pensamientos, recechando y en su hablarle al perro sólo con ojos. Delibes no rehusó cacerías y monterías, pero se lo pasó mejor en su soledad, como don Avelino, el pediatra leonés que era pura hebra, un becacier irredento con sus dos bretones, epagneuls rabicortados que enhebraban montes.

Siempre hay dos cazadores. El uno o huno... y el otro. Hace ciento y pocos años, a los macizos de Picos de Europa le entraban escopetas por todo valle arreando al rebeco peña arriba y al corzo o al marrano valle abajo. Entraban trabucos de fuera o se apostaban los tramperos de dentro. Entraba desde Asturias un señorito marqués y «sportista» (no sportinguista) con calcetines de «sport» (que así se llamaban), algo instruído el tipo, adicto al aire libre y a continuar esa tradición de las aristocracias provincianas de llenar de cuernos el salón de su casa... Y entraba a la vez desde estas caras solanas de la peña una tropa cazurra de mucho escopetón distinguido... Entre ambos cazadores hubo sutiles diferencias. El asturianín se empeñó en que aquello fuera parque nacional y nuestra peña cazurra... (mañana lo cuento).

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