Diario de León

CORNADA DE LOBO | PEDRO GARCÍA TRAPIELLO

Tres casos

Pedro García Trapiello

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DÉJAME hablarte de unas gentes con risueña resistencia en una crisis que les fue perpetua. El señor Segundo, por ejemplo, pareció, en lo que cupo, dichoso con su mala suerte y conformado al destino. Nunca tuvo coche, ni moto, ni casa, ni nómina, ni más carrera que la del galgo. Por tener, tenía sólo una chaqueta, descontada esa de la boda que sirve también para ir al médico, aunque en ninguno de los dos casos la usó, porque fue el suyo un matrimonio de diez minutos o un mes, no más, y su salud, de bilorta retorcida. Liquidó el vínculo conyugal en un tris y demostró con un tras saber componérselas perfectamente toda su vida sin más mandiles que le gobernaran.

En bicicleta, sólo en bicibleta, fueron sus rodares y andares hasta los ochentaitantos, cuando se dejó persuadir por el párroco de su barrio para que se alojara en una residencia y recibiera cuidados, «que ya no está usted en edad de palomo, señor Segundo». Y en bicicleta se largaba hasta La Cenia a echar la tarde a perros volviendo con unas setas de cardo que para él eran mejor que ternera. Mis padres, con quienes paliqueaba lo suyo, le llamaban Agorero, porque no hubo mejor profeta para barruntar un clima que tenía tatuado en su olfato y en el reuma. Era una de las pocas gentes libres de dueño o necesidad que he conocido. Vivió en paz con sus ambiciones. Murió a los tres meses de «matricularse» en una residencia de Villaobispo.

Otra paisana anónima que vivía menesterosa en una palloza en Ancares encaró también sola su vida y postrimerías, hasta que su alcalde convenció a la Diputación para que la ingresara en la capital y cuidara. En mala hora. En las comidas del hospital no querían darle vino y se sublevaba. La quisieron bañar y lo hicieron. Se resistió ferozmente: ¡agua no, que me muero!... Y a los dos días apareció muerta en su cama.

Caso parecido fue el de un viejo herrero de Maragatería, al pie del Teleno, Clemente, que vivía solo, se arreglaba y se componía a la perfección; lucidez y espabilamiento le instruyeron su afán; sacó adelante a sus hijos, se colocaron en Madrid y, en cumpliendo los noventa y dos, decidieron que ingresara en una residencia de ancianos de Astorga. A los dos meses le debió matar la melancolía, porque él estaba entero.

Lo que la crisis no pudo...

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