CORNADA DE LOBO | PEDRO GARCÍA TRAPIELLO

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ANDUVO un tipo muy singular por todos esos montes que se encrespan como espinazo místico separando lo cabreirés y lo berciano, montes Aquilanos donde lo religioso está tatuado de antaño con campos de brujas, templos a Júpiter, después anacoretas visigodos y genadios fructuosos y, más tarde, mozárabes de canto bizantino, aunque desde que llegaron los monjes negros del Cluny francés se fundió el misterio y se quedó todo en curas de misa y olla... pero el lugar sigue teniendo algo que encandila al contemplativo y al que anda fuera de este mundo.

El tipo vagabundeaba a temporadas por esa magnitud de montañona pindia durmiendo en cualquier paraje o caseto, como supimos hace poco. Después desaparecía unos meses, pero siempre acabó volviendo. A Compostela fue varias veces. Andando, por supuesto. Nadie diría que era un carrilero. Su mochila, su porte aseado, sus gafas de concha y sus rasgos estranjeros delataban la estampa inequívoca de guiri confundido o extraviado; además vestía ropa excursionista, chandals y baraturas algo ajadas (su impedimenta se la agenciaba en Cáritas aquí y allá; era menesteroso y de pedir).

Le conocimos hace año y medio en la carretera que va a Espinoso de Compludo. Cojeaba y nos dio el alto rogándonos que le subiéramos hasta el pueblo. Se había esguinciado el pinrel en una alcantarilla de cuneta. Ciertamente, era extranjero y su castellano penoso; ¿acento alemán? Sólo dijo que se llamaba Hans, agradeció hasta tres veces el favor de llevarle y no se despidió con un adiós, sino con un condiós amagando como una bendición con la mano en alto. Tipo raro, nos dijimos, otro místico esnortado.

Días atrás, conocimos a una hospitalera gallega en una reunión jacobea. Casualmente, comentó la muerte en una carretera de Lugo de un peregrino indocumentado que ella atendió en su agonía y que respondía a las mismas trazas de nuestro Hans. ¿Hans?... Pues él aseguraba llamarse Hans Küng, nos dijo, como el contestatario teólogo holandés. Estaría tronado, quizá. Podía ser clérigo o un rebotado de claustro y razón, añadió. Pero no pudo ocultar su aterrada desazón por todo lo que le relató el agonizante en la espera de auxilios y en el camino de la ambulancia al hospital de Nuestra Señora de los Ojos Grandes de Lugo... (continuará)

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