Diario de una aventura
Viendo la cara a la muerte1397124194
La radio había alertado pero nadie pensaba en una tormenta de esas dimensiones. De nada valió protegernos en la bahía de Decepción: nunca antes pasé tanto miedo
Amigos, cómo pueden cambiar las cosas, y dar al traste con los planes No podemos cumplir el sueño de escalar alguna de estas fabulosas montañas, pero al menos estamos vivos...
Después de zarpar de la base española Juan Carlos I, nuestra idea era dirigirnos hacia el sur, pero al poco de salir, el tiempo empieza a cambiar. El cielo tenía un color extraño, y el agua del mar se agitaba de un modo raro. A nuestro experimentado capitán esto no le estaba gustando nada. Roger nos dice que es mejor fondear en la isla Decepción, la mejor bahía de toda la Antártida, pues está completamente cerrada menos por una pequeña bocana. Fondeamos junto a otro velero de franceses.
El capitán parece tranquilo pero, en un momento en el que el velero se escora más de lo normal, decido subir al puente con María y me doy cuenta de que no estamos donde habíamos anclado: ¡estamos alejándonos a cierta velocidad!. ¿Qué esta pasando?. Bajo al camarote, llamo a Lui s Turi, y decidimos avisar al capitán que está dormido. Se levanta de inmediato y confirma nuestras sospechas, estamos garreando... ¡y a qué velocidad!. Fuera se ha desatado la tormenta con toda su furia . El capitán nos pide que ayudemos a levantar el ancla para intentar fondear de nuevo. Conseguimos levantarla y según sale el barco empieza a girar sin control. El capitán intenta dominar el timón y decide navegar continuamente dando vueltas dentro de la bahía que tiene unos seis kilómetros de ancha. Se echa la noche encima, y el temporal arrecia. En la radio escuchamos que se han metido dos barcos de la armada chilena y argentina además de otros dos veleros más para protegerse. Utilizamos el radar para orientarnos en la noche y giramos en círculos controlando a los demás barcos. De repente viene una fortísima ráfaga y el barco se inclina más de 50 grados y nos tira de la cama. Any, la ayudante del capitán nos dice que tenemos grandes problemas. Subo al puente y es difícil describir lo que vi: completamente inclinados, las velas se habían soltado y estaban enganchadas por todo el barco, las olas pasaban de lado a lado del barco, la nieve lo cubría todo, y no se veía nada. La cara del capitán lo decía todo: fuera de control. El viento era de 180 kilómetros por hora ¡con rachas de 220!. El violentísimo viento hinchaba las inutilizadas velas y nos arrastra inevitablemente hacia los acantilados. Tenemos que salir a cortar las velas y todas las cuerdas que encontremos o nos iremos a pique. Pero, ¿cómo vamos a salir a ese infierno? Las velas, las cuerdas y poleas se mueven a tal velocidad sin control, que si te pillan te matan. Emilio, María, Marcelo y yo salimos los primeros. Creí que era una pesadilla, pero teníamos que subir a la parte baja del mástil e intentar cortar las velas. Nos agarramos a la vela Marcelo y yo, y ésta juega con nosotros, nos sube, nos baja, y para mas desgracias un extremo de una cuerda se engancha en mi tobillo y me eleva por los aires, paseándome por el oscuro mar, para de nuevo devolverme al interior del barco, mientras grito desesperado. Me di un paseo viendo la cara a la muerte, y el destino decidió que regresara al barco. Es la vez que más miedo he pasado en mi vida.
El capitán insiste: o cortáis esas velas, o en 15 minutos estamos todos muertos, el agua del negro océano está entre 2ºC, y -1ºC y nos vamos a estrellar contra los acantilados. El pánico está en nuestros rostros. Todos callamos y parece que asumimos, que todo se terminó. Pero yo no quise aceptar el destino tan tenebroso y grité: ¡Voy a salir, prefiero pelear a morir como un perro! Giramos 360º ; es un tío vivo. Todos nos damos ánimo. Salimos. Las olas nos tapan enteros y nos fundimos con los agarres que tenemos a mano. Veo a María, que literalmente hace la bandera agarrada al mástil; el aire la levanta como una pluma. Con cuchillos de cocina y machetes, intentamos cortar para hacerle jirones a las fuertes velas. Rajo como si fuera el asesino de Viernes trece , y en una de estas le pasa la cuchilla por la cara de Any; ella l a esquiva con la mano, y le desgracio la pal ma de un tremendo corte. Pero dice que sigue... ( continuará ...).