Diario de León

CORNADA DE LOBO | PEDRO GARCÍA TRAPIELLO

Hueso y pluma

Pedro García Trapiello

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ESTUVIMOS hace unos días cenando entrecuesto con fiesta y cultura propia porque Fito y Marijó llevan cinco años apostando por la recuperación de sabores nuestros que andan algo fósiles, sustancias de un recuerdo resucitado, ecos antiguos en la bóveda del paladar. Poderoso es el entrecuesto, vive Dios y ¡viva el cerdo!, con patatas y berza, chorizamen que lo ilustra y charla larga que lo recrea... poderoso y gloria de varal. Lo casaron con vinos de Gordoncillo que cantó José Quindós y se hermanaron así la lágrima roja del sur con lo adobado en maragato, pues el entrecuesto lo es. ¿Y qué es?... Ya en otra ocasión te lo describí con pormenor y, como hacerlo de nuevo sería redundancia y fatiga, tendrás que ir al «Somoza», lo pides y lo compruebas. Eso sí, lleva navajina, que este potente asunto tiene alma de hueso.

Y del hueso acabamos en la pluma, porque volviendo del entrecuesto encontramos al montador Jose Luis que anda preparando un libro con sus pesquisas y descubrimientos artesanos en la confección de mosquitos y moscas para engañar a la trucha. En el mundo de la trucha nunca se acaba conociendo todo el truco y los porqués, así que siempre hay algo nuevo que contar... o lamentar, porque da vergüenza que los gallos de La Cándana, Campohermoso, La Matica -el triángulo de La Vecilla- tengan tanto enigma y tantísima magia única y, sin embargo, no tengan padre, ni padrino, ni patria, ni pendón. Ahí los tienes, sin nombre de raza propia... ahí los tienes, báilalos... y no te quites el mandil, que te salpicará su sangre cuando les maten o les olviden.

Estos gallos serán mañana noticia y fiesta ferial en La Vecilla porque su alcaldesa y criadores como Tomás Gil mueven el remo para que esta singular barca no ande al pairo y acabe dando en la escollera.

Nadie duda de las condiciones excepcionales de estas plumas y del curioso enigma de que sólo en este triángulo logren sus virtudes. De plumas entiende León desde hace más de cinco siglos, como lo constata el «Manuscrito de Astorga» (poco nuevo averiguaron después los escoceses), pero de los cinco mil gallos que se criaban hace pocos años quedan hoy poco más de mil. Si fueran catalanes, los tendrían en la peana de los orgullos; si vascos, en la protección oficial; y si fueran franceses, no habría quien les aguantara.

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