Diario de León

LITURGIA DOMINICAL | JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

El Señor es Dios que salva

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JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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«TODAVÍA NO hace mucho tiempo que leíamos en los catecismos -y lo aprendíamos- que los enemigos del alma son tres: mundo, demonio y carne. Nada cabría objetar a tan feliz simplificación de algo tan terriblemente complejo como es el pecado del mundo. Pero ocurre que, en ocasiones, las simplificaciones van desplazando progresivamente a lo simplificado y se viene a caer en tergiversaciones y equívocos. Así parece haber ocurrido. Con la fórmula antedicha llegamos a reducir la carne al sexo. Del demonio hemos imaginado un personajillo, muy malo, eso sí, pero ridículo.

Y en cuanto al mundo, casi siempre lo reducimos al mundo de los espectáculos y frivolidades, o a un mundo tan maravilloso que -˜podría distraernos-™ de nuestro ser cristianos. De ahí ha surgido, sin duda alguna, esa actitud de miedo secular por parte de los creyentes, que les empuja a huir del mundo o a protegerse contra el mundo. Por eso resulta sorprendente releer en el Evangelio que Dios ama al mundo hasta el punto de haberle entregado su propio Hijo. Es cierto que, al decir esto, el Evangelio se refiere al mundo humano. Pero, por otra parte, esto tampoco significa que se refiera sólo a los hombres, sino al mundo entero, al universo, creado por Dios. O sea que, de este mundo -todo lo malo y peligroso que se quiera- se dice que es objeto del amor de Dios. Por eso mismo precisamente nos consta que también el mundo es objeto de salvación. El amor de Dios es el que cambia y transforma, el  que santifica cuanto ama. Y es de suponer que sólo una actitud de acercamiento y de amor al mundo -por parte de los creyentes- podrá salvarlo del pecado. Porque los que odian y desprecian al mundo sólo pueden contribuir a su destrucción y perversión. Sin embargo, el que ama al mundo es capaz, por amor, de reconstruirlo, de purificarlo, de santificarlo».

El objeto de la fe cristiana es Cristo humillado y glorificado. Es a Cristo a quien hay que mirar para resolver los males del mundo y los problemas de la existencia desde la propia fe, como los israelitas miraban a la serpiente levantada para curarse. Cristo en cruz es el lugar de cita y confrontación entre Dios y los hombres. Es el signo por excelencia que se ofrece a los hombres para una opción libre y trascendental. En él y por él lanza el Padre una llamada a todos los hombres a quienes quiere convertir en hijos suyos y darles la vida para siempre. Todo hombre tiene ante la cruz la posibilidad ofrecida de una opción fundamental que pone en juego su propio destino. La cruz de Cristo es la revelación del amor del Padre y la posibilidad del desprecio de ese amor. Sólo se condena el que se obstina tercamente en rechazar ese amor y saltar por encima de la cruz.

Clavado allí, espera Dios que el hombre se decida libremente, aun exponiéndose a que nunca se decida. Y respeta tanto la libertad, que prefiere que el hombre se condene antes que salvarle contra su voluntad. La aceptación o rechazo de ese amor en cruz es el juicio que cada uno hace de sí mismo y no un acontecimiento apocalíptico. Dios no condena a nadie, porque el amor se ofrece a todos de una manera apremiante y dramática. ¿Qué habrá visto Dios en nosotros para vernos así, para amarnos así? ¿Será que el amor lo ha vuelto ciego? Puede que sea algo mucho más sencillo: que nos ve con los ojos de su corazón.

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