CORNADA DE LOBO | PEDRO GARCÍA TRAPIELLO
Cómo decirte
DESPUÉS de lo de Nueva York, puñalada sin aviso nada más pisar España. El teléfono se hizo acero afilado: ha muerto Pereira. Tardaré en aceptar que se nos ha ido un padre-padrino... y se ha cerrado una escuela... quizá la última donde diplomarse en estilo y bonhomía galante, en pasodobles de ironía y en valses de paso gentil para corazones con rima... qué escuela, qué pizarra donde las palabras chispeaban y no se quedaban quietas...
De Pereira habíamos hablado mucho en las universidades de Kentucky y Mestre era un pantano de lágrimas el otro día recordando cómo, a su vuelta, le había contado por teléfono estas presencias a don Antonio... y cómo Pereira le hacía bromas y fiestas sobre si seguían yendo en carretas en los Estados Unidos o la cínica importancia de que suene el nombre de uno en aquellas palestras del imperio... Esa muerte nos ha robado el reencuentro y el relato sobre aquellos indios en sus cochazos y cawboys en las aceras, sobre gachises descomunales con espuelas en la mirada o sobre aquellas casas más tiesas que el ciprés de la Anunciata villafranquina, el árbol más alto de todo León.
Y he querido imaginarme a Pereira en Manhattan intercambiándose gafas con un Woody Allen arrobado por la sutileza cinematográfica que le late a nuestro escritor en la voz y en la página... o escuchando a Luciana Souza, la solista de jazz con trópicos y colchas en la voz, a la que habría seducido con un verso instantáneo y narcótico mientras Úrsula sonreía... o recontando novelitas con patas entre los neoyorkinos exquisitos y extravagantes que pululaban por el hall catedralicio del Lincoln Center, sugerencias magníficas del estrambote americano.
Y le imagino en aquel metro, termómetro sociológico que mide la fiebre neoyorkina mezclando ejecutivos envarados, currantes latinos, funcionarios gordos, doncellas con curriculos paseantes o raperos con algo turbio en los reojos y algo criminal en los tatuajes.
Y veo a Pereira paseando en aquella gigantesca «alameda» poética que es Central Park porque no quiero verle en ceniza villafranquina ni flotando enmudecido sobre nuestras almas huérfanas ni privándose del requiebro a las gentiles ni quieto ante el bello enigma de la vida o la voz de los amigos.