Diario de León

El paisanaje | antonio núñez

El tonto del vote

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antonio núñez
León

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El Defensor del Pueblo debería actuar de oficio en las campañas electorales aunque hoy no se esperen grandes aglomeraciones de masas ante las urnas o, en todo caso, nada comparable a las de las rebajas en tiempos de bonanza o a las colas del Inem que ahora toca vivir. Las encuestas pronostican una participación de aproximadamente el cincuenta por ciento, que es, punto arriba o abajo, la suma de los funcionarios y de los parados españoles. Los demás no saben/no contestan, se encogen de hombros cuando no se les encoge el ombligo y a los euroescépticos nos la suda un palmo más abajo. Ramón Gómez de la Serna en sus «Greguerías» avisaba ya que el escepticismo llega, generalmente a edad avanzada, cuando uno empieza a dudar hasta de si se escribe con «s» o con «x», como me pasa a mí.

No pocos sociólogos se debanan los sesos intentando explicarse el desinterés general por estas elecciones en las que, a fin de cuentas, la gente se juega no pocas decisiones políticas que afectan a la vida cotidiana, como los tipos de interés de la hipoteca, el precio del pan y de la leche (subvenciones de la PAC), las tiendas todo a cien de los chinos con o sin aranceles, la regulación de migraciones e inmigraciones, que en Europa es como ponerle puertas al campo, o que en el ordenador no te salga un virus de la Sociedad General de Autores (SGAE) por bajar el «Asturias, patria querida» un día que se te fue la mano con la sidra en Boñar o Cudillero. Preguntas en cualquier taberna o chigre por la importancia de ser europeo y todo el mundo responde como un solo hombre: «impresionante la paliza que les dimos los del Barça al Manchester».

Así están las cosas. De los europarlamentarios que se eligen hoy sólo se sabe que cobran como Valdano en el cementerio de elefantes del Real Madrid y que, quitanto a uno o dos de la selección de cada partido, a los demás los conocerán en su pueblo, así que no vea usted en Estrasburgo, una ciudad tan seria y poco divertida que hasta cuadra con la cara de Mayor Oreja.

Ya que los sociólogos no lo pueden explicar vamos a explicárselo nosotros a ellos. Una abstención tan pasota obedece a diversos factores. Uno, los continuos insultos entre partidos durante la campaña electoral, contra los que hay que tomar medidas drásticas, por ejemplo elevar la edad del derecho a voto de los dieciocho a los cincuenta y pico años, que es cuendo uno, ya curado de espantos, no se escandaliza democráticamente de nada. Dos, suprimir los eslóganes y argumentos de los mítines, sólo aptos para cretinos, y el por qué de esto es fácil de adivinar: o lo son ellos o nos toman por tales a nosotros. Pero el tonto de mi pueblo no se pisa el haba. Tres, lo único positivo de todo esto es el destape de última hora de casos de corrupción, que animan un poco el cotarro, como los trajes del fallero Camps, alias «el pringao», la niña del sevillano Chaves y lo forrada que tiene de subvenciones la bata de cola, como «la bien pagá», o el avión Falcon del presidente Zapatero, que viaja más que el baúl de la Piquer, etcétera. Y, cuatro, sólo van a votar los «convencidos», todos a piñón fijo y sin pensar, porque lo de las dos Españas sigue siendo una gran verdad: la mitad sólo piensa en joder a la otra media y el resto piensa con los cojones desde la última guerra incivil. Apúntese el lector -”y de paso al abuelo, como Zapatero-” a cualquier bando.

Caso aparte es el asturleonés Francisco Sosa Wagner, el único que sabe, entiende y razona de qué va el rollo europeo. Hasta ha escrito un libro sobre la caída de Sisí y del Imperio Austro-Húngaro. Como catedrático de Derecho le dio un sobresaliente al estudiante Zapatero, pero ahora intuye que la UE es incompatible con la fragmentación autonómica de su ex alumno. u programa podría resumirse en «vamos en dirección contraria y ahora la que peligra es doña Leticia, paisana mía». Encima, no necesita de la política para vivir.

Un mirlo blanco, en fin. Pero no sabes con qué ganado te vas a ajuntar en Estrasburgo, macho.

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