El paisanaje | antonio núñez
No es igual «so» que «arre»
En la diferencia estriba cualquier valoración cabal o de sentido común que se precie sobre las elecciones del otro domingo, que el PP ha ganado por poco y el PSOE ha perdido por casi nada. En términos ecuestres podría decirse que ha sido una carrera de pencos, de manera que siguen en pie las apuestas para dentro de tres años.
Lo que no es de recibo son las pajas mentales -”y no se dé por aludida Lerele Pajín-” que se está haciendo el estado mayor socialista, según el cual los resultados no son un «cambio de ciclo» sino «muy dignos». Coño, pues menos mal que salían con una ventaja de seis puntos y sólo se han dejado otros cuatro por el camino desde las anteriores elecciones generales. En el ejército se suele decir que los estados mayores unicamente sirven para explicar por qué se perdió la última batalla, pero, por lo que se ve, oye y escribe, el alto mando de Zapatero no vale ni para eso, incluido el general en jefe.
En democracia las victorias y derrotas electorales lo menos que merecen es ser reconocidas entre caballeros, si no como en el cuadro velazqueño de las lanzas o «La rendición de Breda», sí como poco con un mínimo de educación para la ciudadanía. Ya dice el refrán que cuatro ojos ven más que dos y la democracia se basa en el no menos razonable supuesto de que las mayorías suelen tener estadísticamente razón, aunque debe tenerse también en cuenta el punto de vista de las minorías. Las primeras a veces se equivocan como cuando los alemanes y los italianos auparon con sus votos a Hitler y Musolini, pero un político demócrata se distingue luego en que vuelve a someterse a las urnas con el compromiso de respetar lo que salga.
Y estos dos últimos no. Zapatero reconoce malamente la última derrota electoral, o ni eso, y líbrenos el señor obispo de la tentación de llamarle fascista, pero la minimización de los pasados resultados electorales hecha por él esta semana y el aviso de que piensa seguir igual porque tiene tres años por delante del PP huele que atufa a Musolini -”el Duce siempre tiene la razón-” cuando ironizaba sobre sus rivales con el sutil argumento de que «cien mil moscas que acuden a la misma mierda no pueden estar equivocadas». O es el síndrome autista de La Moncloa o el paisano presidente no es tan demócrata como él presume y aquí se le presumía.
Por lo que respecta a León lo más destacable es que Zapatero haya perdido jugando en casa, como la Cultural. Bien es verdad que por poco, como los del pelotón redondo, consuelo que no libra a ninguno de jugar la liguilla del descenso. Por estos andurriales el PP está eufórico en la Diputación -”menos lobos y lobas, que diría la ministra de Igualdad, señorita Bibiana, aunque como la señora Carrasco de aquí no hay ninguna-” y en el Ayuntamiento echan las cuentas de tres mil votos perdidos. Ja, chacho, la culpa no es del alcalde Fernández, que no compra en el rastro ni cuando hace campaña «arreglao pero informal», sino de los «tanos», que, aparte de tener doscientos puestos, por cada uno son ciento y la madre que los parió. Morano tenía a los de Armunia como oro en paño y Cecilio Vallejo lo mismo a los del inmaculado barrio de Cantamilanos.
En resumidas cuentas no se sabe si empezamos a ser europeos en serio y la demagogia y el populismo ya no funcionan. Aunque lo que va a pasar de aquí a tres años está claro: el partido del Gobierno aguantará marea porque le van cientos de miles de sueldos de cargos públicos en ello y ni uno sólo está dispuesto a rendirse al paro porque para eso son profesionales, si bien la inmensa mayoría no tenga oficio ni beneficio, empezando por el señorito.
Zapatero, en cualquier caso, dice que agotará le legislatura y que está preparado para una oposición dura del cabrito de Rajoy, que le ha echado el mal de ojo de los gitanos de su pueblo.
Pero a los que les esperan malos tiempos de verdad es a cinco millones de parados.
Los demás cuerpo a tierra.