Arcadia infeliz
En la tierra de Balbino había pan escaso y gran obligación de ayudarse. Era una mutualidad no escriturada. Se hacía virtud de la necesidad por si venían mal dadas, que era costumbre. Lo normal era bienllevarse entre vecinos. Había un cupo de atravesados, media docena, pero no infectaban el aire del pueblo. Se vivía mal, pero se llevaba bien la cosa.
El padrón no llegaba a trescientas almas. Vivían del ganado, de una vega ancha para ser un pueblo entre montes, de algunas huertas, de patatas de secano y centeno segado a hoz para encolmar y techar, de leñas y plantíos. Vivían... de milagro, decía Regina. Tenían un molino con aserradero, un panadero y un curtidor de pellejos que lucía un gorrina hecha con piel de topo.
Tres gentes eran de fuera: el cura, el maestro y el secretario (un pinchaplumas que hacía trampas a las cartas). El cura era un curón de mucha humanidad auxiliadora y de pote generoso; le querían todos, incluído el maestro que era medio ateo y con el que siempre porfiaba en temas doctrinales o volterianos, aunque eran pareja de hecho en la partida, en la caza y en el río.
Y tres fiestorros había en el año: el Corpus con tamboriteros, San Roque con corderada y una Nochevieja de mucho bailongo con apretuje y anís en el salón vecinal donde se sorteaba para el año siguiente el emparejamiento del mocerío soltero; y si había un impar, se le adjudicaba la burra del cartero (a él) o el escobón a (ella).
Paradójicamente, la Guerra Civil no partió el corazón del pueblo ni encanalló dividiendo a quienes pensaban distinto. Acabó y no fue después asunto, no sangraban los recuerdos ni había mayores cuentas pendientes. Su guerra fue siempre la del pan de cada día.
En el pueblo, diezmado ya de gente y alma, se celebró hace un mes una comunión con festorro y concurrencia de parientes. En la comida salió el tema de la memoria histórica y dos se enzarzaron hasta el grito. Uno es concejal y nieto de aquel maestro volteriano; el otro es sobrino del cura, industrial en Fuenlabrada y tiene un hijo pureta y pelonazi. La abuela Chon zanjó la riña y silenció trincheras: ¿Pero cuándo se discutió en esta casa de la puta guerra?... ¡¿y vais a venir vosotros a traerla ahora sin siquiera haberla olido?!...