Fe y vida
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
E l relato evangélico de este domingo acopla dos milagros en una única narración. La fe como motor de la vida y causa de los milagros de Jesús. Y es que solamente desde la fe existe la capacidad del milagro y de la sorpresa que produce el milagro. Al final del Evangelio hay una frase que suele pasar desapercibida: «Les dijo que dieran de comer a la niña». ¡Cuántas veces existe preocupación ante la muerte, pero no ante la vida! Utilizamos medios extraordinarios para impedir supuestamente una muerte, pero parece que no hay tanto interés en dar de comer a los vivos. Todo una lección para este tiempo en que la crisis económica invita a multiplicar los gestos de cercanía y misericordia. Hay que hacer «profesión de fe» en el compartir con los que más lo necesitan, privándonos incluso de algunas de las muchas cosas superfluas que rodean nuestra vida.
No esperemos de nuestro Dios otra cosa que vida y salvación. Y no esperemos de É sino que se oponga a la muerte y a todo lo que tenga que ver con la muerte. El episodio de la resurrección de la niña nos lleva más allá: nos habla de un Dios poderoso frente a la muerte. No sólo ama la vida, no sólo se opone a la muerte, sino que puede a la muerte. Y el milagro se convierte así en signo o símbolo de futuro. Al final, Dios podrá más que la muerte de sus hijos y les devolverá la vida definitiva. El milagro se convierte en signo de la Resurrección final. Forma parte de una catequesis sobre la Resurrección.
Nuestra esperanza, la esperanza cristiana, ha de ser algo más que un consuelo en situaciones límite (ante la muerte) y en modo alguno una evasión en la vida temporal. Todo lo contrario. Ha de mostrarse en cada tiempo, en cada situación, como una esperanza viva y en favor de la vida. Por tanto, en contra de todo lo que mortifica a los hombres y destruye la convivencia. Si sobresalimos en la fe, si creemos lo imposible, es para hacer posible la vida para todos. Debemos, pues, sobresalir también en la solidaridad. No tiene ningún sentido decir que creemos en la vida eterna y, al mismo tiempo, hacernos la vida imposible en este mundo. Hay que vencer el egoísmo. Contra el egoísmo está la novedad del amor. De un amor que hay que inventar cada día, para acercarnos los unos a los otros. El amor cristiano no puede realizarse hoy haciendo colectas. Debe ser más creativo y más comprometido. El amor cristiano nos urge a comprometernos con todos los hombres de buena voluntad que luchan por la auténtica igualdad y buscan una tierra en la que habite la justicia y produzca el fruto de la paz. Para que se cumpla lo que dice la Escritura y recuerda Pablo a los corintios: «Al que recogía mucho, no le sobraba; y al que recogía poco, no le faltaba». Empeñarse en esta tarea es creer que Dios resucita a los muertos, es dar testimonio de la resurrección. Es alzar la fe contra la muerte.
También este domingo tendremos un gran signo de esperanza en nuestra Diócesis, a las 6 de la tarde en la Catedral: Carlos y Ángel recibirán la ordenación sacerdotal, quedarán configurados con Cristo, para ser testigos veraces de su vida y de su muerte. Ojalá sea así.