Divertido maestro
Yo le llamo maestro. Tú dejaste de hacerlo. Allá tú con tus deudas. Pero enseñar, enseñó. Tuvo pizarra diaria. Hablo de Honoris Victoriano Causa Crémer, don Victoriano.
Atizó, divirtió e instruyó. Y hubo de hacerlo en una ciudad poblada de vencedores y apretada de clavijas donde el que no levantaba el brazo hincaba rodillas... ¡qué paisaje aquel de correajes y meapilas, de caciquetes y reojos de guardia de asalto!...
Mi abuelo Severino, que era un conversador compulsivo y ataba la burra el tiempo que fuera necesario si había que arreglar aquel día el mundo o sus cercanías, sacó un día de la pechera su abultada cartera y extrajo de allí un recorte de prensa. Si lo llevaba en sus entretelas era porque le admiró o impactó notablemente, aunque ni siquiera recuerdo de qué podía tratar. Era un artículo de Crémer y era yo demasiado guaje. Tras echarle un vistazo de relectura, concluyó: «El caso es que todas estas palabras, una por una al fin y al cabo, no son nada nuevo; están todas en el diccionario; ahora bien, veráste tú, el arte y la inteligencia está en saber casarlas, ordenarlas... y aquí don Victoriano es un maestro».
A Crémer le quieren recordar algunos cascarrabiando en un reburdiar instintivo y, sin embargo, pocas personas recuerdo tan prontas a la risa franca o al choteo inteligente en estas parameras mentales y esas otras montañas de encastillados. Se reía de todo lo que hay que reírse en estas friuras que te dejan aterido. Victoriano encontró en la risa y en la ironía su pomada contra la escocedura de una realidad rasposa, un gerovital medicinal que le estiraba las ganas por vivir y seguir haciendo, contando, enseñando y divirtiendo. Reía no sólo por no llorar, sino por ponerle canción y cascabel a estas salmodias rutinarias, provincianas y maceradas en pesadumbre. Esto nuestro es un pandero sin sonajas y su reírse fue su truco para engañar al dictado, a los dictadores y a la muerte. Por eso cuajó su faena periodística en la inmensidad anónima de los leoneses que recuerdan y celebran a quien azotaba la memez provincial con sonrisa y cinismo fino desde sus columnas o aquellos partes radiofónicos que eran cartas a su tía Federica poniendo luces a una ciudad de farolas apagadas.