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León

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Si los regalos estuvieran prohibidos, al fin sabríamos de primera mano que el amor no existe. Se habla aquí del amor de veras, el de «te doy no para que me des», porque lo que llamamos amor es sólo apego y cortesía durmiendo en el colchón del interés. Así las cosas, todo regalo va envenenado con azúcar de entretela y candado de deuda... y siempre será precio de algo, siempre. Por eso un regalo desproporcionado al que no puede darse igual réplica («te has pasado tres pueblos», decía en llamada telefónica la mujer de un jerifalte atado con Correa a trama y favor) se convierte en losa que sepulta o en un insulto que apresa; y quien lo acepte será su esclavo hasta que muera; bien lo sabe el regalante. Pero lo mismo ocurre con el regalito baratejo hijo de la miseria o peloteo. Te ponen lo mezquino en la mano y dicen además «es sólo un detalle» (que habrá que pagar). Define muy bien el refranero esta trampa: «Bollo de monja, carga de trigo»...

Pero el regalo va grapado a toda relación social. Los regalos y las putas son lo más antiguo del mundo. De hecho, la civilización comenzó cuando el hombre descubrió que el regalo aplazaba guerras o establecía alianzas, lo que permitió al mono bestia aparcar su garrota ensangrentada y ponerse a levantar poblados o ciudades donde no llegara la sangre al río tan a menudo. Lo tienen muy estudiado los antropólogos (una tribu de Papúa caza unos marranos bravos o mata una res y le regala parte de la carne a la tribu vecina que no es necesariamente amiga).

Ahora bien, sabiendo que «quien regala bien vende, si el que recibe lo entiende», ¿los regalos a la autoridad se hacen a la persona o al cargo?... Al cargo, sin duda alguna. Entonces, ¿por qué se los llevan siempre a casa?... Porque Luis XIV de la France dijo una vez «el Estado soy yo» y esa chulería, ese absolutismo obtuso, se lo acabó creyendo hasta el concejal más romo de Villarrateles del Trinque. Recordemos en este trance a un antiguo consejero de la Unta untonómica que apilaba en su piso regalos de comestibles, lomos, conservas, manjares para tres bodas y hasta cajas de leche en tetrabrik; «coge la que quieras, que se me va a estropear» (pero te ofrecía sólo la leche, el muy truhán, nunca embutido).

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