Se acaloró
Panero, el poeta, murió, dicen, de un cocidazo y de una sobremesa regada y discutida. Se acaloró por dentro y por fuera en pleno torragosto astorgano, llegó tarde a casa, algo congestionado, se acostó indispuesto... y no se levantó más.
Después vino la leyenda y una cachonda maledicencia que aseguraba que Leopoldo Panero murió por culpa de Gamoneda, ya ves, cuando el poeta entonces en ciernes estaba a quince leguas del suceso, totalmente ajeno... aunque no del todo, pues sobre una obra suya que había presentado a la primera edición del concurso astorgano de poesía se discutió acaloradamente en aquella mesa jurada añadiendo quebranto a una digestión que sería fatal... y ganó el premio; entre otras razones de calidad, por la porfía y vehemencia que mostró Panero en su defensa. Sería su primer premio, el primer peldaño de una escalera de reconocimientos que nacía allí, al pie de un poeta muerto... paradojas del destino.
Pero quizá sea sólo una leyenda.
Sobre la saga de los Panero corren muchas leyendas más; sólo con las de Leopoldo María (que les va enterrando a todos desde su psiquiátrico) se llena un cesto y quizá alguna de ellas salga en un libro que preparan en Astorga para resucitar en breve la honra poética y vital de quien se dice la despilfarró por balancearse innecesariamente en el franquismo con cargos y poemarios de gratitud. Pero muertas las sospechas y reproches, los patíbulos de café y las envidiejas, es de ley restituir la valía literaria que sin duda late en la obra de Panero, aunque su poesía no la frecuentan los listos, ni tampoco hubiera algún verso suyo que que lo recordara el pueblo o lo hiciera canción.
La familia Panero acudió en pleno cuando en los años setenta le erigieron una estatua sedente dando la espalda a la catedral y el costado a Gaudí (estatua que sería en ocasiones injuriada y escachada por mano gamberra o vengativa). Allí les conocí amparados por la anciana sombra de Dámaso Alonso. Su relación con la Astorga paterna fue siempre de desdén y cierto hartazgo; la desnudaron en «El desencanto»; esa ciudad no era su salsa. Y aún levantan escozores en algún cenáculo.