Gente de aquí | Los secretos de León a cobijo del calor
Un lugar en el que ponerse a cubierto
Recopilación de argumentos para explicar un verano que no va a acabar cuando se empeñe el calendario
Esta foto está a medias. No tiene sujeto. ¿Quién debe apurar la caña? ¿A quién le quedan dos caladas del negro con boquilla? ¿Dónde está la cabeza que cobija el sombrero? ¿Qué mitad esconde el titular que hay que encontrar en el texto de la noticia? Hay objetivo (es obvio) pero quien debe poner el ojo es el espectador: casi 140.000 fotografías diferentes; una por lector; una por análisis; una por comprensión.
A León le pasa casi lo mismo. No todos sus tesoros caben en una guía, ni en la explicación de un erudito. La simple observación no descubre lo que la cotidianeidad esconde: esos tesoros de la rutina: el encontrar siempre lo mismo: el sombrero sobre la mesa, el cigarro a medio apurar, el periódico a la espera de un lector, la caña echada y a medio sorbo...
Al verano le ocurre casi lo mismo: le queda por delante a septiembre casi lo que se comió agosto: se acabó el mito de que al estío de este León incauto se lo comía San Roque. El asunto sería complicado sin lugares a mano donde ponerse a cubierto, con ese pragmatismo que inspira al romántico que sabe sobrevivir sin robar, caminar sin pisar, avanzar sin repartir codazos. Ahí está la línea que junta a buenos y malos, a turistas y lugareños, a políticos y siervos, al que devora la prisa y al que sabe esperar. El verano llega por una calle invadida de canícula y desemboca desbordado por la nostalgia de los pasos recorridos, del empeño de recurrir a diario a los pequeños tesoros que el hombre hizo cotidianos para resolver lo inmediato; no el mañana, no el futuro. Pasará el verano, este o el siguiente, o el del más allá, y seguiremos sin lograr despejar las incógnitas que deja la foto; sobre la cabeza que cobija el sombrero o el beso callado que le falta al cigarrillo. Por eso a León aún le queda gente decente.