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PEDRO G. TRAPIELLO
León

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Hablando de árboles me vienen al segundo tres nombres a las mientes, tres paisanos de fuste y arboladura con sus amores por nuestro padre el árbol, nuestra primera casa, la cuna que meció la brisa y agitó la tormenta... ese arbolón que no escuchas cuando habla o agoniza.

Romero, Roa y Severino son esos nombres. Carlos tiene muy estudiada y descubierta la botánica y floresta leonesas; sabe y siente, a pesar de ser ingeniero, cosa que amortigua y enriquece con su otro título de biólogo; es un averiguador que demuestra ser posible el paraíso perdido. En cuanto a César, te diré que desde su ingeniería agrónoma es también un soñador del bosque y de la política agraria práctica y solidaria que tiene calculado el poco tiempo que tardaría toda esta tierra en tupirse de robledal si se dieran bellotas a los colegios para que sembraran cada año una ilusión; lo planteó en vano siendo delegado de Agricultura; y creo que León, los suyos, (y los de la risa zancadillera de enfrente) tienen una deuda eterna con él.

Y finalmente está Severino, el abuelo, al que le nacían los árboles hasta en la siesta para poblarnos de esperanza verde esta paramera mental que ha gobernado los campos del hacha y del fuego. Tenía también calculados los quintales de fruta gratis para el pueblo si en las cunetas de las carreteras no se hubieran plantado árboles improductivos, sino frutales, todos frutales, pan de árbol, que nadie pase hambre de higos o ciruelas, perucos de san Juan, carujas, reinetas, peras de muslo de dama, moras de morera, nueces, cerezas, albérchigos, almendras, brunos, acerolos, avellanos... y parras, tú, pon muchas parras, porque las viñas junto al Camino de Santiago, por ejemplo, quedan trilladas... se me quejan en el Bierzo porque son muchos los tordos con mochila que entran al picoteo o la rapiña y devastan más que el mildíu; y nadie les repara el daño o les compensa.

¿Y quién fue el necio que gastó ayer una millonada en árboles (la mitad se sacaron) para sombrear tramos de la ruta jacobea y no plantó un sólo mísero frutal por donde caminan tantos miles de peregrinos sedientos?... Y entonces, alguien con manguitos funcionarios en las ideas dijo «y pa qué»...

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