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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

El Evangelio de este domingo nos presenta una de las frases más conocidas de Jesús y más socorridas por muchos de nuestros semejantes, incluso sin ser cristianos. Solemos decir con frecuencia que lo importante es servir, que en la Iglesia la autoridad es un servicio, que-¦ Podríamos poner muchas frases parecidas, unas para defender ciertas posturas, otras para atacar. Pero tengo mis dudas de que las utilicemos para lo que realmente es: para imitar. Por eso es tan difícil comprender el camino de Jesús: porque la ambición y la voluntad de poder están arraigadas fuertemente en nosotros. Ser grande, ser importante, tener rango, parecen ser una indómita aspiración humana. Desde Jerusalén, desde el Cristo muerto y resucitado, esta aspiración recibe un tratamiento radical. Es grande el que es pequeño; tiene rango el que hace algo por los demás.

El texto está en la antesala de la Pasión de Cristo. No es la primera vez que Jesús habla de la necesidad de romper la lógica de las relaciones que se establecen en este mundo y seguir la lógica de Dios Padre, la que nos muestra el Evangelio. San Marcos nos vuelve a recordar hoy que no se puede hablar de Jesús, si no se parte de la consideración de sus tribulaciones, su muerte y su resurrección. Cualquier aspecto de su persona, incluida su divinidad, está supeditado a estos hechos. No es fácil aceptar y asumir esto, habida cuenta de que no encaja con los modos y maneras habituales de concebir los humanos a Dios.

Jesús llama a sí a un niño y lo coloca en medio de los discípulos; en un gesto plástico, ilustrativo, como solían hacerlo los antiguos profetas. Aquí niño significa justamente un niño, pero ¿qué significa la expresión siguiente «hacerse como los niños»? Es importante responder exactamente, aunque no es fácil, porque la invitación de Jesús es particularmente solemne («En verdad os digo...»), y pone una condición indispensable para la salvación («no entraréis en el reino de los cielos»). Inmediatamente hay un aspecto claro: la semejanza del niño, que el discípulo debe apropiarse, no es una cualidad espontánea, sino que únicamente es posible en la conversión; o sea, forma parte de aquel cambio radical de la persona, de mentalidad y comportamiento, que es precisamente la conversión evangélica.

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La pregunta sigue quedando en pie: ¿En qué sentido debe el discípulo asemejarse al niño? Probablemente el contexto originario de la invitación de Jesús se encuentra en la escena de los niños que le salen al encuentro. Jesús valora el abandono y la confianza de los niños; lo aceptan sin miedo y sin cálculos; sin demasiados porqués; al contrario que los adultos, constantemente vacilantes, complicados en continua búsqueda de excusas y justificaciones. Para entrar en el reino hay que ser así: disponibles, confiados, simples; hay que abandonarse a la fe con sencillez de niño. Necesitamos tener y pedir ese espíritu para fiarnos en serio de lo que nos dice, pide y manda el Señor.