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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Es la frase con la que termina el Evangelio de este domingo una que conocemos de memoria y que tiene como pórtico de comprensión el relato de la creación del hombre y la mujer. Tal vez un punto de partida que nos ayude a situar correctamente el mensaje de Jesús es la necesidad humana de estar en compañía. No podemos vivir solos, estamos hechos para la relación con los demás, más aún, a base de relación con los demás (por eso cuando muere algún ser querido, una parte de nosotros mismos muere con él, porque los demás forman parte, son, nuestra vida). Esta necesidad de unión tiene su cenit en la unión conyugal.

Una unión que en la actualidad ha perdido mucho de su carácter definitivo. En nuestra sociedad hay palabras proscritas: esfuerzo, sacrificio, entrega-¦ Todas ellas tienen que ver con la permanencia del compromiso matrimonial. El proyecto de relación de amor y unión incondicional de hombre y mujer no es un proyecto que funciona automáticamente; viene lastrado por todos los defectos, debilidades y taras que los humanos arrastran sobre sus espaldas. Es una gran ilusión, pero tocada por dificultades y decepciones de todo tipo. Seguro que todos los matrimonios (y todas las parejas de novios) conocen bien esta experiencia. El sacramento del matrimonio será eso: la experiencia más plena de acompañamiento mutuo que se puede dar entre los seres humanos. Tanto que se convierte en signo público, eclesial, del amor absoluto que es Dios.

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Este hito del amor «a todos y por siempre», que el Evangelio propone y la Iglesia no se cansa de recordar, puede parecer una utopía a mucha de la gente que nos rodea. Pero, para los matrimonios cristianos, ésta es una tarea posible, porque cuenta, no sólo con el propio esfuerzo, sino también con la ayuda de Dios. Por el sacramento del matrimonio se refuerza la solidaridad y el amor de la pareja y se fortalece su conocimiento mutuo y el gozo de vivir juntos. Por eso, hoy, los cristianos hemos de afianzar nuestras convicciones y proclamarlas sin ninguna vergüenza: estamos a favor de las parejas que viven un amor totalmente entregado en todas las circunstancias de la vida y por siempre; que se esfuerzan para que este amor progrese cada día más; que saben apartar desde el inicio las dificultades que se interponen entre ambos. Y acogiendo y respetando a los divorciados tanto como nos sea posible, entenderemos que, de hecho, ésta es una salida para poner un parche a un proyecto de amor que se ha roto; pero no un ideal de vida. La segunda parte del Evangelio es un altercado con relación a unos niños llevados a Jesús para que sean bendecidos. En el fondo, los discípulos piensan que los niños, los «menores», no significan nada; el reino de Dios es para adultos, para personas «fuertes», es decir, para los que hacen méritos y realizan obras. Jesús, por el contrario, cree que el reino es de los «pequeños», de los que no dominan a los demás y que, al ser iniciativa de Dios.