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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Son dos palabras que tenemos muy devaluadas, porque no son vagos sentimientos hacia los que «están por debajo», sino que se encuadran en la esencia misma de la fe cristiana. Jesús nos muestra un corazón misericordioso, es decir, que da de corazón al necesitado y compasivo, que es capaz de padecer con los demás, de hacer propios los sentimientos de los demás, los alegres y los tristes, los esperanzados y los dolorosos. Esta actitud permanente de Jesús es la que está detrás del milagro que nos narra el Evangelio y es la conducta que nos invita a asumir. Jesús nos pide fe. La fe es obediencia, es una respuesta práctica a la llamada del amor de Dios que se manifiesta en el ser de Cristo. Una fe sin amor no es la verdadera fe, la verdadera respuesta que Cristo espera de nosotros. Y un amor a Dios que no se ejerza en el amor al prójimo no es verdadero amor. Se comprenderá entonces que la fe tenga sus raíces en el corazón y que resulte imposible cuando el corazón se resiste a amar ahogado en el egoísmo.

Que la fe en Jesús es una luz que ilumina la vida, es experiencia de muchos hombres y mujeres de todos los tiempos. Como experiencia es algo que está ahí y se puede explicar de diversas maneras, partiendo siempre del origen que es la fe. Su luz ilumina y da sentido a la vida del hombre porque pone claridad en el origen, de dónde venimos, y en el término, a dónde vamos. Dicho así, la cosa tiene un cariz filosófico y frío y apenas nos dice nada. Pero la fe ilumina de una forma más cercana y cálida la existencia individual y comunitaria de cada uno de nosotros, sin tener que estar siempre elevados a ese horizonte majestuoso de la trascendencia de Dios Todopoderoso. Me refiero a la vida de cada día, a lo que debo hacer en cada momento, al camino justo que debo emprender. Si debo tender la mano al prójimo o, por el contrario, desconfiar, guardar las distancias y ser duro. Si merece la pena abrirse a la esperanza y al amor y poner cariño en las cosas o desentenderme e ir a lo mío, porque al final todo es lo mismo, un sinsentido. Aquí, en esta encrucijada cercana y diaria es donde más necesita el hombre la luz y el calor. Y aquí es donde para muchos, a través de dos mil años, la fe en Jesús se ha convertido en luz y calor. Y ello como experiencia vital. Por ejemplo, cuando uno, viendo la actitud de Jesús que prefiere que lo maten a matar, y oyendo el Sermón de la Montaña, cae en la cuenta de que el perdón y la misericordia son el único camino de la fraternidad entre los hombres y se dispone a seguirlo.

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La fe es, finalmente, una decisión que nos enrola en el seguimiento de Jesús. Es luz para el camino. Bartimeo, apenas recobrada la vista, echó a andar. Antes permanecía sentado, parado, extraviado; ahora no puede permanecer inmóvil y camina. Así el creyente, recordando siempre que creer en Jesús, amarlo y seguirlo, no es andar a ciegas, sino entrar en el reino de la luz, que es un reino de fraternidad universal; un estilo de vida que no siempre será fácil, pero que nunca será inútil.