Cornada de lobo | pedro trapiello
Lo abatieron
El burgomaestre de la villa de Manín - ¿quéay, ho ?- se empecinó en sus trece con póliza y lanzó a las excavadoras a demoler el viejo cuartel que tuvo allí un día la Guardia Civil. Arremetió a cabezazos leguleyos y sin boina contra aquellos muros gruesos y los escachó, se ciscó en las voces del pueblo, en los papeles y pintadas, sacó pecho y posó sobre las ruinas como lo hace el nuevo rico con rifle ametrallador sobre un elefante enfermo que le pusieron a huevo y a ráfaga... quiere foto el tío patán, exige trofeo... y deme los cuernos del bicho que los quiero pal salón, como el plus... paz y amor.
Las casas-cuartel que mangó el franquismo por toda la geografía eran más bien pobretonas, feotas y apretadas. En ellas vivían no sólo los guardias, sino también sus familias. Los hijos del cuerpo que nacieron o vivieron en ellas cuentan y no acaban las mil penurias, la escasa paga y las cien pegas que tenía el vivir así, allí, con todos, a toque de corneta... y sin especial intimidad familiar, pues por lo general (y por lo teniente general) las puertas domiciliarias estaban con la llave puesta por si le petaba franquearlas a algún superior. Pero cuentan también -y se les ilumina el recuerdo- las felices correrías de tanta chavalería junta, la familiaridad entre todos, el bullir de las cocinas abiertas, el compartir aceite, ascensos o disgustos, el cariño cierto que les nació. Pasarán los años y esa amistad perdura. Valga como ejemplo que en la peña de amigos cercanos que tiene Carod Rovira en Llansá, en la Costa Brava, lo menos cinco fueron guardias o son hijos del cuerpo. Están en antípodas políticas, pero pervive la ley de amistad escriturada en alguna casa-cuartel.
Esto evocan las tripas del viejo cuartel de Villamanín... y también el miedo respetuoso o pánico puro que despertaban muchos cuarteles con sus garitas y calabozos; más de uno recuerda las ensaladas de guantazos servidas aquí ante tanta sospecha de rojerío por ser este valle muy minero y respondón.
¿A qué, pues, tanta prisa en demoler este edificio?... ¿Tenía alguien miedo a que hablaran sus paredes?... El burgomaestre se ha sacudido de encima esa memoria urbana como el nuevo rico se sacude el adobe de la culera para no parecer tan gañán.