Cornada de lobo | pedro trapiello
Vete apañando
En esta tierra se nacía genéticamente predispuesto a la berza, a la hogaza, al frío y a la envidia... y apenas destetados, se aprendía el «estar a las caídas» y el «arímate pallá». Lo mayor de la gente no salía de pobre o de ramplón en su vida. En todos los pueblos estaban las hierbas contadas, los mojones pinados y ricos había dos. Por eso, en toda casa de hacienda corta y de cuaresmas largas con pajar medianejo y una sola pocilga se conjugó el verbo «atropar» en todos sus tiempos. Atropar es hacer tropa con gentes o con cosas que se recogen del suelo (las mieses para hacerlas gavillas), pero aquí se aplica a todo lo que se cayó, lo que sobró, lo que nace, los caramelos y perrinas que se tiran en los bautizos, lo que haya (un poco de grano que cae del saco le cuesta al aprendiz un coscorrón del molinero, «atrópalo, rapaz, y cagando tariles»).
Al verbo atropar se pega otro con parecidas intenciones, «apañar», que es coger, agarrar, darse maña, arreglar o apoderarse de una cosa ilícitamente, o sea, un «apaño», o sea, el tuétano de la corrupción, o sea, lo que ves aquí, oh Fabio, en estos campos de untamientos y noticias, aunque en estos casos, más que apañar, dígase «arramplar», que es «llevarse codiciosamente todo lo que haya».
Se apaña con las manos; y cosas generalmente menudas. Se apaña para los conejos hierbas en baldíos y cunetas, se apañan avellanas, hayucos, patatas de rebusco, moras, nueces, brunos, manzanas jigosas, ajos de cigüeña, mostajas, castañas, ¡setas!... Lo de apañar en León se nos da divinamente, de forma especial lo que es gratis, eso que no es de nadie y es de todos. Es el caso de las setas. El otoño se llama setas. Las cartas de restaurante meten setas, caza y perdigonada en la nota. Crece la afición micológica por los hongos y el bocado de nuevo cardenal. La tropa se disemina por los campos, trilla los montes y se establecen dos desiguales clases entre buscadores: algunos van a apañar unas setas y todo el resto va a atroparlas arramplando, aunque no sepan después qué hacer con ellas.
Las setas son gratis, pero detrás de ellas crece un negocio picudo y ésta no es una buena noticia para estos paisajes tan acosados y hozados por atropadores químicamente puros.