«Me llaman ‘mamá’ Rosa»
Rosa Fernández pide ayuda para mantener el ropero solidario con un grupo de voluntariado.

Rosa Fernández con Marcela, una de las voluntarias que colaboran en el ropero solidario del barrio de San Claudio.
león
Tiene voz de ángel, sonrisa de niña y una mirada azul complementamente limpia. Pero no es una santa. Es un alma inquieta y solidaria a la que mucha gente la conoce como «Mamá Rosa». Se resiste a salir en la foto y a que se cuenten algunas de las cosas que hace, aparte de ser el motor del ropero solidario que ‘heredó’ de las damas salesianas cuando a causa de la gripe A les prohibieron tener la ropa en un espacio en el que entraban niños y niñas para apoyo escolar.
Rosa Fernández vio la ocasión de focalizar en un proyecto concreto sus inquietudes, aunque ya era voluntaria desde mucho antes. Una operación le cambió la vida y le dio aún más sentido.
Un vecino del barrio le donó el local y ella lo bautizó con su nombre: El ropero solidario de Tomás. Ahora necesita ayuda para poder mantenerlo más allá del verano. ‘Mamá Rosa’ cuenta con un grupo de voluntarias y voluntarios que participan en las labores de recogida, clasificación y entrega de la ropa a sus destinatarios.
El ropero abre los martes y jueves, dos horas por la mañana. Esos días las colas son visibles en la calle Torriano. Cada persona tiene 15 minutos para mirar y elegir las prendas que le puedan interesar, siempre con un límite en función de las prendas que haya y su demanda en cada temporada del año. Van entrando ordenadamente y Carlos u otro voluntario toma nota de su identificación con un número. «Aquí no se trata de saber quiénes son las personas, aunque las conozcamos por su nombre, sino de prestar un servicio a quien lo necesita», explica. El ropero también tiene una función ecológica: «Prenda que se reutiliza desaparece de la basura y a la vez evita comprar otra», agrega. Además, «se evita la basura en la calle», enfatiza.
Se puede decir que todo el mundo conoce a Rosa. Y quien no ha visto su cara ha oído hablar de ella. Y ella conoce las dificultades de muchas personas: «Al principio sólo venían inmigrantes, pero cada vez son más las personas de aquí las que acuden a buscar ropa», explica.
También son muchas las personas, sobre todo del barrio de San Claudio, las que confían en el buen uso que se hace en el ropero de las prendas que donan cuando limpian los armarios. «No todo el mundo es egoísta», enfatiza Rosa Fernández.
Los jueves por la mañana están dedicados especialmente a las embarazadas. La primera hora, de 10 a 11, tienen a su disposición el local para recoger su canastilla —ya han entregado más de 40— y accesorios como carritos, cunas, etcétera que van llegando al ropero.
«Que Dios te dé salud para ayudar a todo el mundo que puedas», le dice una de las usuarias habituales del ropero. Y ella responde: «Haced lo mismo cuando podáis: cuando os sobre, dad». Rosa tiene 33 ahijados, colabora con la parroquia de San Antonio de Padua y cuando perdió su trabajo como monitora de manualidades puso en marcha una ludoteca en el barrio, donde ha ‘becado’ a dos alumnos que no tenían posibilidades de pagar.
En verano es coordinadora de un campamento infantil. «El amor a los niños está en el centro de todo», afima. Los niños y niñas son su gran pasión. «Si a un niño le das amor lo va a multiplicar», dice siempre.
«Tengo varias facetas pero yo sola no soy nadie», afirma al elogiar la labor del equipo que colabora en el proyecto: Carmina, Candela, Marcela, Carlos, Mercedes... son algunas de las personas que expresan su solidaridad a través de su colaboración en el ropero solidario.
Ahora Rosa necesita un pequeño empujón para «poder pagar algo de alquiler y atender a la gente de manera digna», explica.