Conocimiento, límites y libertad

Cuando saber nadar no es suficiente

Publicado por
León

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Cuando preguntamos a una persona si sabe nadar, la respuesta más habitual es afirmativa. Del mismo modo, casi todos podemos decir que sabemos correr. Sin embargo, saber correr no significa estar preparado para recorrer varios kilómetros a buen ritmo, como tampoco saber nadar implica disponer de las capacidades necesarias para afrontar cualquier distancia o dificultad dentro del agua.

Nadar no consiste únicamente en ejecutar una serie de movimientos. También exige resistencia, flotabilidad, control de la respiración, orientación y capacidad para administrar el esfuerzo.

Pensemos en una persona que decide nadar hasta una boya situada a 200 metros de la orilla. Llegar hasta ella y volver supone recorrer aproximadamente 400 metros.

Si le pidiéramos correr esa misma distancia, probablemente podría hacerlo, aunque tal vez necesitara detenerse a mitad del recorrido para recuperar el aliento. En tierra no sucedería nada: podría quedarse quieta, descansar y continuar cuando se sintiera preparada.

En el agua, detenerse no significa descansar. Aunque dejemos de avanzar, debemos continuar haciendo un esfuerzo para mantenernos a flote, conservar las vías respiratorias fuera del agua y controlar la respiración. Además, llegar hasta la boya representa solo la mitad del trayecto.

Las boyas suelen estar colocadas a 200m con respecto a la playa, o zona de seguridad para el baño y muchos bañistas interpretan las boyas como una meta. Sin embargo, estas delimitan una zona protegida frente a la navegación, pero no garantizan que cualquier persona tenga capacidad para llegar hasta ellas y regresar.

Por poner un ejemplo práctico para determinar el esfuerzo que tenemos que realizar y pensarlo dos veces:

Nadar 200 metros desde la costa hasta las boyas y volver (400 metros en total) puede parecer un paseo corto, pero en realidad supone un desgaste físico extremo debido a la resistencia del agua. Para entenderlo, equivale exactamente a subir a pie y sin parar un edificio de 12 pisos cargando dos garrafas de agua de 5 litros. Un esfuerzo donde no hay tregua con condiciones ambientales cambiantes que hacen que tengamos un mayor desgaste.

Nuestras capacidades cambian.

A menudo valoramos una distancia basándonos en lo que creemos que podemos hacer, pero pocas veces nos preguntamos en qué condiciones nos encontramos ese día.

No entramos al agua siempre con las mismas capacidades.

Haber permanecido muchas horas al sol, no realizar entradas progresivas al agua, no realizar ejercicio previamente, no habernos hidratado adecuadamente o sentir cansancio, puede hacer que afrontemos el baño con unas reservas físicas menores.

Una comida copiosa puede provocar pesadez o malestar, mientras que el consumo de alcohol puede aumentar la euforia, disminuir la capacidad de reacción, alterar la coordinación y favorecer decisiones arriesgadas.

Algo tan habitual como un simple mareo, calambre, tirón o una subida del gemelo permite entender la diferencia entre la tierra y el agua. En la arena podemos detenernos, sentarnos y esperar. Dentro del mar, la misma dificultad puede impedirnos avanzar, provocar angustia y desesperación por no llegar a la orilla.

Cuando aparece el miedo, la respiración se acelera, los movimientos se desordenan y aumenta el consumo de energía. La persona se esfuerza más, pero avanza menos. Una molestia sencilla en tierra puede convertirse en el inicio de una emergencia dentro del agua.

A todo ello debemos añadir las características del entorno. El oleaje, las corrientes, el viento, la temperatura o la visibilidad pueden cambiar las condiciones durante el baño. Una distancia que parecía sencilla desde la orilla puede resultar mucho mayor una vez dentro del mar.

Cuando la confianza se convierte en exhibición

El exceso de confianza también puede llevarnos a realizar saltos, volteretas y maniobras sin valorar suficientemente sus consecuencias.

En las playas y piscinas siempre ha sido habitual observar a grupos de jóvenes haciendo piruetas, saltos mortales junto a la orilla o el bordillo de la piscina. A todos nos ha llamado la atención y, en muchas ocasiones, hemos celebrado la ocurrencia o reír la gracia. Sin embargo, no estamos exentos de resbalones, fallos técnicos y que las olas van y vienen, la profundidad cambia y el fondo es desigual. Un mala ejecución supone una caída descontrolada o un golpe contra el bordillo o fondo que puede transformar unos segundos de diversión en una lesión capaz de cambiar una vida para siempre, estar todo la vida en una silla de ruedas.

Las redes sociales han añadido una nueva dimensión a estas conductas. En ellas vemos a especialistas, y a otros que no lo son tanto, realizando saltos espectaculares desde acantilados, puentes, espigones y otras alturas.

El vídeo muestra unos segundos de acción, pero no siempre permite conocer la preparación de quien salta, su experiencia, el estudio previo del lugar, la profundidad o las condiciones del mar. La búsqueda de una imagen espectacular, la aprobación del grupo o el deseo de conseguir más visualizaciones pueden impulsar a otras personas a imitar estas conductas.

Muchos saltos se realizan prácticamente a ciegas, sin comprobar la profundidad, conocer el fondo ni valorar la altura, la posición de entrada o la fuerza del impacto.

Tampoco se tiene siempre en cuenta la presencia de rocas, objetos sumergidos u otros bañistas.

No se trata de cuestionar las capacidades de nadie, prohibir la diversión o generar miedo al agua. La finalidad de la prevención es ayudarnos a comprender qué puede conllevar cada decisión y que una mala decisión nos puede causar la muerte.

Reconocer nuestros límites no nos hace menos capaces. Nos permite utilizar nuestras capacidades con inteligencia.

"El agua no cuestiona nuestras capacidades; simplemente pone de manifiesto sus límites. Conocerlos también forma parte de saber nadar".

Autores

José Manuel Díez Herrero, Técnico Especialista en Instalaciones Acuáticas con más de 30 años de experiencia y miembro del Comité Docente de la Federación Latinoamericana de Salvamento y Socorrismo y de la Asociación Española de Prevención de Ahogamientos

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Jose Luís Esmoris Técnico Especialista en Espacios Acuáticos Naturales con más de 30 años de experiencia y Presidente de las Empresas de Vigilancia y Salvamento de Canarias.