martes 18/5/21
Carmelo Gómez, actor

Tenaz insomnio

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Carmelo Gómez

De acuerdo, me encantaría escribir algo de León a diario, el diario presente en la botella de un futuro, pero creo que no sé demasiado sobre León para poder meterme en una faena así a propósito de la conmemoración del 115 aniversario de DIARIO DE LEÓN. Quizá puedas darme alguna idea, tú que vives allí a diario y participas de su cotidianidad, de su sonambulismo y de sus rumores. Ese tenaz insomnio.   

No sé. Qué tiene León y qué le falta. Yo creo que ni más ni menos que lo que le falta a toda esta tierra española. ¿Por ahí van los tiros? Sobra división y falta unir esfuerzos. En fin, todo eso que está tan manido y que no sabría por dónde empezar y, sobre todo, no tengo la experiencia de vivir allí. Nos falta poesía.  Eso es indudable.  No se puede decir que no estemos rodeados de ella. Patrimonio y naturaleza hay en León a espuertas y no a patadas, y para acariciar, naturaleza a la que siempre invocamos en toda merecida semblanza de esa tierra bella.

Recuerdo una fábula, la última de Granada que escribe Lorca. Don Alambro quería romper el maleficio de una Granada hastiada de contemplarse a sí misma. Anclada en los paseos diarios, en su propia belleza, la menos pictórica del mundo, decía, porque todo es marcha castiza y costumbrismo. Entonces, en un sueño se le aparecieron todos los borregos del perfil de Carlos y le balaron aristocráticamente para que fundara un periódico. El dilema era cómo llamar a ese periódico. Con tan buena suerte que cantó un gallo y lo despertó, cantó otro y otro y pensó: «Ya está, se llamará Gallo». Así continúa una peripecia singular hasta que se le va la inspiración, el tiempo borra las ideas, porque el día en Granada no tiene más que una hora inmensa y en esa hora se bebe agua, se gira sobre el bastón y se mira el paisaje. Al que no le guste León, el perfil de Guzmán dice, por ahí se va a la estación, acompañado de leones valando aristocráticamente. No da materialmente tipo tiempo a nada. ¡Y dice Federico!: «Dos y dos no son cuatro en esta tierra extraordinaria, son dos y dos sin juntarse jamás». Total, que Alambro muere sin poder fundar su periódico. Lorca crea la revista Gallo con los amigos del rinconcillo, pero editaron dos números nada más.

Patrimonio y naturaleza hay en León a espuertas y no a patadas, y para acariciar, naturaleza a la que siempre invocamos en toda merecida semblanza de tierra bella

La idea de que eso pasa en León puede ser así, casi idéntica, como en la Iberia toda. Tanto que hablamos en alto y soñamos con los ojos abiertos, como sonámbulos, porque es la única forma de ver cumplido algún deseo.

Esa es mi sensación desde niño jugando solo en el corral de casa, haciendo panes de barro e inventándome gente que venía a comprar. Las gallinas me miraban con la extrañeza del realismo mágico que vivieron tardes enteras conmigo, con esos ojos inquietantes, ojos inmóviles sin apenas pestañear, ojos que te penetran desde la cresta hasta el pico. No querían estas graciosas aves de plumas encendidas despertar del sueño de fabricar panes de barro y, con él, el negocio de los huevos de oro.  

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Un día cogí un tren que me llevó a Salamanca, otro a Madrid y descubrí el teatro. Desde entonces jamás paré de coger trenes. En uno de esos viajes llegué a Berlín, a la Berlinale, en Mercedes con asientos de cuero y toda la pesca. Mi padre me acompañaba. Sin saber idiomas, el leonés que lleva dentro se las apañaba de maravilla, no tardó en estar rodeado de diplomáticos europeos, entre ellos, el gran Jack Lang, ex ministro francés de Cultura y presidente del jurado. No sé cómo fue, pero le habían hecho un corro y escuchaban con una traductora los relatos del campesino que se las entendía con los mulos, los carros y la remolacha. Recuerdo a un productor español diciéndome: «Tu padre hablando con el presidente del jurado, Dios da mocos a quien no tiene nariz». Y pensé: «Si no te gusta León, míralo con amor». Hoy ese león de campo lo ha olvidado todo.  Y dirá usted, ¿eso qué tiene que ver con este encargo? ¡Una historia de gallos y gallinas, leones y mulos!  Pues que todo lo que allí soñé es hoy mi gallinero rico. Eso que comúnmente se llama imaginario. El que se hace mirando y anhelando.  

Salvando las distancias, igual que Granada fue para Federico, Valencia para Sorolla o Galicia para Valle-Inclán, ¡quién sabe dónde salta la liebre, el pez luna o el enorme felino agazapado en los arcos de piedra! Nada de lo que hacemos es inútil, pero hay que pensar que servirá para algo. Si no, sí que es inútil por completo. 

Como ves, querido amigo y paisano, no tengo ni idea de por dónde empezar ese relato, salvo pensando en la tierra nuestra, con olor a setas, musgo y a cocido maragato que, en los 115 años de un periódico, cantor de las mañanas nuestras, te permitiera publicar, si quieres, esta nuestra epístola que habla desde mí, lo único que tengo a mano. Abracadabra, abrazo… con mascarilla.  

Tenaz insomnio
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