jueves 02.07.2020

En el Camino de Santiago con Álvaro Cunqueiro

La Biblioteca Castro reúne en ‘Al pasar de los años’ los artículos periodísticos del escritor gallego
Estatua de Álvaro Cunqueiro en la plaza de Mondoñedo. TURISMO DE GALICIA
Estatua de Álvaro Cunqueiro en la plaza de Mondoñedo. TURISMO DE GALICIA

A principios de este año apareció en la Biblioteca Castro un nuevo volumen de la obra de Álvaro Cunqueiro (1911-1981). En este caso, una selección de doscientos artículos periodísticos —se estima que publicó más de veinte mil— que muestran, una vez más, la finura de la palabra del escritor gallego, que ejerció el periodismo como profesión y, según él mismo confesó, tuvo con frecuencia la inclinación a «transformar la noticia más urgente en literatura». El libro de referencia, en una impecable edición de Miguel González Somovilla, responde a este título: Al pasar de los años. Artículos periodísticos (1930-1981).

La cercanía de estas tierras colindantes a las suyas no le fueron ajenas al de Mondoñedo. Incluso aquí apareció la versión en castellano (Everest, 1982) de A cociña galega, una de sus pasiones, un año después de su fallecimiento. Entre las referencias a personajes leoneses, es curiosa la lectura del artículo Los nombres de las alas, en que, a pie de página, se aclara: «Este artículo forma parte de la polémica mantenida, entre el 10 y el 14 de diciembre de 1961 por Cunqueiro con el escritor Ramón González Alegre (Villafranca del Bierzo, 1920-Vigo, 1968) en las páginas de Faro de Vigo, a propósito de la reedición del poemario de Gerardo Diego Ángeles de Compostela (Madrid, Ediciones Giner, 1961). González Alegre señalaba que Gerardo Diego se había inventado los nombres de cuatro ángeles, opinión rebatida por Cunqueiro».

León reunía dos de las pasiones de Álvaro cunqueiro: el Camino de Santiago y la gastronomía. A León dedicó el escritor gallego varios artículos, reunidos ahora en el libro ‘Al pasar de los años’.

Si hubiésemos de destacar algunas presencias leonesas en esta selección de artículos periodísticos, dos serían, sin duda, las más notables: el Camino de Santiago y la Gastronomía, dos de las debilidades de Cunqueiro. Solo hace falta rastrear mínimamente su obra para darse cuenta sobrada.

En el caso que nos ocupa, en 1964 dedicó una serie de siete capítulos al Camino, aparecida en Faro de Vigo, periódico del que es nombrado director al año siguiente, cargo al que renuncia voluntariamente en 1970 y en el que sigue colaborando hasta su muerte. Cuenta en un momento que se van a realizar en la vía jacobea, según detalla el número 56 del Boletín de Información del Ministerio de Obras Públicas, numerosas obras. Un dato, en cualquier caso, para la historia, que la realidad en ese momento era otra, la prisa, y, quizá como consecuencia, el apunte casi azoriniano: «Pues pensamos llegar a León a dormir, hay que apurar. Nos quedan, para la larga tarde de junio, Villalcázar, Carrión, Sahagún…».

Se despiden los tres viajeros santiaguistas –el fotógrafo y la mujer de este acompañan a Cunqueiro— de esta última ciudad «cuando ya amenaza la tormenta y caen algunas gruesas gotas que quedan como ojos de gato en el polvo». Pero antes se extiende en Sahagún como en ningún otro sitio leonés. No me resisto a transcribirlo: «Les digo que Sahagún estaba lleno de cabarets en el siglo XIII y que era un lugar de perdición, y se ríen. Y es verdad.

De Sahagún cuenta Cunqueiro que estuvo lleno de cabarets en el siglo XIII y que era un lugar de perdición

El gran monasterio de Sahagún andaba revuelto ya cuando Alfonso VI pidió a Cluny que pusiese orden. San Hugo, en 1079, envió los monjes Roberto y Marcelino, quienes pusieron manos a la obra. Echaron a los judíos de los claustros, metieron a los moriscos en unas chabolas, cerraron cien posadas y transformaron Sahagún en la mayor de todas las casas de benitos negros de los reinos de Castilla y de León. Cincuenta prioratos y abadías dependían de San Facundo y de allí salían obispos para todas las diócesis de Galicia y de León.

Los peregrinos se detenían en Sahagún dos o tres días, se bañaban, comían truchas del Esla y salían nuevos para las últimas y duras etapas, la subida al Cebreiro, la bajada a Portomarín por Triacastela… Pero ciento y pico de años después, la disciplina se había relajado y Sahagún volvía a ser la cosmopolita, la pervertida, la Place Pigalle del Camino. Algunos piadosos peregrinos evitaban la villa. Según un peregrino francés, Guillaumat, había nu y todo en algunas tabernas, servidas por muchachas musulmanas que cantaban y bailaban.

Había mucho juego y la tafurería estaba en todo su esplendor en los días de Alfonso X, de Pero da Ponte y de Yáñez do Cotón. María Balteira, a lo mejor, fue un día atracción poderosa en Sahagún, levantando la falda, enseñando la pierna… nada queda de las boites y de los cabarets de antaño. Yo miro a los ojos de algunas mujeres que se asoman a las puertas de las casas. Ojos negros, amantes. Debe de quedar alguna semilla de los juegos de amor por aquí… La iglesia abacial, reconstruida dos veces y la última en los días barrocos, está en el suelo. Pero resisten los siglos dos torres románicas en ladrillo rojo, una de ellas con columnas de mármol en los arcos superiores: san Lorenzo y san Tirso».

El esturión de Villafranca

Queda aún mucho camino. Aunque el periodista haya encontrado un filón en Sahagún, hay que seguir. Por Mansilla de las Mulas —«era en el Camino famoso lugar por su pan»—, «dos o tres pueblos cuyo nombre no recuerdo», y León: «Sobre un cielo rojo y negro se recortan las torres de la pulchra leonina. Javier Vázquez aprovecha la hora para unas fotos. Y aún nos queda San Marcos, la casa de la Orden de Santiago en León, hospital que fue de peregrinos. En la fachada está Santiago caballero. La hora vespertina pinta toda la gran fachada de oro viejo La casa actual data de don Fernando el Católico, que halló la hospedería de los romanos en ruinas y mandó que se hiciese obra nueva».

Álvaro Cunqueiro
relata con detalle
algunas
especialidades
culinarias
leonesas a lo
largo del Camino
de Santiago. ARCHIVO
Álvaro Cunqueiro relata con detalle algunas especialidades culinarias leonesas a lo largo del Camino de Santiago. ARCHIVO

Deja pronto la ciudad por la Virgen del Camino —«salía a saludar a los peregrinos con su dulce sonrisa»—, Astorga, el puerto de Manzanal, y pronto Ponferrada y Villafranca. «Ya es noche». De esta enumeración solo alude a la llegada al albergue de Villafranca –—«desde donde se ve tan bien el Bierzo antiguo y agrario»— y a un curioso episodio gastronómico: «Nos disponemos a cenar —escribe— y en la carta nos sorprende encontrar ni más ni menos que este plato: esturión. Preguntamos Javier Vázquez y yo, con toda nuestra ciencia culinaria alerta, qué quiere decir aquello, de dónde vino el esturión, quién lo pescó, con qué salsa lo van a dar. Todo lo que saben es que es esturión, que así se lo mandó la pescadería de Villafranca.

Tengo que decirle a mi amigo el doctor Cedrón que vaya a la pescadería esa y pregunte por el esturión. Desde luego, no reconocemos qué pez era. Yo creo no haber comido nunca ese pescado. Javier Vázquez tampoco. La piel dura, plata y tinieblas, rodea una carne prieta, sabrosa, que tira a rape. Lo comemos y nos gusta. Pero quedamos con la duda. Esturión no parece posible. ¿A qué le llamarán esturión los pescadores de Villafranca?... Yo me voy para la cama preocupado por el esturión e inventando un milagro del apóstol, un blasfemo o un lujurioso convertido en esturión y caído al Burbia o al Órbigo o al Sil. ¡Vaya usted a saber! Cualquier cosa es posible en este Camino…».

En el Camino o fuera de él, la sabiduría culinaria, la pasión gastronómica de Cunqueiro era de sobra conocida. En el caso de León, sobre todo de aquella época, dos referencias eran inevitables: las truchas y las cecinas. Añade el lechazo en general de Tierra de Campos, que conviene a algunas poblaciones leonesas citadas en alguno de estos textos periodísticos, los ajos «démosle a los ajos lo que les toca de la eufónica toponimia de León y de las Castillas»— y el anís, curiosamente «considerado en la vieja Castila y en León, como una especia, y aromatizaba asados, y rellenaba con cebollas dulces la perdiz».

Antes de hablar de la trucha, una curiosidad que cuenta sobre los salmones, citando unos documentos «que prueban la gran aventura de enviar desde Galicia a la corte de Madrid, para la tabla real, algunos salmones y reos, a lomos de infatigables mulas, con renuevos de nieve en tierras de León. Pocos eran, una docena por temporada». Aunque no lo cuenta él, al menos en este libro, viene a confirmar el transporte, con mulas y, al parecer bueyes en alguna ocasión, de esta nieve cercana hasta la Corte para la elaboración de helados. Quedamos, en todo caso, con las truchas, «quizás las mejores de Occidente, las orbiguesas». Y salta como comentario el Cunqueiro irónico: «Yo aseguré una vez que si don Suero de Quiñones puso en el puente del Órbigo el famoso paso honroso que tan bien estudió Martín de Riquer, fue porque entre lanza y lanza quebrada, en aquel mayo, se sentaba a la sombra de los chopos a reponerse con las famosas truchas…».

El escritor relata un curioso episodio gastronómico y se queda con la duda de a qué llaman esturión en Villafranca

Utiliza la misma ironía cuando habla de la cecina —Cecina de corzo es el título del artículo—, otro de los platos preferidos de don Suero. Sabrosas justas. Y más sabiendo, como escribe don Álvaro, que «la cecina pide un vino tinto seco, digamos que un borgoñón». Se queja de que últimamente no se acecina el corzo, aunque «cecina hay, que la carne de cecina que comemos es de las aldeas de los montes de Cervantes, del Cebreiro, de los gallego-leoneses. Buenas cecinas, sin duda, de carne púrpura, tersa pero no dura. La mejor cecina es la de cebón, del buey joven cebado. Ahora solamente se come la cecina cruda, pero un amplio trozo de costillar puede dejarse a remojo y se cuece con coles y están muy bien».

En cierta ocasión, y sirve de calificativo y opinión sobre las que por aquí se cultivan, «probé de las cecinas, que quizás los entendidos ya hallasen en demasía secas, menos una, en cuyo pernil encontré aquel profundo rojo oscuro, aquella suntuosidad, aquel terso pero blando darse de la hebra de las mejores cecinas. Y estaba, además, en el salado preciso. Como las mejores leonesas».

Las geografías literarias, entre la realidad y la ficción en no pocos casos, dan mucho de sí como reconstrucción, testimonio y proyección. Historia y paisaje. Costumbres y gastronomía. Leyenda y sensaciones. Álvaro Cunqueiro ha dejado la huella de su palabra sobre la piel diversa de esta tierra. Otra mirada.

En el Camino de Santiago con Álvaro Cunqueiro
Comentarios