jueves. 30.06.2022
                      BENITO ORDÓÑEZ
BENITO ORDÓÑEZ

carmen Tapia

LEÓN

El psicólogo Juan Fernández Quesada acaba de publica el libro Reflexiones para ayudarte a vivir la vida, editado por Círculo Rojo, un trabajo que reúne experiencias y consideraciones para solucionar los «esguinces mentales», como los define en el prólogo María del Mara Vieira Juan. Juan Fernández ha estado vinculado durante años al Teléfono de la Esperanza de León y ahora trabaja en Madrid.

—¿Por qué cuesta tanto responder cuando nos preguntan quienes somos?

—Nos han hecho creer que somos las etiquetas y los calificativos que nos ponen. Desde el inicio me pusieron ‘Juan’ y mi familia ya generó una expectativa sobre mí, sería como mi padre, porque él se llamaba así. No fue muy cierto, siempre fui más parecido a mi madre, en expresión, en habilidades sociales, en sensibilidades comunitarias, en compromiso con el desfavorecido. Luego, decimos que somos ‘carpintero’, ‘psicólogo’, ‘periodista’ …, pero eso es un rol que desempeñamos. Lo que somos es la impronta que dejamos en nuestra forma de actuar y reaccionar, nuestra marca, aun desempeñando ese rol. Psicólogos hay muchos, pero que desempeñen ese papel como yo, sólo estoy yo, sólo soy yo. Esta individualidad dentro de la pluralidad es lo que nos toca descubrir. Cuesta trabajo descubrir nuestra esencia, la que se define con el verbo ser, lo demás son conductas, sensaciones, actitudes, habilidades, formas de pensar, emociones, es decir, emisiones nuestras que no siempre son así. Cuando alguien dice, por ejemplo: «es que yo soy tímido», eso es falso, nadie nace tímido, ni se comporta así en todo momento y situación.

—Tampoco es fácil saber qué queremos. 

—Hay personas que sí lo tienen claro. Están llenos de claridades y suelen ser consecuentes con lo que quieren. Las personas a las que les cuesta trabajo saber qué es lo que quieren les digo que piensen en ‘lo que no quieren’, y que lo expresen de una forma clara y concisa, estos son sus contrastes, porque la claridad muchas veces surge del contraste. Si a mí, por ejemplo, no me gustan las personas que, en general, hablan mucho de sí mismas y casi no dejan hablar a sus interlocutores (contraste), quiero una persona que le guste escuchar a quien tiene enfrente (claridad).

—¿Qué es el éxito?

— No existe el éxito ni el fracaso. A Edison le preguntaron: ¿cómo es que después de tantos fracasos en hacer iluminar una bombilla usted siguió insistiendo en ello? A lo que Edison contestó: Yo no he fracasado nunca, yo sé ahora miles de formas de no hacer una bombilla. El éxito de Edison fue su seguridad en que si perseveraba conseguiría los resultados esperados. El éxito tan solo es saberse uno mismo, ser uno mismo, aunque no cumpla con lo que la sociedad quiere o espera de él.

—En su libro habla de ‘mandatos’ de la familia, de los amigos, de los padres, del trabajo. ¿Hasta qué punto somos conscientes de que hacemos lo que queremos y no lo que nos ‘mandan’ que hay que hacer?

—Son las emociones las que siempre nos van indicando el grado de satisfacción con nosotros mismos, en relación a lo que queremos. Prestamos poca atención a lo que sentimos. Los sentimientos son las señales que nos indican si vamos en la dirección adecuada. Los sentimientos tienen congruencia con los pensamientos. Se debe trabajar más en los colegios la inteligencia emocional. Tenemos, la mayoría, una cierta sordera emocional. Las emociones son nuestras aliadas en dirigir nuestra vida de forma eficaz.

—Usted habla en su libro de los ‘desgastes de la vida’. ¿Cuáles son y por qué caemos en los mismos errores?

—Los desgastes de la vida tienen que ver con ir en contra de lo obvio, de lo que no podemos cambiar, es la lucha absurda a la que nos sometemos la mayoría de las personas. Hoy mismo una antigua cliente me comunicaba que estaba pasando un mal momento porque su padre estaba con un cáncer terminal. Su sintomatología era ansiedad, preocupación y angustia y le pregunté: ¿Qué es lo amenazante que va a ocurrir? (ansiedad es percepción de amenaza ante un estímulo supuesto, no real). Contestación: Es que papá se va a morir. Pregunta: ¿Y si se muere qué es lo catastrófico que va a ocurrir? Contestación: No, no es catastrófico, pero lo voy a pasar mal. Como vemos la persona ya está anticipando que lo va a pasar mal (contestación no adecuada, porque ‘mal’ no es un sentimiento, lo pasará, por un tiempo, con tristeza). ¿Es tan dramático pasar por un tiempo con tristeza? es decir, está predestinando cuál va a ser su conducta y actitud, en lugar de plantearse un cambio de actitud ante esa pérdida. La sintomatología de ‘preocupación’ es, junto con la culpabilidad, de los sentimientos más absurdos del ser humano, porque es inquietarse o desajustarse, a priori, por lo que no podemos controlar. Yo les pregunto: ¿De qué te puedes ocupar, no preocupar?. Y hacemos, automáticamente, que la emoción bloqueada se convierta en acción efectiva. ‘Ocuparse’ podría ser: darle cariño, atención, cercanía, cuidado, apoyo, diálogo, etc. Una preocupación es una inmovilización en la acción. Todo sentimiento que no tiene una salida en acción se queda bloqueado y produce somatización o reacciones no previsibles. El tercer sentimiento, la angustia (qué es diferente a ansiedad) tiene más un carácter existencial. Guarda relación con el vacío que la persona nos va a dejar. Le pregunté: Nadie ni nada va a poder llenar del todo lo que tu padre deje, pero ¿cómo podrías llenar ese vacío?. Las respuestas aparecen al hacer esta pregunta. Se puede dedicar más ahora a sí misma, a cuidarse, a hacer un estilo de vida más saludable, a comprometerse con asociaciones que trabajan por investigar más sobre el cáncer, a la atención a personas mayores, a atender ahora más a su madre, que se va a quedar sola, etc. En síntesis, lo que podamos cambiar, cámbialo, y lo que no podamos cambiar, cambia tu actitud ante ello. Esto es aceptar. Caemos en los mismos errores porque no nos han enseñado adecuadamente a asumir la realidad de este mundo, con sus leyes. La muerte no tiene por qué ser trágica cuando se acepta como parte del devenir de la vida.

—En su libro habla de casos que tuvo que atender en León cuando colaboró con el Teléfono de la Esperanza. ¿Recuerda alguno?

—Recuerdo muchos, pero los que han supuesto una mayor tarea, pero también más gratificante, han sido las de los padres que han perdido a sus hijos. Recuerdo dos de accidentes de tráfico y otros dos de suicidio. En los cuatro casos los jóvenes mantenían relaciones muy afectivas y cercanas con sus madres. Lo más importante de la terapia es que se sientan apoyados, acogidos, queridos. La actitud de los padres dejó mucho que desear, porque un mecanismo muy típico en los hombres es no mostrar sus sentimientos, aspecto que a medio o largo plazo produce daños colaterales, con manifestaciones somáticas. Aunque creamos que los hombres somos más «fuertes» y nos adaptemos mejor ante estas situaciones, no es así, lo que hacemos es ocultar nuestro dolor. Algunos lo ocultan con conductas impulsivas, otros con la bebida, el juego, el tabaco, etc. No quieren sentir. Yo he aprendido mucho de estas madres con su actitud tan resiliente.

—¿Por qué nos sentimos culpables si no hacemos lo que los padres quieren que hagamos?

—Porque es una de las formas con las que hemos creído ganarnos el cariño y la atención de ellos, intentando ser lo que ellos querían de nosotros para no defraudarles. No estamos en este mundo para cumplir las expectativas de los demás, ni los demás para cumplir las nuestras. Hay falta de amor hacia nosotros mismos cuando al complacer a los demás nos traicionamos. Hay falta de amor hacia otros cuando queremos cambiarles en lugar de dejarles ser ellos mismos.

—¿Por qué necesitamos la aprobación de los demás?

—Porque basamos nuestra seguridad en la seguridad externa, en lugar de en nuestros propios criterios. Se nos ha educado en ello. El mensaje ha sido: «No confíes en ti mismo, confía en tus padres que saben qué es lo mejor para ti, o en tus profesores, o en tus tutores…». Una cosa es que nos guste que nos aprueben y otra cosa es que lo necesitemos. Esta diferenciación es esencial. Quien cree que lo necesita, se hace dependiente de los otros. No podemos gustar a todo el mundo y siempre habrá alguien que por más que uno haga no le caerás bien o no le gustarás. Alfred Adler decía que nos atreviésemos a no gustar, lo que no quiere decir, tampoco, es que hagamos cosas para caer mal o fatal a los demás.

—¿Cuáles son los errores que comenten los padres y las madres a la hora de educar?

— Los mayores errores de los padres son: 1) No dejar que los hijos exploren. Creer que tienen que vivir en nuestras cabezas. Suelo preguntar en mis charlas: Si un niño no ha visto nunca una cerilla encendida, al encenderla ante él ¿qué hará el niño? La contestación es obvia: Meter el dedo en la llama. ¿Y qué debemos hacer los padres? Retirar la cerilla. Pues no, porque mientras que el niño no tenga la experiencia de quemazón, seguirá metiendo el dedo. Así es que un padre es bueno que deje que se queme un poco y retire rápido la cerilla para que la quemadura no sea grave. No cambiar la relación de verticalidad en una relación horizontal. Mantener al principio con los niños una relación de autoridad (no autoritarismo), mostrando firmeza y seguridad en las decisiones, hace que el niño asuma el modelo paterno/materno interiorizándolo como seguro y protector, pero sin inhibir las conductas. Todos los excesos son indeseables y los padres que sobreprotegen a los hijos crean personas inseguras y dependientes. Los niños/as, desde bien pequeños quieren ser o jugar a ser adultos. Todas esas conductas de forma controlada hay que fomentarlas, estimularlas, porque conseguimos que adquieran competencias y habilidades en muchas áreas. En el aprendizaje es importante dar atención o cariño, pero la parte más importante es que se les ame no por lo que hacen, sino por su propia existencia. Un hijo que se siente útil por su sola existencia, será una hijo que crecerá en la seguridad. Eso que llamamos ‘Dios’ es amor incondicional. Esto funciona no solo con los hijos, también con todos nosotros.

—Usted habla también del beneficio del perdón pero ¿qué afrentas podemos perdonar y cuáles no?

—Perdón no es justificar comportamientos violentos ni indeseables; perdón no es ponerse en una actitud de superioridad sobre el perdonado; perdón no es ausencia de límites; perdón no es excluir medidas para corregir la situación; perdón no es hacer como que todo va bien cuando no se siente así; perdonar no significa negar nuestra rabia ni rencor o dolor; perdón no es ponerse en actitud de que sintamos lástima por el otro; perdón no es buscar recomponer de nuevo una relación que se ha deteriorado. Lo que sí es perdón es cambiar nuestra forma de ver a esa persona y a las circunstancias de tal modo que nos ayude a avanzar, a no vivir con ira, rabia, frustración, angustia; perdón es hacerme cargo de mi propia felicidad, porque considero que tengo derecho a ella y a no vivir con esa carga de insatisfacción. Vivir con rabia o rencor es aferrase a una brasa encendida. ¿A quién hace daño? A uno mismo, principalmente. Podemos perdonar y en ese mismo instante poner una denuncia, por ejemplo, por maltrato.

—Esta sociedad nos ha inculcado en que si nos esforzamos conseguiremos lo que queremos, pero no es así. Basamos nuestra propia consideración en lo que obtenemos externamente, por lo que a veces no obtener algo es un signo de fracaso.

—Hay que aprender que la fortaleza no se mide por la posibilidad de conseguir un resultado inmediato, sino por la confianza en el propio potencial de lograrlo cuando sea el momento. Hace unos días muchas personas empezaban a evaluar a Rafa Nadal como «el héroe acabado» por haber perdido contra Carlos Alcaraz y a este último como el nuevo Nadal. Ni las personas son las mismas, ni las situaciones van a ser iguales para uno y para otro. Tener un espíritu perseverante es ante todo una maravillosa disposición que nos hará alcanzar muchos objetivos. Así lo he experimentado yo, lo cual no quiere decir que se alcancen todos.

—Un buen hijo tiene que..., un buen trabajador deber de..., una buena madre es la que... un buen padre tiene que... ¿es fácil parar esta rueda de mandatos?

—No es fácil, pero podemos adquirir un pensamiento racional en el que se requiere no tragarnos como verdades una cantidad inconmensurable de mandatos y creencias que nos han dado y acostumbrarnos a ponerlos entre interrogaciones, es decir, cuestionarlos, y entonces aprender a tener un pensamiento racional basado en lo obvio, en actuar de tal manera que pueda proteger mi salud y mi vida, en permitir sentir los sentimientos que quiero sentir, en ser consecuente con los objetivos que quiero alcanzar a medio y largo plazo, y en ganar en competencias sociales que me lleven al encuentro y a la colaboración. De forma general, los pensamientos irracionales son dogmáticos, exigentes y absolutistas y los pensamientos racionales son preferenciales y relativos.

—¿Y los «y si...» como miedos?

—Los “y si…” no son miedos reales, sino infundados, es decir, están basados en suposiciones, no en realidades, por lo tanto, no son miedos reales, pero afectan al organismo como si fueran reales. La mayoría de las veces no ocurren tales suposiciones y si ocurren nunca son tan dolosas o graves como creíamos en principio. Trabajar profundamente por tener la cabeza en el aquí y ahora es una terapia fabulosa para esta problemática.

—¿Cuál es nuestro mayor miedo ?

—La muerte se vive de forma trágica. Es más, tanto en la cultura islámica, judaica y cristiana se consideraba un castigo divino. En las civilizaciones griega y romana también tenía esta consideración. Para el hinduismo, sin embargo, la muerte es una transición. Se sabe que la vivenciación de la muerte depende de nuestra cercanía con ella. En zonas donde hay muchos terremotos, ciclones, catástrofes, etc., a la muerte no se le da ese carácter tan trágico, hay una percepción de que la vida es corta y, por lo tanto, mientras la tenemos, seamos agradecidos por ella y quien se marcha, pasa a mejor estado. Yo aconsejo leer a una escritora Elisabeth Kubler-Ross (La muerte un amanecer) que se pasó toda su vida investigando sobre la muerte y nos ayuda a que desdramaticemos este acontecimiento, que es una realidad para todos. Aconsejo también una conferencia del Dr. José Miguel Gaona, titulada Al otro lado del túnel que está en Youtube. Estos y otros muchos estudios apuntan a que es una experiencia, en general, muy gratificante, y que las personas que pasan por ello, no quieren volver.

—Pero hay miedos objetivos, sabemos que hay ciertos comportamientos en el trabajo, en la familia o con los amigos que pueden provocar un desastre seguro, como la pérdida de trabajo, de amigos o de alejamiento de la familia...

—Tanto como «un desastre seguro» no. Los trabajos se pierden, los amigos también, las familias también. Yo ahora voy a hacer preguntas: ¿Una persona puede ser feliz sin hijos? ¿Una persona puede ser feliz sin pareja? ¿Una persona puede ser feliz sin familia? ¿Una persona puede ser feliz sin amigos? ¿Una persona puede ser feliz sin trabajo? Desde el momento en que haya una persona en el mundo que pueda serlo, nosotros también. Ese es el planteamiento de la psicología cognitiva. No quiere decir que, en principio, la situación no nos genere un desajuste o desequilibrio, pero para eso el ser humano tiene la mayor capacidad adaptativa de todo el planeta. Lo que sí hay que trabajar para confiar en nuestras posibilidades y salir al paso de todos estos contratiempos e ir buscando lo que deseamos. Que deseamos tener amigos, manos a la obra, que queremos tener pareja a First Dates (por poner un ejemplo simpático y muy del día a día de la tele). Que deseamos tener familia, pues a hacerse con ella (la familia no es lo que se tiene en común de sangre, son lazos forjados por el compromiso, el afecto, el apoyo, la comprensión, etc.). Y así con todo.

—Habla en muchas partes del libro de Dios.

—Todos tenemos alguna conciencia de Dios, de algo que se nos escapa de las manos, pero que intuimos que está ahí. Indagando en la vida de muchos científicos, la mayoría se acercaba a ese algo inexplicable que sentían de alguna manera, o que tenían necesidad de sentir. Yo digo que la ciencia no debe dejar nunca a Dios fuera de la sanación, porque se olvidan de la mayor fortaleza que tenemos. No estoy hablando de las religiones ni de los dogmatismos, hablo de la armonía, de los equilibrios, de las energías, de las comunicaciones de todo. El propio Hipócrates, padre de la Medicina decía que antes de tratar el cuerpo había que tratar el alma. Hay un autor Deepak Chopra que ha escrito un libro titulado Sánate a ti mismo en el que explica con muchas investigaciones los beneficios de tratar a los seres de forma integral cuerpo-alma y expresa que hasta que no avancemos en esta forma de considerar la vida y de considerarnos a nosotros mismos, no avanzaremos científicamente. La ciencia no es solo lo que se ve, también es lo que se intuye o se tiene la seguridad de que está ahí. A las personas a las que les cuesta hablar de Dios les digo que lo traduzcan por amor incondicional todoabarcador, por Cristo como fortalezas internas y por Espíritu Santo como el guía sanador.

«Somos la impronta que dejamos en nuestra forma de reaccionar»
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