lunes 24/1/22

Marcelino López Barrios, de 73 años, vivió los primeros días de la central de Anllares y ayer también quiso estar presente en la ladera de un monte próximo donde algunos curiosos siguieron la voladura. Con los ojos algo llorosos por ver como aquella mole metálica se venía abajo, recordaba su trabajo en la térmica en labores de mantenimiento. Llevaba los molinos, los ventiladores y los alimentadores, «y otras veces, lo que te mandaran».

¿Se dice bien, Marcelino? «Sí, así es, pero se siente un rato», reconocía ayer este jubilado de Molinaseca después de asistir a un nuevo capítulo del final, mientras la polvareda provocada por la explosión se adueñaba del paisaje.

El 1 de septiembre de 1980 empezó a trabajar en la térmica, el día que se puso la primera piedra. Sólo tenía entonces la térmica las zapatas para construir lo que ahora está derribándose. Trabajó 32 años. «Esto era un encanto. Se trabajaba bien, y buen trato. Es una pena», decía ayer.

También vio caer la chimenea hace unos meses ¿Y por qué ha venido? «Pues porque quería verlo. Lo vi empezar y me dije, mecagüen los demonios, no quiero que me lo cuenten. Ahora, lo estoy pasando muy mal».

«Viví el primer día; por eso vengo los últimos»