martes. 31.01.2023

Hoy es San Froilán, junto con San Roque los dos más simpáticos del calendario, aunque ninguno muy milagrero. De hecho, al primero sólo se le atribuye haber obligado a cargar con sus libros al lobo que le había comido la burra que antes los transportaba. Sea verdad o no, desde luego no tiene pinta de leyenda urbana y por eso nos cae bien a los que somos de pueblo y no de piso. El segundo es famoso por su can rabón, que le curaba las llagas lamiéndolas con su saliva. Según mi médico de cabecera, que no cree en los microbios, pero sí en los efectos nocivos del tabaco y el whiski, mucho milagro no es, porque de antiguo era conocido el poder cicatrizante de los lametones caninos. El día que caiga en la cuenta el Gobierno de lo que puede ahorrar la Seguridad Social va a incluir al perro como un medicamento genérico. Personalmente estaría de acuerdo, habida cuenta de que los animales de cuatro patas son menos letales, incluído el lobo, que la mayoría de los bípedos.

Volviendo al santo Froilán, patrono de la diócesis de León, no de la ciudad, su romería ha bajado mucho desde que la gente sube a La Virgen del Camino en el Alsa y no en carro, aunque algunos de Armunia y Trobajo de Abajo todavía lo hacen y no sé de dónde sacan los burros y los bueyes que van tirando. De los ecologistas no, desde luego. Sólo sé que tal día como hoy está permitido ir hasta el santuario a paso de burra y, encima, cachondeándote de la Guardia Civil de Tráfico que cualquier otro día te freiría a multas. Los viejos como yo a veces nos pasamos desde el carro llamándoles «desertores del arado», que no vea usted cómo les cabrea, pero no pueden echar mano del bolígrafo y la libreta. En fin, milagroso. Una vez en la romería es obligado tragar pulpo y morcilla con polvo, lo que confirma las tesis de mi médico sobre la inexistencia de la fauna microbiana. Él se limita a diagnosticar que lo que no mata engorda y no le falta razón. De vez en cuando los periódicos traen la noticia de no sé cuántos intoxicados por salmonelosis o tal y cual bacteria en una boda de alto copete con banquete en restaurantes de la leche de tenedores. Si no está usted acostumbrado empiece de fuera a adentro con la cubertería hasta llegar a la gastroenteritis. El colmo de la gilipollez es pelar los langostinos con pala de pescado. Pero en treinta y tantos años que servidor lleva de oficio nunca se ha publicado un suceso semejante de la romería de San Froilán y eso que son miles a tragar sin lavarse las manos, los asturianos no vea usted cómo. Otra vez que va a tener razón mi médico.

La cartera es con lo único que hay que tener cuidadín y no se dice por los precios, que también, sino porque no te la guinden. Para eso lo mejor es llevarla exactamente en el bolsillo delantero izquierdo del pantalón. Me lo avisaron, años atrás, unos carteristas amigos en cierto bar de la calle Lucas de Tuy, donde, por cierto, tomé el último café con Zapatero. Yo otra cosa. A lo que íbamos, me dijo el burlanga membrillo mío que lo del bolsillo anterior izquierdo es «porque uno te empuja por delante y otro por detrás y tu ni te enteras, pero como pocos somos zurdos, igual que vosotros, pon la cartera donde estás ya avisado». Oiga, mano de santo.

Es fama también hoy que uno debe llegarse hasta la imagen de Froilán, tocarle las narices y pedir un deseo. El mío me lo reservo por impertinente porque no soy de natural tocanarices, sino «tocagüevos», como dice cierto fotógrafo de este periódico que no lo es menos que yo. Desconozco lo que haya pedido él, pero juraría que algo parecido.

San Froilán, como se iba diciendo, es uno de los mejores santos del año, igual que las vírgenes más guapas son las de Castrotierra y la de la Encina, por este orden. Estas no tienen lobo ni perrico que les aulle o ladre, pero traen la lluvia para cepas de vino, pimientos y patatas. No fallan nunca.

El único incrédulo es el obispo de Astorga, don Camilo, nada que ver con el cura toscano de Guareschi, que por la quinta debió de andar conmigo en el seminario de La Bañeza sobre poco más o menos. «Haced lo que querais y sacad a la Virgen del Castro», les dijo la última vez a los de los pendones mirando por la ventana del palacio episcopal, «pero para mí que no está de llover». Efectivamente, no ha caído ni una gota del Teleno para acá ni para allá, lo que demuestra una vez más que doctores tiene la santa madre iglesia.

Pero cayeron rayos y truenos en Cataluña, tierra devota de San Roque.

Que se jodan los de Freixenet.

Opinión: Por narices
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