Diario de León

DOIREANN MACDERMOTT. CATEDRÁTICA CENTENARIA

La pionera de los estudios de inglés que se enamoró de El Bierzo

Junto con su marido, Ramón Carnicer, fundó hace 70 años la Escuela de Idiomas Modernos de Barcelona 

León

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Una pareja de tórtolas acude cada día a la terraza de Doireann MacDermott (Dublín. 1923). Ella les da de comer y habla con los pájaros como con viejas vecinas. El amor por la naturaleza, la constancia, la pasión  y la amistad son señas de identidad de esta mujer casi centenaria. Irlandesa de nacimiento, británica y española de adopción y leonesa por querencia a las vivencias compartidas, sobre todo en El Bierzo y La Cabrera, con quien fue su marido durante más de 50 años, el escritor villafranquino Ramón Carnicer (1912-2007).

Dos seres opuestos entre sí —tan alto él que ella parecía bajita a su lado; visceral Ramón y más serena Doireann— que encontraron en la lengua su punto de unión y se complementaron durante más de 50 años. Haciendo balance, le viene a la cabeza «la imagen de un rompecabezas con infinidad de piezas dispersas en la que una pieza sólo puede encajar en un sitio determinado. Creo que la relación mía con Ramón es la historia de ese encaje».  

La vida de esta filóloga, traductora y catedrática jubilada de la Universidad de Barcelona está preñada de experiencias en un momento crucial de la historia del siglo XX como fue la II Guerra Mundial y destaca por una fructífera labor intelectual, desde que en 1953 afrontó con Carnicer la creación de la Escuela de Idiomas Modernos de Barcelona.

La vida de esta filóloga, traductora y catedrática jubilada de la Universidad de Barcelona está preñada de experiencias en un momento crucial de la historia del siglo XX como fue la II Guerra Mundial y destaca por una fructífera labor intelectual, desde que en 1953 afrontó con Carnicer la creación de la Escuela de Idiomas Modernos de Barcelona.

Ramón y Doireann se habían conocido en Ginebra, donde ella estudiaba francés después de graduarse en literatura inglesa en 1950 por la Universidad de Londres con una beca que logró al finalizar la contienda. Quería salir de Inglaterra. Cuando la pareja, aún novios, llegó a Barcelona, la situación de los estudios de inglés «era catastrófica», La universidad carecía de departamento de Estudios Modernos y los estudiantes estaban abocados a cursar francés a pesar de la demanda que tenía ya la lengua inglesa por la influencia de Estados Unidos. «Pero no había estudios de inglés en la Universidad».

La tarea fue quijotesca. «Los dos éramos grandes admiradores de Don Quijote y teníamos una gran imaginación, era un proyecto extremadamente difícil para dos personas solas, no contábamos con nadie más». Entre los paseos que daban por el Tibidabo y la habitación que Doireann tenía alquilada en la ciudad condal se forjó el proyecto. «Yo tenía una pequeña máquina de escribir Remington que me había acompañado durante muchos años. Eran tiempos en que no había ordenadores ni ninguna de las formas de comunicación que tenemos hoy», recuerda. 

Ramón había establecido contacto con el fundador de la famosa École d’Interprètes de Ginebra, Antoine Velleman, un belga afincado en Suiza, extraordinario lingüista que había sido el intérprete en las conversaciones y debates internacionales en Ginebra en los años 30. «Elaboró un proyecto muy bueno y yo busqué los nombres y direcciones de todas las universidades del mundo donde se enseñaba español. Redactamos un folleto en que describíamos la posibilidad de venir a España y yo envié 400 copias en los diferentes idiomas a esas universidades, llevándolas yo misma a Correos». 

Recibieron muchas respuestas y el Curso de Estudios Hispánicos «atrajo una gran cantidad de estudiantes de diferentes países. Su llegada trajo aires nuevos a aquella universidad que había estado tan cerrada en sí misma», comenta Doireann MacDermott. La Escuela de Idiomas Modernos  arrancó con cuatro lenguas —inglés, francés, alemán y español— y «mucha oposición al proyecto por parte de algunos catedráticos de la Universidad de Barcelona que decían que estábamos montando una especie de academia Berlitz», que revolucionó la enseñanza de los idiomas ya a finales del siglo XIX. Ellos se propusieron tener profesorado nativo para enseñar los idiomas y lo captaron a través de sus contactos en Inglaterra y Suiza.

Con la escuela en marcha, «llegamos a la conclusión de que habiéndolo pasado tan mal era el momento de emprender el también difícil camino de casarnos». Y de alguna manera cada uno emprendió su camino vocacional. Ramón, como escritor, y Doireann como académica. «Mi trabajo no me permitía escribir muchos libros, que fue el terreno de Ramón», señala.

Dos vidas unidas y muy felices en más de medio siglo compartido; y también independientes Hicieron juntos una traducción de un libro de literatura juvenil. Ella cree que no le influenció en su obra. «Sólo le di el título de su primer libro, Los árboles de oro», confiesa. «Siempre tuve la convicción de sus grandes dotes como escritor. Ramón y yo estábamos constantemente intercambiando ideas y proyectos y hablábamos de los temas con cierto detalle. Pero una vez que él había decidido un tema yo no intervenía para nada. Un escritor tiene que estar solo y escribir lo que él quiere; una intervención ajena probablemente estropearía su plan», explica la filóloga. La pasión por los viajes también era compartida. Hicieron muchos juntos —China, India, Canadá, todos los países de Europa, África—. «Los viajes con Ramón eran los mejores, casi de vacaciones», asegura. Luego estaban los viajes que ella realizaba como directora de la misión internacional que emprendió al darse cuenta que «todos los estudios que ofrecíamos en inglés estaban concentrados en la literatura británica o de los Estados Unidos». Creyó oportuno prestar atención a los creadores que «escribían en inglés y recibían premios» fuera de la metrópoli.

Empezó con Australia y viajó a las Antípodas. «Desde entonces muchos de nuestros estudiantes han escrito sus tesis doctorales sobre Australia y hemos creado una buena relación entre las universidades». India, que ha visitado en dos ocasiones, conociendo a muchos de sus escritores; Canadá, las Antillas, y los países africanos fueron detrás.

Fue el comienzo, y Doireann MacDermott la pionera, de la difusión en España de la llamada literatura poscolonial. «Es la más importante labor que he hecho en la universidad. Hoy en día se está desmembrando la relación de esos países con Inglaterra (la Commonwealth) pero el reconocimiento de estos escritores continúa y esta línea de estudios ha ofrecido muchas amistades y relaciones entre España y esos países», señala.

Los viajes de Ramón para escribir sus libros los hacía generalmente por su cuenta. Pero hay uno muy especial al que Doireann y Alonso, el único hijo de la pareja, le acompañan hasta que echa a andar. Fue en el verano de 1962 cuando el escritor se adentró en La Cabrera, siguiendo el curso del río a contracorriente, desde su desembocadura en el Sil, en Puente de Domingo Flórez.

El escritor se despidió de su familia con una foto  en la que madre e hijo posan bajo un viejo castaño. Recuerda que vivió aquellos días «con cierta preocupación porque Ramón andaba solo por tierras totalmente desconocidas; pero evidentemente fue una aventura muy importante en lo literario y para nuestra relación futura con aquella región», apostilla. 

En la espera, Doireann observaba «la forma de vida en el pueblo donde estuvimos, que era bastante desconocida para mí y para mi hijo también, y la naturaleza, pues siempre me ha interesado mucho la vida del campo, con experiencias nuevas como lavar mi ropa en el río». A su regreso, Ramón «venía tostado por el sol, con muy buen aspecto y restaurado de los apuros y afanes de nuestros trabajos en Barcelona», señala.

La relación con la provincia leonesa y, en especial con El Bierzo, se hacía más intensa año tras año. «Pasamos mucho tiempo en León, tanto en la Cabrera como en el Bierzo donde se forjaron grandes amistades que siguen hasta hoy. Me sentía muy a gusto en el Bierzo, era como tener una segunda patria, y sigo hoy en día todavía las fortunas de muchos habitantes de Villadecanes y Villafranca donde a lo largo de los años hemos tenido largas y muy buenas amistades. Por ejemplo, pasé muy felices tardes con Cristóbal Halffter y su mujer Marita Caro en el castillo de Villafranca». 

Hasta tal punto que Doireann soñó con establecer una segunda casa en la comarca. «Me enamoré de un trozo de tierra en Villadecanes, con maravillosas vistas del Bierzo y las montañas que lo rodean, un sitio absolutamente mágico. Los vecinos del pueblo deseaban que nos afincáramos allí. Dibujé muchas posibles casas e incluso un molino de viento como los de la Mancha pero realmente eran sueños quijotescos dados los muchos quilómetros que hay entre Barcelona y el Bierzo y fue imposible realizar este sueño. Plantamos 24 árboles y dejamos que crecieran a su aire; me consuelo pensando que el lugar se mantiene en su estado natural»

Doireann MacDermott, nacida el 13 de diciembre de 1923, es una mujer de acción sin alharacas. Fue la primera catedrática de la Universidad de Zaragoza en 1967, hito que «causó un cierto revuelo, pero en general fui muy bien tratada y recibí un gran apoyo de un excelente rector y del decano y pude introducir novedades». Luego consiguió la cátedra en Barcelona. Le sorprende que a día de hoy solo un 22% de las cátedras estén ocupadas por mujeres: «Deberíamos ser muchas más»,

Como impulsora de la comisión Fullbright en España, que buscaba candidatos para las famosas becas del senador norteamericano, le ofrecieron una beca de un año. «No podía dejar el trabajo y mi familia. Acepté cuatro meses y fui a California del Sur. Allí  había pasado mucho tiempo Aldous Huxley — Un mundo feliz — y siguió sus huellas. «Fui a visitar a su mujer, que vivía en Hollywood». Fruto de aquella estancia escribió el libro Aldous Huxley. Anticipación y retorno (Plaza & Janés, 1978).  «Nunca más tuve cuatro meses libres de la universidad para poder escribir libros como Ramón». En 1966 había publicado La otra cara de la justicia, un ensayo sobre el mundo del delito según el testimonio de la literatura inglesa tema de su tesis doctoral. 

Esta mujer a punto de cumplir los 100, que ha nadado con regularidad hasta entrados los 90 y tiene adoptada una pareja de tórtolas en su terraza, tuvo su recompensa por la labor emprendida con los idiomas y recibió el premio Ciudad de Barcelona en 1965. Entre los alumnos destacados  no se olvida de mencionar al que fue rector de la Universidad de León, Julio César Santoyo. Fue su mentora. «Tuve que ir a Vitoria a juzgar unas tesis y uno de los candidatos era él. Yo noté que era extraordinario, con un inglés exquisito, y dije ‘éste para mí. Me lo llevé a Barcelona. Luego él fue para la Universidad de León. Seguimos en contacto. Siempre me llama por mi cumpleaños».  

Doireann MacDermott recuerda al hacer balance de su vida a un joven australiano que acababa de escribir un libro titulado A Fortunate Life ( Una vida afortunada ) después de haber vivido «experiencias terribles luchando en las junglas asiáticas contra los japoneses». Le preguntó por qué había elegido ese título: «Él me dijo con una gran sonrisa. Sí, creo que soy afortunado porque estoy todavía vivo». La suya, añade, «ha sido muy feliz con un magnífico compañero de viaje que duró más de medio siglo; así que puedo decir yo también que, a pesar de todo, y aunque tengo poca esperanza sobre el futuro de la humanidad, de momento, estamos vivos».

Doireann MacDermott sigue leyendo. Ahora en francés, a George Simenon. «He encontrado unos libros con el papel y el tamaño de la letra que puedo leer». Y las tórtolas vuelven cada atardecer a su terraza.

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