jueves 09.07.2020

La caldera ardiente de San Jerónimo

Gobierno y oposición fomentan un clima de crispación y convierten la crisis en un nuevo campo de batalla
Felipe VI en la base de Retamares, ayer, desde la que se dirigió a las tropas. CASA DE SU MAJESTAD EL REY
Felipe VI en la base de Retamares, ayer, desde la que se dirigió a las tropas. CASA DE SU MAJESTAD EL REY

El Congreso de los Diputados está en la carrera de San Jerónimo desde 1850, en lo que antes era un convento. En su hemiciclo se han visto y escuchado a lo largo de sus 170 años de vida debates de todos los tonos y colores. Pero lo ocurrido en las últimas semanas amerita que el palacio bien pueda rebautizarse como la caldera de San Jerónimo. Los plenos se cuentan por trifulcas y han regresado a la escena conceptos arrinconados en las zonas más oscuras de la memoria. Guerra civil, ETA, golpe de estado, insubordinación militar. Todo ello en medio de la pandemia más mortífera de nuestra historia reciente.

Habrá quien diga que no es para tanto, que en el Congreso se han vivido discusiones fratricidas que fueron antesala de golpes de estado o de conflictos armados, pero lo que proporciona singularidad a este momento es que la confrontación política es ajena al objeto del debate. La crisis sanitaria ha perdido espacio para dejar sitio a un prosaico duelo por el poder. Los muertos, los enfermos, las medidas paliativas, las estrategias epidemiológicas han cedido el paso a la dialéctica de siempre. Con el agravante de que los decibelios son ampliados en las redes sociales y el ruido resulta ensordecedor. «No estamos aquí para insultarnos ni para atacarnos, sino para demostrar que la política sirve para mejorar la vida de la gente. Si no somos capaces, es que no servimos para nada», dijo el pasado jueves el presidente de la comisión parlamentaria de reconstrucción nacional, el socialista Patxi López, tras la enésima escaramuza. Pero sus palabras fueron rayas en el agua. Los diputados escucharon con aire compungido la amonestación para acto seguido volver a las andadas con la cantinela de «pirómanos comunistas», «golpistas» y demás calificativos al uso.

Crispación

La crispación no es una novedad en el Congreso ni un fenómeno específico de España. «Es un mecanismo político para controlar la agenda», según la precisa definición de Pablo Iglesias. Sus orígenes se pierden en la historia, pero como herramienta de la oposición para erosionar al gobierno adquirió categoría estratégica con el Partido Republicano de Estados Unidos en los años ochenta y noventa. En España la puso en práctica el PP de José María Aznar contra Felipe González, el de Mariano Rajoy contra José Luis Rodríguez Zapatero y el de Pablo Casado contra Pedro Sánchez. Así lo reconocen los propios estrategas populares.

La pugna con Vox

Pero la situación actual presenta novedades respecto a etapas anteriores. El PP tiene ocupado su flanco más a la derecha por Vox, y si no logra recolonizar ese espacio sus expectativas electorales se reducen. Fruto de esa pugna es la radicalización de su mensaje a partir de la tesis de que Sánchez capitanea un Gobierno ilegítimo que ha probado ser ineficiente y mentiroso para combatir la Covid-19, además de ser rehén de sus socios «comunistas y separatistas».

Sánchez y el PSOE, a su vez, han enmascarado con llamamientos a arrimar el hombro su nula voluntad de buscar la unidad. No han tratado de sellar esa sima creciente y han facilitado que Casado y el PP profundicen en la deriva de tensión. No han hecho un esfuerzo digno de ese nombre para atraer al principal partido de la oposición a la causa común de la lucha contra la pandemia. No ha existido comunicación fluida entre ambos líderes ni el presidente del Gobierno ha buscado puntos de encuentro. La Moncloa no ha trabajado el pacto a pesar de que los sondeos reflejan que es la principal demanda de una amplia mayoría de la ciudadanía. Al menos así era hasta hace unas semanas porque la polarización política se ha trasladado a la calle. Una migración del conflicto estimulada desde las redes sociales, en las que los más hábiles son, precisamente, Podemos y Vox.

La caldera ardiente de San Jerónimo