lunes. 06.02.2023
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El casero de Sabino Ordás

HACE 35 AÑOS, TRES JÓVENES ESCRITORES LEONESES (APARICIO, LUIS MATEO Y MERINO) METIERON EN LA PALESTRA LITERARIA A UN CASCARRABIAS EXILIADO DE VUELTA EN ARDÓN. SU CÓMPLICE EN LA AVENTURA FUE EL CRÍTICO DÁMASO SANTOS.
El poeta de Villamañán Dámaso Santos

Leonés de Villamañán (1918-2000), Dámaso Santos vivió su educación sentimental en Palencia, donde entró en contacto con la literatura y con la militancia falangista de la mano del poeta farmacéutico José María Fernández Nieto y a las órdenes de Teófilo Ortega, el suegro de Gustavo Martín Garzo. Allí se incorporó durante la guerra a la prensa y propaganda franquista, pasando a dirigir periódicos del Movimiento en Soria, Zaragoza y Alicante, hasta que en 1954 recala en Madrid. Después de un purgatorio efímero y llevadero, a base de colaboraciones en revistas secundarias, dos años más tarde ingresa en Pueblo, donde alcanza una de las subdirecciones, empieza a colaborar en Arriba con el seudónimo de César Villamañán y forma parte del claustro de la Escuela de Periodismo.

En 1947 había publicado en Soria su primer libro de versos: La tarde en el Mirón. Casi veinte años más tarde, en 1965, dará una nueva entrega poética: Segunda edad (1965). Son poemas de resonancia clásica, que revelan buena mano, el leve testimonio de una vocación asfixiada por la dedicación a jalear la obra de los demás. En 1967 recibió el Premio Nacional Emilia Pardo Bazán por su trayectoria en la crítica literaria militante. Luego publicaría, en homenaje al amigo, Conversaciones con Guillermo Díaz Plaja (1972), algún fascículo palentino y miles de críticas, semblanzas y comentarios. Ya jubilado, después de un achaque serio y del homenaje plural que hizo justicia a su trayectoria de acreditada generosidad, publicó unas memorias literarias con título cervantino: De la turba gentil y de los nombres (1987).

Generaciones juntas

Durante más de veinte años, dominó la crítica literaria en España desde las páginas del periódico de los sindicatos verticales. Y lo hizo con generosidad, cautivo de los compromisos amistosos pero siempre abierto a la acogida de nuevas voces. Con alguna esquirla en el camino, ocasionada a menudo por los furores políticos de Emilio Romero, que fue su director, como el desplante de Juan Goytisolo en Señas de identidad.

En 1962, recogió en Generaciones Juntas semblanzas de 73 escritores de diversas promociones, desde los poetas del 27 que permanecieron en España hasta los jóvenes novelistas del medio siglo, aunque el copo lo lleva el falangisterio literario, una reata de plumíferos de tercera división justamente condenados al olvido. Está Crémer, con Celaya, con Hierro, con Panero y con Blas de Otero. Está Delibes, con Aldecoa, con Gaya Nuño, con Ana María Matute y con Jesús Fernández Santos. Pero abundan los Torcuatos, los Sabinos Alonso Fueyo, el abuelo de Aznar, los Laínes, López Ibor, los Pemanes, los Sánchez ( Mazas y Silva) y por supuesto Emilio Romero. Pagado el tributo de nombres y silencios, quizá con gusto, en ningún momento se desliza Dámaso por territorios de vileza, como hiciera en su Panorama de la literatura española contemporánea, por poner un ejemplo sonado de la época, Gonzalo Torrente Ballester.

LA INVENCIÓN DE SABINO ORDÁS

Cuenta Dámaso en su libro memorial cómo descubrió la literatura en la biblioteca de su tío Elías Solís, médico de Villamañán. La asistencia a las reuniones fundacionales de Espadaña, la fidelidad a Crémer, el trasiego como charlista y mantenedor por ceremonias y concursos diversos de la provincia. Tenía un lejano parentesco con Panero y con Jesús Torbado, por las comunes raíces astorganas. Desde su tribuna de Pueblo le dio un palo desmedido a uno de los números más comprometidos de Claraboya. Pero tocaba de oído, instigado en la distancia, y recibió cumplida respuesta de Agustín Delgado. Más tarde, apenado por el episodio, acogió con entusiasmo la irrupción de los jóvenes y no tan jóvenes escritores leoneses, tanto en el periódico como en el Premio Novelas y Cuentos: Luis Mateo Díez, José María Merino, Elena Santiago, Antonio Pereira.

Desde las páginas de Pueblo dio cobijo y realce a la invención de Sabino Ordás. Durante varios años coincidimos en el jurado de los Premios de la Crítica, primero en Sitges y más tarde en Zaragoza y Murcia. Acudía con los libros leídos y sin prejuicios, alineándose a menudo frente a la intolerancia de sus viejos conmilitones, cuyo número, a pesar de algunas honestas deserciones, podía conseguir la extravagancia de premiar a Ignacio Agustí en perjuicio de Alejo Carpentier. Los más jóvenes lo nombramos presidente a perpetuidad del jurado y se cuidó de ir distinguiendo los libros cimeros de Colinas, de Luis Mateo Díez y de Merino. Dejó en yerbas una antología de la poesía española en la que había puesto mucho entusiasmo. En sus últimos desvaríos, poco antes de morir, tomaba trenes hacia Pamplona, para encontrarse con su dilecto Ángel María Pascual, fallecido en 1947. En la ciudad del Arga, la Atenas negra del falangismo cultural, había descubierto de joven los fulgores del parnaso en llamas. Luego, su hijo Dámaso Santos Amestoy (1942-2009) tramitó el legado de su magnífica biblioteca a la Junta de Castilla y León.

El casero de Sabino Ordás
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