domingo. 05.02.2023
PILAR UBANO. PERIODISTA

«Los hechos que yo abordo en este libro tenían zonas de sombra»

El precio del trono es un libro rico, un libro ‘matrushka’ en cuyo interior el lector va encontrándose muchos argumentos, muchos asuntos, muchas historias, y todas desembocan en un único tema: la lucha por el trono. Tiene la intensidad y el ritmo del gran reportaje, la rotundidad de una exhaustiva documentación, el fuste argumental de un ensayo y la vivacidad descriptiva de una novela. Pero, sobre todo, es periodismo de investigación en estado puro.

­­­—¿Por qué este libro ahora?

—Porque es ahora cuando lo he terminado. Pensaba concluirlo antes, pero en ciertos tramos encontré nuevos datos, nuevos documentos, y me fui demorando. Es un libro histórico, y la ventaja de la Historia es que… no tiene prisa.

—Pero, ¿precisamente ahora, con la que está cayendo en La Zarzuela…?

—Pues, sí. Yo no ajusto mi reloj con el de La Zarzuela. Tampoco con el de la Casa Blanca, ni con el cuartel general de la CIA en Langley, que son tres puntos nodales de mi narración. Los hechos que yo abordo en este libro tenían zonas de sombra que reclamaban luz. Y la luz siempre llega en buena hora… Aunque llueva en los palacios.

—¿Puede adelantarnos alguna de esas zonas de sombra?

—No es un libro de cosas sabidas, sino de cosas sabidas a medias, o mal contadas, o escondidas… Como periodista, he buscado lo inédito, lo nuevo interesante. Desde qué aristócratas, a sueldo de Franco, espiaban a Don Juan de Bordón en el exilio, hasta… cómo la Operación Lucero decidió la hora, el minuto y la persona que ‘desenchufara’ a Franco. ¿Zonas de sombra? Alfonso XIII pactando con Mussolini el golpe de Estado contra la República española, o el Club Bilderberg patrocinando desde 1968 el reinado de Juan Carlos. ¿Zonas de sombra? Por qué Franco no quiso que se supiera que España tenía su propia bomba atómica; y en cambio Carrero Blanco sí que intentó jugar esa baza… ¿Zonas de sombra? La negociación embarrancada entre Juan Carlos y el marqués de Villaverde para que el general dejase el poder de por vida. Y qué papel jugó la CIA en esa compraventa...

—¿Qué cuenta en El precio del trono?

—En España rige ahora una monarquía. Y yo me hice una pregunta elemental, quizá naïf: ¿por qué? Quise empezar por el principio. En 1931, Alfonso XIII perdió el trono. Franco lo confiscó y usurpó durante cuarenta años. A Don Juan, que era el heredero legítimo, se le negó; y al fin fue Juan Carlos quien lo recuperó. No se siguió una línea recta, sino en zizzag. Era importante revisar cómo y a qué precio se recuperó el trono, y si en ese precio entraban compromisos le hipotecas políticas con terceros.

—¿Y averiguó cuál fue el precio del trono? Telegráficamente…

—No, no es fácil condensar en una píldora más de mil páginas… El precio del trono lo pagó Juan Carlos, y fue duro: someterse a Franco, puentear a su padre y plegarse a Washington.

Pienso que estos tres pagos fueron necesarios. Sin la venia de Franco, Juan Carlos no hubiese llegado a reinar. El general tenía un poder omnímodo. Podía hacer reyes o deshacerlos. Y desde 1943 había descartado a Don Juan. El Príncipe lo sabía. Ése era justamente el punto de fricción entre padre e hijo. En cuanto a Washington, que aquí hubiese una monarquía o un régimen militar les daba igual; lo que sí les importaba era una evolución política tranquila, sin vuelcos a la izquierda, y una España enganchada a la Alianza Atlántica. Y esos dos tantos se los garantizaba Juan Carlos. Para Estados Unidos y los países de la OTAN, era muy tranquilizador que Juan Carlos arrancara su reinado como capitán general y con los ejércitos de su parte.

Pero, además del precio político, hubo un precio personal muy costo. Juan Carlos vivió casi treinta años en una cohabitación esquizoide entre la corte de El Pardo y la corte de Estoril, entre el régimen de Franco y el monarquismo de Don Juan. Era la forja del príncipe; pero, a medida que se iban construyendo un rey, se iba deshaciendo el hombre. Fue una espera sufrida, larga, solitaria, con enemigos por todos los costados. Juan Carlos tuvo que blindarse y endurecerse como un galápago, porque vivía «rodeado de caimanes al acecho». Treinta años en la ambigüedad, haciendo a la vez de Príncipe y de Maquiavelo, según él mismo confesó. Adaptándose al terrero. Sin opinar, sin retratarse, yendo a la zaga, un paso detrás de los acontecimientos. Conservando su dignidad y su compostura, pero tragando humillaciones…

—¿El trono era su ambición?

—Los reyes y los príncipes nacidos para reinar sólo tienen un norte, una ambición, una pasión: el trono.

—Parece claro que el protagonista es Juan Carlos, sin embargo usted concluye su libro cuando él empieza a reinar…

—Sí, ése era el tramo histórico al que yo quería aplicar la lupa, la indagación. Es un tiempo muy amplio. Los sucesos ocurren sobre un fondo de tres guerras: Guerra Civil, Guerra Mundial y Guerra Fría. Y en cada una de esas situaciones el trono está en juego. En el libro se relatan sucesos que pueden parecer ajenos y distantes pero que están muy implicados con el retorno de los Borbones. Por ejemplo: Churchill y su Operación San Jorge, sobornando a generales españoles monárquicos; Mussolini expulsando de Italia a la reina Victoria Eugenia por sospechar que espiaba para los Aliados; Alles Dulles, jefe de la OSS, el presidente de la CIA, y sus encuentros secretos en Berna con Don Juan anunciándole que se prepara una invasión de maquis en España, como pretexto para la intervención de las tropas americanas… Y en tiempos más cercanos, el seguimiento al Príncipe, paso a paso, por las Agencias de Inteligencia de Estados Unidos, para informar al Departamento de Estado, pues desde 1968 Juan Carlos era el hombre por el que habían apostado.

—¿Es cierto que el rey Alfonso XIII apoyó desde el exilio el golpe de Franco para acabar con la República?

—Es cierto. Alfonso XIII financió de su bolsillo el golpe militar, la sublevación de Franco y buena parte de la guerra civil. Hubo un pacto de los monárquicos españoles con los fascistas de Mussolini. El mismo Alfonso XIII visitaba a Mussolini en su palacio de Venecia, y horas antes del alzamiento le telefoneó desde Metternich para urgirle el envío de los aviones Savoia que cubrieron a Franco en el paso del Estrecho.

—¿Cree que Alfonso XIII fue franquista en algún momento, mientras pensaba en la restauración?

—Alfonso XIII era ‘alfonsista’. Los reyes son siempre de ellos mismos y de su dinastía. Pero es verdad que él eligió a Franco y confió en sus dotes de estratega, creyendo que daría un golpe de estado contundente y rápido, de guantelazo. Después, al ver que Franco desataba una guerra civil larga, sangrienta y desoladora, se fue abatiendo y encaneciendo por días. Luego constató que Franco había hecho la guerra para sí mismo, no para restaurar la Corona. Como le dijo su hija, la infanta Cristina: «Desengáñate, papá; el gallego no cuenta contigo».

—¿Por qué se ha querido ocultar que España no fue neutral con Hitler, cuando estuvimos ayudándole en la guerra mundial con minerales y armas?

—Se fabricó el mito de que Franco no se había comprometido con Hitler en Hendaya. Pero no fue así: Franco aceptó el Pacto de Acero, con Alemania, Italia y Japón, ya de madrugada, en el palacio de Ayete y por cierto en pijama. Durante la contienda suministró a Hitler abundante armamento y minerales de hierro, cobre, fosfatos, wolframio y… uranio. Era su deuda por la ayuda alemana en nuestra guerra civil. Con todo, Franco fue sagaz, fue hábil: pactó con Hitler y pactó con Roosevelt, siempre en secreto. Jugó a dos paños.

—Padre e hijo se distanciaron en la sucesión, tanto que no se hablaron en un tiempo. ¿El pulso que mantuvieron pudo acabar con la monarquía en España y prolongar la dictadura?

—Ese distanciamiento fue al final. Franco propiciaba la división entre el padre y el hijo. Era su estrategia del ‘divide y vencerás’. Lo hacía también con las familias políticas del régimen. Incluso en los ministerios, a un ministro democristiano le ponía un subsecretario falangista, como cuña y control. Se ufanaba de la unidad nacional, pero él no era un hombre que uniese. De hecho, mantuvo abierta la brecha de las dos españas.

—¿Alfonso de Borbón Dampierre era un verdadero contrincante de Juan Carlos en la marcha hacia el trono?

—Él sí se sentía con derechos dinásticos para reinar. Alfonso era el candidato del ‘clan del Pardo’ y de los dirigentes falangistas, pero no de Franco. Y ésa era la secreta y única seguridad de Juan Carlos. Curiosamente, no es que Franco se lo dijera, pero la princesa Sofía detectaba esa predilección en la mirada de Franco. «Cuando te ve –le decía a Juan Carlos- le brillan los ojillos…».

—¿Se podría haber acabado con Franco antes si los monárquicos que estaban en España y apoyaban a Don Juan, pero cobraban la nómina de Franco, hubiesen sido más valientes?

—Los monárquicos exiliados poco podían hacer, y los que vivían en España debían a Franco sus cargos públicos, su estatus social, sus fincas… Por eso presionaron a Don Juan para que se entendiera con Franco y enviase a Juanito a España, como prenda. Pero es justo decir que el régimen no admitía la crítica ni los plantes. En 1943 hubo dos intentos: una carta a Franco firmada por ocho capitanes generales con mando; uno a uno fueron llamados a El Pardo, y de allí salieron cabizbajos y sumisos para siempre; y un escrito colectivo civil, que se llamó ‘de los próceres’, para que Franco diese paso a un rey. Los firmantes fueron destituidos de sus cargos de modo fulminante.

—¿Su investigación más apasionante, o más peligrosa, o más difícil?

—Reunir indicios de la presencia de la CIA en el asesinato de Carrero. Yo sabía que pisaba terreno de minas, altísimo riesgo. No podía precipitarme. Pero tampoco debía detenerme ningún temor reverencial. Extrañamente, el Sumario Carrero había desaparecido de la circulación desde 1979. En esa investigación he tenido que armarme de paciencia y de valor. Pero tenía dos puntos de ignición para arrancarme: conocía el explosivo; y tenía una sospecha: el fiscal del Supremo, Herrero Tejedor, había muerto en circunstancias muy raras, después de declarar que ETA no actuó sola en el atentado contra Carrero. Por ahí empecé… Ha sido una investigación larga, lenta. Diez años, desde 2001.

—En su libro, se refiere usted varias veces a Juan Carlos como a «un Príncipe en la sala de espera». ¿Su posición era humillante, desairada…?

—Más bien, desconcertante. La vida de un príncipe heredero es un esperar aprendiendo, como hace ahora el príncipe Felipe. Pero en la vida de Juan Carlos no ocurría exactamente así. Su espera fue incierta. Franco tenía la potestad de nombrarle sucesor, pero también de retirarle el nombramiento. Por eso, la incertidumbre de Juan Carlos era doble: no sabía si se mantendría como definitivo sucesor, ni cuándo llegaría a reinar. La posibilidad de que Franco, ya anciano, parkinsoniano y débil de voluntad, virase a favor de Alfonso de Borbón, el marido de su nieta, era una amenaza real y temible. De otra parte, en ese ‘esperar aprendiendo’, Juan Carlos no tenía de quién aprender. No existía un precedente imitable.

—¿Fue en algún momento una marioneta de Franco?

—Tuvo que plegarse a los usos y parafernalias del régimen, y a ser un capitán de los ejércitos de Franco; pero nunca se dejó manejar por los falangistas, ni utilizar como figura decorativa en los actos del Movimiento.

—¿Ha sido el rey Juan Carlos un príncipe valiente?

—Sí. No se cortaba un pelo si debía decirle a Franco las cosas a la cara; o exponerle a su padre la cruda situación: «Papá, si yo me retiro, Franco no te llamará a ti, llamará a mi primo Alfonso»; o parar en seco a su suegra la reina Federica cuando «se subía a la parra». Fue valiente, y le echó arrestos, cuando le abucheaban en la universidad, o le tiraban patatas en algunos pueblos; o al presidir el entierro de Carrero, sin más chaleco antibalas que su camisa. O al plantarse por sorpresa en el Sahara, para detener la Marcha Verde… Pero yo subrayaría más su temple, su prudencia, su aguante durante taños años a la sombra del general. No sé qué blindaje usó para evitar el desgaste.

—¿Cuándo empezó a desembarazarse interiormente del franquismo y a planear su reinado en democracia?

—En 1970, empieza a ser demócrata ‘camuflado’ en el régimen franquista. Su segunda piel va siendo ya el uniforme de camuflaje. Tuvo que trabajar sin red y sin medios, echándole astucia y un agudo sexto sentido muy Borbón. Este libro es la crónica de una supervivencia: Juan Carlos es el príncipe que sobrevivió a la dictadura y produjo una democracia. El gran superviviente. Todos los demás se hicieron el harakiri.

—Kissinger es un personaje que tiene mucho papel en el libro…

—Lo tenía, de hecho, en las estancias y grupos de poder: Bilderberg, Trilateral, Council on Foreign Relation, Departamento de Estado, Consejo de Seguridad Nacional, CIA… Era un gigantón poderoso. Y España era uno de sus dossieres preocupantes.

—Casi le marca el ritmo a Juan Carlos sobre cómo tiene que actuar, ya a punto de morir Franco.

—Así es. Le envía mensajes a través de Colón de Carvajal, del general Vernon Walters o del embajador Wells Stabler: «Que no se apresure en abrir el juego; los comunistas deben quedar excluidos; los socialistas pueden esperar…». Ese dictado de Washington fue un ‘imperativo’ amistoso en la forma, pero obligante en el fondo. Y Juan Carlos estaba al cabo de la calle. Esa dependencia fue la que ‘aconsejó’ el paso a la democracia por la vía de la reforma, no de la ruptura…

—Su libro termia cuando empieza el reinado…

—Sí. En mi relato, llevo a Juan Carlos hasta su jura como Rey. Este acto no es una simple escena con un protocolo y una carpintería improvisados la noche anterior sobre el fondillo de las Cortes franquistas. Es una audacia por parte de Juan Carlos, un salto en el vacío y un mantenerse literalmente en el aire durante tres años. Me explico: el 22 de noviembre de 1975, Juan Carlos llega al trono sin la legitimidad dinástica, la que tiene su padre, Don Juan; llega sin la legitimidad popular, hasta que el 6 de septiembre de 1978 sanciona la Constitución y devuelve a los españoles todos los poderes que él había recibido de Franco. Ese despojamiento democrático de poderes, atributos y funciones es lo que hace realmente de Juan Carlos un ‘rey patriota’ –la expresión es de Herrero de Miñón, uno de los ‘padres constituyentes’-: un rey aceptable por todos los españoles. Ese desapoderamiento es, sin duda ninguna, otro precio del trono. Pero un precio muy rentable: justo a partir de ahí, la monarquía pasa a ser un bien protegible por las derechas y por las izquierdas. Se ha producido lo que Julián Marías llamó «la nacionalización de la monarquía».

—Juan Carlos definió a la reina Sofía como a ‘una profesional’ y usted ha dicho de ella que es ‘la imagen que cuida del trono’. ¿Se puede decir que Sofía es la mujer que reina en la sombra?

—No. En absoluto. No interfiere en la política. Sin embargo, durante los años que se narran en mi libro, la princesa Sofía sí jugó un importante papel de compañera, de soporte y estímulo. Ella apuntala a Juan Carlos en su condición de sucesor, bastantes años antes de ser designado por Franco. Ella le da seguridad y le transmite la convicción de que su puesto está aquí, en España, en La Zarzuela. Ella le influye como partenaire, en aquella especie de concurso de príncipes en la pasarela, dándole ánimos, yendo con él a los viajes de provincias o al extranjero… Como hija de los reyes de Grecia y familia carnal de los Windsor, aporta también sus relaciones con las monarquías europeas reinantes. Pero, sobre todo, como me dijo el Rey una vez, «ella no sólo estaba a mi lado: ella siempre estaba de mi parte». Como anécdota, fue a la princesa Sofía a quien se le ocurrió que ya que Juan Carlos no podía titularse Príncipe de Asturias, porque sería reconocer que existía un rey, se llamase Príncipe de España.

—¿Ha enseñado usted al Rey las galeradas de su libro?

—No. No tenía por qué hacerlo. En mis dos libros sobre la Reina, el de 1996 y el de 2008, le envié antes las galeradas y las pruebas de portada, porque los habíamos hecho ‘fifty-fifty’, como quien dice: eran conversaciones con la Reina, y sin ella no hubiese habido libro. Pero este otro es un trabajo de investigaciones mías –de largo aliento- hechos con mis propios medios. No es un trabajo palaciego, y mucho menos cortesano. Este libro no lo he hecho con el Rey, y tampoco contra el Rey.

«Los hechos que yo abordo en este libro tenían zonas de sombra»
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