domingo 25/10/20
Entrevista

«La política es un buen lugar para que un mentiroso haga carrera»

La editorial Mr Griffin acaba de publicar la novela de Nacho Abad En Düsseldorf no hay ni puede haber leones, una historia sobre el extravío de los hombres en el bosque de la postverdad. La obra, perteneciente a la colección Mrs Danvers se vende junto a la compilación de cuentos que el autor publica cada domingo en El Filandón

Nacho Abad con un ejemplar de la novela. ANNAIS PASCUAL

—¿Quién es el protagonista real de la novela?

—Nadie. Empecé a escribir el libro cuando me mudé a Tokio y al protagonista le ocurrían las mismas cosas que a mí: los dos tratábamos de adaptarnos a una ciudad que como turistas nos había resultado atractiva y amable, pero que como residentes se mostraba hermética y hostil. Hasta ahí los parecidos entre el protagonista y alguien real. Hay otro personaje, quizás el más importante del libro, que está inspirado en la historia de Claas Relotius, el joven que llegó a lo más alto del periodismo alemán inventándose sus reportajes.

—Un periodista que se inventa noticias. Tampoco es para tanto ¿no te parece?

—La prensa miente constantemente. El problema surge cuando lo hace un periodista por su cuenta y riesgo, un tipo que no sigue ninguna directriz. Entonces los propios medios de comunicación lo descuartizan sin piedad. Es una actitud cínica por parte de los medios, pero tiene su lógica. Los periódicos tienen el monopolio de la mentira y si lo quieren mantener, deben protegerlo. No se pueden permitir que un periodista se tome la libertad de mentir por su cuenta.

—El libro comienza con una cita de Kapuscinski que dice el hecho no es toda la verdad y que, separado del contexto, puede llegar a transmitir algo diametralmente opuesto a su verdadero sentido. ¿Por qué utilizar la cita de un periodista para introducir un libro que cuestiona el periodismo?

—Hay periodistas que se juegan la vida para contar la verdad, como lo hacía el propio Kapuscinski. El verdadero periodismo no se suele hacer gracias a los periódicos, sino a su pesar. Pero la cita me interesa por algo que se cuenta en la novela: el momento en el que los medios comprenden que no necesitan inventarse ninguna noticia para mentir. Hoy en día estamos hablando constantemente de las «fake news» pero el periodismo no necesita inventarse nada para mentir. Le es suficiente con elegir bien qué parte de la verdad cuenta. Visto así, el periodismo es lo contrario de la novela de ficción, donde uno no necesita decir nada cierto para acercarnos a la verdad.

El verdadero periodismo no se suele hacer gracias a los periódicos, sino a su pesar.

—¿Sabías que a Boris Johnson le echaron del periódico en el que trabajaba precisamente por eso?

—Lo había oído. La política me parece un buen oficio para que un mentiroso haga carrera.

—¿Puedes explicar cómo surgió la idea de la trama que desarrollas?

—Mientras trabajaba para un famoso club deportivo. Allí vi cómo los periodistas convertían en noticias hechos que no tenían ninguna importancia. La mayoría de las veces no se inventaban nada, pero al ponerlo negro sobre blanco y convertirlo en noticia, conseguían que un hecho llegara a significar algo que era totalmente falso.

—¿Por qué siempre escribes sobre la pérdida?

—Tengo la sensación de que siempre escribo sobre gente que busca algo. Buscar es estar constantemente renunciando. Es una posición natural y a la vez incómoda. En ocasiones esas renuncias son pérdidas. En esta novela hablo de personajes que buscan la verdad. Y a medida que se aproximan, se dan cuenta de que gran parte de sus creencias son, en realidad, mentira. Por eso puede dar la sensación de que escribo sobre la pérdida.

Buscar es estar constantemente renunciando.  En esta novela hablo de personajes que buscan la verdad. Y a medida que se aproximan, se dan cuenta de que gran parte de sus creencias son, en realidad, mentira.

—¿Cuántos moldes has roto con En Dusseldorf no hay ni puede haber leones?

—Espero al menos haber roto el molde de mis propias limitaciones. Es el libro más largo y ambicioso que he escrito. También es una historia canónica y en la que solo he incluido elementos experimentales cuando he visto claramente que ayudaban a la trama.

—¿Que nos espera tras el telón cuántico internet? ¿Podremos romper el muro o nos esclavizará para siempre?

—Internet es como las carreteras, como el teléfono. Nosotros hemos conocido el mundo sin Internet, pero no me imagino un futuro sin este tipo de herramientas. Es un avance y nos hace la vida más fácil. ¿Ha traído cosas malas? Claro. También los coches han traído polución y accidentes mortales. Pero en comparación, vivimos mucho mejor que hace treinta años, aunque a veces la nostalgia nos impida darnos cuenta. La mayoría de los mensajes apocalípticos que escucho acerca de que las redes sociales acabarán con la democracia y con la libertad, vienen de élites intelectuales desplazadas, y da la sensación de que esconden rencor hacia una mayor democratización de la libertad y de la opinión.

La mayoría de los mensajes apocalípticos que escucho acerca de que las redes sociales acabarán con la democracia y con la libertad, vienen de élites intelectuales desplazadas,

—Parte de la novela transcurre en un bosque, igual que los cuentos que escribes para el Filandón. ¿Tanto te ha influido Japón o ya lo llevabas de serie?

—El lugar que más me ha impresionado del mundo es Aokigahara. No solo por la enorme cantidad de personas que va a allí a quitarse la vida, que también. Es un lugar precioso, abrumador. A mi mujer le digo que cuando compremos una casa, quiero que sea allí, en ese bosque. Yo, que llevo desde la adolescencia sin creer en Dios, cuando voy allí de visita pienso que si el ser humano necesita explicarse a sí mismo mediante mitologías no es por las desgracias ininteligibles que a veces nos suceden, y ni por la imprevisibilidad de la vida, sino por lugares como Aokigahara. Escribo sobre ese bosque porque me gustaría comprenderlo.

—Mezclas la cotidianeidad más banal con la poesía. ¿Es la vida o lo que te gustaría que lo fuera?

—La poesía es como el humor, que si lo buscas un poco, aparece en cualquier situación. Hay que hacer el esfuerzo y es un esfuerzo constante. Pero las dos cosas merecen mucho la pena: la belleza y la risa.

—¿Estamos en un lugar que no nos corresponde?

—Al menos yo, desde que me mudé a Tokio, tengo esa sensación.

—¿Es una novela postmoderna? Lo digo porque la circunstancia en la que se mueve la obra es sólo la del protagonista. Fuera de él no hay nada.

—No lo sé y tampoco me atrevo a opinar. Lo que te puedo decir es que el título está sacado de un libro que se encuadra dentro del pensamiento postmoderno español: «Mientras los dioses no cambien, nada habrá cambiado», de Sánchez Ferlosio, donde se cuestiona el rumbo inequívoco hacia el progreso de la Historia. Ferlosio era un pensador asombroso, además de un escritor magnífico. Ojalá me pareciera más a él.

El título está sacado de un libro que se encuadra dentro del pensamiento postmoderno español: «Mientras los dioses no cambien, nada habrá cambiado», de Sánchez Ferlosio, donde se cuestiona el rumbo inequívoco hacia el progreso de la Historia.

—Explica en qué sentido te ha influido Japón para escribir la novela. Hay ocasiones en las que bebes de Murakami.

—De Murakami no mucho. Sus personajes necesitan cinco páginas para preparar un bol de arroz. A los míos les sobra con una sola frase. Pero sí, Japón me ha cambiado. No solo desde que vivo aquí. Ya antes. Mi mujer es de aquí. Llevo años estudiando la cultura y el idioma. Pero aparte, me crié, como mucha gente de mi generación, viendo series japonesas. Japón forma parte de nuestra educación sentimental. Aunque sospecho que ese Japón que conocimos a través de la televisión de los 90 ya ha desaparecido.

—¿Cómo es escribir una novela en una ciudad como Tokio? No parece fácil.

—Mis últimos 10 años en España viví en Madrid, y comparado con eso, Tokio es un lugar tranquilo y sosegado. Madrid tiene un ritmo de vida demasiado agresivo. Es una ciudad que me encanta y llena de gente maravillosa, pero no entiendo que alguien pueda vivir en Madrid y encerrarse en casa a escribir. Tokio, por el contrario, salvando el tema de las distancias (ir de un sitio a otro puede llevarte buena parte del día), es un lugar perfecto para estar solo. Además, aquí el teléfono suena mucho menos y no hay cada dos días una fiesta a la que me apetezca ir. Aquí es relativamente sencillo aislarse.

—Este es el libro más largo que has escrito. ¿Vas a tomarte un descanso o ya estás preparando el siguiente?

—Es el más largo y también el más ambicioso. Cuando empecé a escribir no tenía nada pensado. Fui improvisando, que es lo que suelo hacer, lo que mejor me funciona. A medida que iba avanzando, se me iban ocurriendo circunstancias que me gustaban y desechaba otras que no me convencían. Así que tenía que retroceder constantemente para preparar cada situación, porque a menudo me encontraba con la resolución de problemas que aún no había planteado. Con todo, lo pasé fatal escribiendo los cuatro últimos capítulos. Llegué a pensar que no conseguiría terminar. Todavía algunas mañanas me levanto y lo primero que hago es comprobar que estén ahí, en su sitio. Estoy muy orgulloso de esos capítulos. Es la primera vez que estoy orgulloso de algo que haya escrito.

Cuando empecé a escribir no tenía nada pensado. Fui improvisando, que es lo que suelo hacer, lo que mejor me funciona. A medida que iba avanzando, se me iban ocurriendo circunstancias que me gustaban y desechaba otras que no me convencían. Así que tenía que retroceder constantemente para preparar cada situación

—Pero no has contestado a mi pregunta.

—Es verdad. Podemos dejarla para cuando publique el siguiente libro.

«La política es un buen lugar para que un mentiroso haga carrera»
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