jueves 22/4/21

El FBI ha detenido a 300 asaltantes al Capitolio con su huella digital

Utiliza teléfonos móviles, redes sociales, cámaras de seguridad y técnicas de identificación facial

Los paranoicos tienen razón. El Tío Sam te tiene fichado. En este momento eres como una aguja en un pajar, por eso no es previsible que investiguen cada uno de tus movimientos, pero si mañana deciden ir a por ti, cada línea que hayas escrito en las redes sociales y cada foto que te hayas hecho puede ser usada en tu contra. Eso, y mucho más, es lo que ha servido al FBI para detener a más de 300 seguidores de Donald Trump que irrumpieron violentamente el pasado 6 de enero en el Capitolio para evitar la certificación de los resultados electorales.

Muchos se lo buscaron tomándose selfies y sonriendo a las cámaras de seguridad. Como eran del movimiento anti mascarilla no tenían protección y cuando lo pensaron era tarde. Las cámaras de seguridad del Capitolio ya los habían fichado. Otros, como Debra Maimone, las desafiaron embargados por la adrenalina del momento que les hacía sentirse invencibles. «¡Esto es increíble!», contaba al teléfono de su novio que la estaba grabando, mientras se bajaba el pañuelo de las barras y las estrellas. «¡Ponte la máscara, no quiero que te identifiquen!», le ordenó él. Demasiado tarde. La policía ha logrado identificarles al comparar su voz y los tatuajes con las imágenes tomadas el año antes por una televisión local de Pittsburgh, a la que contaron otra osadía en un bote de pesca.

El diario The Washington Post ha reunido todas estas pistas analizando los documentos legales que ha presentado la fiscalía en los tribunales federales, una labor titánica que deja al descubierto muchas de las técnicas utilizadas por las autoridades. A la pareja le ha costado, de momento, 20.000 dólares en fianzas para quedar bajo libertad a la espera del juicio.

Algunos han negado los cargos alegando que en la escena había alguien que se parecía mucho a ellos, lo que obligará al FBI a demostrar la fiabilidad de estas técnicas. Uno de ellos, Andrew Hatley, intentó usar Facebook para despistarlos. «Quiere dejar claro que no era yo, no tengo interés en causas perdidas, estas cosas ya no me importan». Pero la página de Mark Zuckerberg no era la única que le había fichado. El FBI pidió con orden judicial sus fotos de otra aplicación familiar llamada Life360 para compararlas e incluso fue capaz de rastrear sus pasos a través del teléfono para ubicarlo en el Capitolio.

Los más precavidos llevaban gorras y pañuelos e incluso habían dejado el teléfono en casa. Philip Grillo se llevó el de su madre y se encargó de no tomar vídeos ni selfies, pero le fue imposible controlar lo que hacían otros a su alrededor. Entre eso y las cámaras de seguridad del Capitolio, el FBI utilizó técnicas de reconocimiento facial para identificarle e incluso comparó los bordados de su chaqueta de cuero de los Caballeros de Colón con los que aparecían en un vídeo colgado en YouTube. Los peajes y radares de carretera rastrearon su coche desde que dejó Nueva York a las dos de la madrugada hasta que llegó a la escena. Incluso los que han evadido las redes sociales se encontraron retratados en sus pasaportes, centros de trabajo y hasta manifestaciones previas en las que las cámaras de seguridad de la calle les habían fichado para siempre. Algunos se suponía que estaban de baja por enfermedad. Otros, como Bryan Betancur, había pedido permiso para repartir Biblias en Washington DC. Según el rotativo capitalino, los archivos que el FBI ha aportado en estos casos criminales llega en algunos casos hasta 12.000 páginas.

Más complicado es dirimir la mente de aquellos a los que simplemente se les va la pinza. Parece ser el caso de Noah Green, el joven afroamericano que el sábado embistió contra dos policías del Capitolio matando a uno y salió del coche esgrimiendo un cuchillo, lo que obligó a los agentes a disparar. Hasta que empezó la pandemia era un estudiante modélico, prometedor atleta en la Universidad de Newport donde se le conocía por su talento para Económicas y su pasión por cerrar las diferencias raciales económicas aconsejando a sus compañeros técnicas de gestión financiera.

A finales de 2019 empezó a tomar ansiolíticos, que aunados con el aislamiento de la pandemia y los vídeos de Louis Farrakhan le hundieron una espirar mental al vacío, según su familia.

Con todo, nada hacía prever cuando dejó la casa de su hermano la noche antes diciendo que se iba a convertir en un sin techo que cometería un acto violento. El FBI no lo ha calificado de atentado terrorista. Sus razones tendrá.

El FBI ha detenido a 300 asaltantes al Capitolio con su huella digital
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