lunes. 04.07.2022

Hasta el martes pasado, las risas infantiles estallaban a diario en la escuela de primaria Robb, convertida ahora en una gran escena del crimen. La que dejó Salvador Ramos, de 18 años, al matar entre sus muros a 19 niños y dos profesoras, sin importarle esas vidas inocentes. Todas sus víctimas mortales estaban en la misma clase de cuarto grado, de la que se cree que sólo sobrevivió una niña de diez años, Miah Cerrillo.

La encontraron como a los demás, bañada en sangre y metralla, salpicada de fragmentos de hueso, inerte, con los ojos abiertos de par en par. Al verla su padre entró en pánico. La metieron en un autobús amarillo y la llevaron al hospital, donde, al limpiarle la sangre de tantos niños muertos, descubrieron que no tenía ninguna bala en el cuerpo.

La había salvado su mejor amiga, Amerie Joe Garza, en una escena que perseguirá a Miah para el resto de sus días. «Vais a morir», les dijo el joven de 18 años. Amerie Joe sacó su teléfono móvil y marcó el número de emergencias de la policía. «En lugar de quitárselo y romperlo, le disparó», sollozó su abuela en una entrevista con ‘The Daily Beast’. «Su mejor amiga estaba sentada a su lado y la salpicó toda de sangre». En los 45 minutos que el asesino estuvo parapetado en ese aula, Miah le vio ejecutar a todos sus compañeros de clase y a su profesora, pero se las arregló para permanecer inmóvil bajo los cadáveres, escondida en una taquilla.

La Policía pasó más de dos horas en el hospital intentando entrevistar a la testigo de la masacre, la segunda más importante en la historia de escuelas de primarias de EE UU y la mayor de la última década, pero no logró arrancarle nada.

Fue al anochecer cuando estalló en llantos y gritos, temerosa de que la encontrara el hombre del rifle, contó un familiar a este periódico. Se niega a dormir, teme que el asesino la encuentre en la oscuridad del sueño y se despierta sobresaltada con la menor cabezada. Le inquietan las visitas, está rodeada de demasiados fantasmas y los humanos le resultan multitud.

Ahora que sólo los mosquitos pululan bajo un sol de justicia donde antes las niñas querían ser princesas, Miah ha perdido de golpe la inocencia. Uvalde, con sus calles polvorientas y su cruce de coyotes fronterizos, ya no es un pueblecito del que nadie ha oído hablar sino un cementerio de almas en pena que no acaba de sacudirse la incredulidad de tanta carnicería. Le han visto la cara al mal y ya no podrán olvidarla.

Sobrevive cubierta con la sangre de su amiga
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