martes 17/5/22
En las tripas del museo

Guardianes del ADN leonés

En sus salas está el rastro de la identidad leonesa. Objetos que cuentan la vida de sus dueños. De cómo fue y es León. En la trastienda, en las tripas, en lo que no se ve, aguardan cientos de objetos para ser curados del paso del tiempo y el olvido. Es lo que contiene y preserva el Museo de los Pueblos Leoneses. Un espacio que es una de las mejores muestras etnográficas del país
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Javier Lagartos, técnico superior, curadorconservador del Museo de los Pueblos Leoneses, muestra una de las colecciones que atesora en uno de los Almacenes Generales de Piezas del edificio, un antiguo convento del año 1500 en Mansilla de las Mulas. MARCIANO PÉREZ

La pianola que tocaban señoritas de la alta sociedad de aquel León del siglo XIX suena ahora en una sala de un museo. Que tocaban o que hacían como que tocaban. Porque el instrumento es capaz de interpretar por sí solo hasta 800 piezas, desde jotas a Mozart. Música perforada en un rollo de papel. En 800. Durante años, este piano mecánico lo conservó la familia Santos, los inventores del Ronchito, un dulce único, caramelo derretido a fuego lento, León envuelto en papel. Una especie de símbolo de lo que guardan, conservan y preservan las paredes de lo que fue un convento de 1500, el de San Agustín, en Mansilla de las Mulas, y ahora es el Museo Etnográfico Provincial, que desde el 18 de mayo se llama Museo de los Pueblos Leoneses. León por todas partes.

En la trastienda del museo, en lo que se no se ve, aguardan cientos de piezas a la espera de una restauración que cure sus heridas. Las del paso del tiempo y las del olvido. Colocadas en estanterías, sin un orden preciso, esperan a que alguien rescate su historia. De lejos, podrían parecer simples cacharros, un batiburrillo de cosas. De cerca, se adivinan vidas pasadas, manos que los tocaron, hogares que habitaron.

Tienen una historia detrás. Narran una forma de vida que fue cotidiana. Sirvieron para algo. Ayudaron a sus dueños en el trabajo o a celebrar las buenas y las malas nuevas. Cuentan cómo fue vivir en León.

De recuperar ese rastro de historia para que no se pierda se encarga Javier Lagartos, curador-conservador del museo. Guía a través de pasillos repletos de objetos que fueron útiles y abre la sala de curaciones, una especie de Casa de Socorro, de UVI donde reciben atención las piezas más delicadas. A veces simplemente para ponerlas a salvo de la carcoma, otras para intervenciones que llegan hasta la médula. Bata blanca, guantes de nitrilo y mascarilla obligatoria mucho antes de que se extendiera la pandemia del coronavirus. Es una sala de reanimación.

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Javier Lagartos (técnico superior), Adelina Martínez (guía del museo), Lucas Morán (director), José Luis Maraña (mantenimiento) y Marta Natal (recepción y taquilla). MARCIANO PÉREZ

Son las tripas del museo, las galerías interiores, el almacén de la cultura tradicional de las tierras de León y sus gentes. Dos pisos por encima se exponen parte de las 8.000 piezas que atesora el Museo de los Pueblos Leoneses. Por ejemplo, el chozo móvil que construyeron unos pastores leoneses para refugiarse de las tormentas y tener un hogar desde el que vigilar el rebaño, una especie de caravana, de cámper de otro siglo. El armario de palloza, que era mucho más que un mueble, una mini vivienda con todo lo necesario dentro, desde una cama que se convertía a la vez en escaño, un espacio para colgar la ropa, una mesa abatible, un lugar para dejar otros enseres y hasta un cajón que hacía las veces de pequeña caja fuerte, un habitáculo que permitía tener algo de privacidad, un ingenio que aprovechaba recursos y espacio, una especie de mueble de Ikea con toda la vida metida dentro que describe una época de austeridad. El arcón de novia decorado con escenas de matrimonio que recordaba al marido las consecuencias de no cumplir con todas las obligaciones, especialmente la de fidelidad. El bargueño de tres piezas que dejaba a la vista, sin dudas, el poderío de la familia. Las colmenas en troncos ahuecados que permitían tener miel al alcance de la mano. La silla de ordeñar que ayudaba a tenerlo todo ordenado. La colección de carburos, mil formas de lumbre y luz, de calentarse e iluminarse. La hoz con mango de madera y una luna menguante en la cuchilla de hierro y cobre para cortar el cereal. El torno de soguero para fabricar sogas con cáñamo resistentes y duraderas. Artesas, ruecas, celemines, tronas, sillas de montar, cestas y canastas de paja cosida con mimbres o cáñamo para recoger el salvado que en León llamaban escriños, la colodra de madera en la que los segadores guardaban la pizarra para afilar la guadaña, matracas, arados, yugos, hoces, garabitos en los que los vendedores de frutas y hortalizas esperaban a sus clientes, trillos, mayales para desgranar cereales y defenderse si llegaba el caso, horcas, monturas, el carro chillón de ruedas macizas y eje unido a las ruedas... ganadería, pastoreo, comercio, caza, pesca, recolección... indumentaria, joyería, herramientas, aperos... folklore, romerías, juegos populares, gastronomía... la economía y la supervivencia, la alegría y el dolor, los mitos y las creencias, la vida y la muerte. Formas de vivir. Opulentas y modestas. Burguesas y campesinas. Dos mundos. Todos en un mismo espacio compartido.

En las salas y en las estanterías está la gran historia, la que cuentan los libros, Wikipedia e internet, y también la historia menuda, la que han salvaguardado las familias y su memoria, relatos breves de los antepasados que componen en este museo un gran filandón material de la esencia de León, etnografía urbana y rural, cultura universal y local, tiempos sustituidos y otros que siguen presentes o se han recuperado para que no queden en aquello que pasó.

De ese bagaje cuidan Lucas Morán, director del museo, Javier Lagartos, técnico superior y conservador, Adelina Martínez, guía del museo, José Luis Maraña, responsable del mantenimiento, y Marta Natal desde la recepción y la taquilla. Son los cinco guardianes del ADN leonés. Es lo que contiene y preserva el Museo de los Pueblos Leoneses. «El ‘sancta sanctorum’ de la cultura tradicional de todas nuestras comarcas», añade Emilio Gancedo, coordinador de Proyectos y Actividades Culturales del Instituto Leonés de Cultura, el ILC.

«El museo encierra las claves de lo leonés. Se trata de un espacio sumamente importante para la institución [la Diputación Provincial, propietaria del Museo, y el ILC, el organismo impulsor] y también para el conjunto de la sociedad leonesa, pues aquí encontrará explicación a muchas de las realidades culturales, históricas y antropológicas de esta antigua tierra», añade Gancedo.

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Javier Lagartos, técnico superior y curadorconservador del Museo de los Pueblos Leoneses, y el director del museo, Lucas Morán, en una de las salas de almacenaje y de ‘curación’ de las piezas, que han sido reformadas con sistemas modernos para garantizar su conservación. MARCIANO PÉREZ

«Todo lo que hay aquí ha sido tocado», explica Javier Lagartos. «Fue de alguien, ha tenido vida», explica. «Ha tenido una vida», precisa. Y enfatiza el ‘una’. Lo remarca y deja en el aire una reflexión. Emociona pensarlo. Presta, en el lenguaje universal leonés. Comprender que un objeto va asociado a la vida de quien lo utilizó, que era además la vida de sus convecinos, de sus coetáneos. Enseres que se vuelven a tocar, que tocan ahora otras generaciones, las que les sucedieron en este territorio antiguo, gente que se ha empeñado en mantenerlo todo con vida. Es la esencia, el tuétano de este proyecto.

Llegan hasta el Museo de los Pueblos Leoneses piezas bien conocidas, documentadas, sobre las que existen estudios y rastro, y otras que obligan a una investigación detenida, a veces sólo ingenios pensados por alguien para facilitar el día a día y que quedaron en invento sin masificar pero que permiten desentrañar cómo era la existencia y sus exigencias. Se alimenta el museo de donaciones. A veces anónimas, otras con nombres y apellidos. Donantes de la historia de León. En ocasiones, fueron primero visitantes del museo.

«Se sorprenden. Aquí la frase ‘no me esperaba esto’ es la más escuchada», cuenta Lucas Morán, director del museo. «Estamos ya familiarizados con la expresión», añade.

Por el viejo convento de San Agustín han pasado ya 140.000 personas. Aún así, hasta el presidente de la Diputación, Emilio Morán, reconoce que «necesita un impulso decidido para atraer más visitantes y estar más presente en la vida cultural y turística». Morán anunció, durante su visita a Mansilla de las Mulas coincidiendo con el Día Internacional de los Museos, la intención de mejorar y renovar su imagen «por sus dimensiones, su importancia para la conservación del legado etnográfico y su papel como motor turístico de la provincia». Porque el museo tiene sólo un presupuesto anual de 482.840 euros y una partida de 71.000 euros para la última reforma, destinada a acondicionar el Almacén General de Piezas con la colocación de estanterías de carga, armarios móviles y planeros y un sistema de seguridad.

«En realidad, es el gran custodio de la cultura rural de todas las comarcas leonesas», sostiene el presidente de la Diputación. De ahí el cambio de nombre. De Museo Etnográfico Provincial de León a Museo de los Pueblos Leoneses. Porque «ocasionaba confusión» y, aunque oficialmente se niegue, en el fondo competía con el Museo Etnográfico de Castilla y León.

Para que no haya más dudas, todo se explica ya en las audioguías del museo, que están en español, inglés y también en leonés, que como los objetos de estas galerías, no está muerto y lo usan todavía en los pueblos leoneses.

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Javier Lagartos y Lucas Morán en la sala que acoge la pianola y que tiene en las paredes un trenzado metálico imitando la cestería tradicional. MARCIANO PÉREZ

Nuevos tiempos para una idea que nació hace más de un siglo, cuando en 1918 se propone ya la creación de un espacio para albergar un Museo Leonés de Antropología y Etnografía. Hubo que esperar un tiempo hasta que apareció un mecenas. Mejor dicho, dos. Idelfonso Fierro Ordóñez, que pagó el edificio que lleva su nombre, en la calle Santa Nonia y que es sede del ILC, y Julio Carro Carro, el médico y humanista que cedió su colección etnográfica de gran valor, el germen del museo de Mansilla de las Mulas. Durante años, las piezas del doctor maragato se expusieron y conservaron en la planta baja del Edificio Fierro, una especie de almacén visitable, hasta que la Diputación encarga al arquitecto Mariano Díez Sáenz de Miera que proyectara en el arruinado convento de San Agustín el edificio para musealizar la colección, que había ido creciendo gracias a las entregas de los leoneses, y encontrar espacio para la Biblioteca Etnográfica Concha Casado, con 10.000 volúmenes.

Así se alzó el nuevo edificio, sobre restos y rastros del pasado, que conserva la fachada renacentista con los escudos de armas de los Almirantes de Castilla, la familia fundadora del convento, la fachada de tapial de la antigua iglesia, la capilla mortuoria de los señores de Villafañe a caballo entre el último gótico y el Renacimiento y los suelos de canto enchinarrados con decoración simbólica, geométrica y vegetal.

Pasado de gloria para un lugar que ha puesto la vista en el futuro. El museo que cuenta una forma de vida y que mantiene vivo la explicación de lo que es León.

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