lunes 16/5/22

Siguiendo a E. Hemingway, Por quién doblan las campanas, hoy, subido al campanario de Cevico Navero (Palencia), repico las campanas anunciando la defunción de mi querido amigo Claudino Álvarez Asensio que, a sus 93 años, nos ha dejado un poco más huérfanos. Para muchos trabajadores metalúrgicos y para multitud de profesionales que trabajan en talleres mecánicos de toda España, el nombre del maestro D. Claudino en absoluto les resultará ajeno, pues en su larga vida profesional tuvo multitud de alumnos, empezando por su prolongada estancia en la universidad Laboral de Zamora y luego en el Centro D. Bosco de León, amén de que sus textos de Dibujo Técnico y Mecánica fueron y son muy utilizados en las Escuelas de Maestría Industrial, de Sevilla a Barcelona y de Madrid al País Vasco, pasando por Aragón, Galicia, Asturias y toda Castilla.

Para el recuerdo personal me remontaré a finales del mes de agosto de 1969. Él llegó a León, proveniente de la Laboral de Zamora y yo fui trasladado desde Barcelona. Él, con 40 años y yo, más joven, con 26, ambos tomamos las riendas de la formación escolar y técnica del recién construido y sin estrenar Centro D. Bosco, levantado en las eras de Armunia, junto al lavadero, a cien metros del Plus y a otros cien de la factoría de Antibióticos.

Antes de iniciar el curso, a mediados del mes de septiembre, con los patios casi en estado salvaje, llenos de escombros de toda la macro edificación, fuimos conociéndonos los veinte profesionales que íbamos a dar vida a una obra pionera en León. El director, D. Alfonso Milán, venido también de la Laboral de Zamora, un químico que había ejercido con mano firme la función de jefe de estudios en la Universidad Laboral, era un hombre serio, pero muy experimentado en alta dirección y eso imponía respeto, pero nos infundía seguridad a los más jóvenes. D. Claudino Álvarez fue la pieza clave para la puesta en marcha del complejo técnico-laboral: un hombre maduro, bueno, tranquilo, amable, atento, sencillo, cercano, lleno de energía y sabio en su profesión; desde muy joven se había formado y troquelado en la fábrica de armas de Palencia.

Mi homenaje de hoy a este hombre bueno, sencillo y sin anillos que le impidieran trabajar, consiste en pedir para su recuerdo que un taller del centro o un aula puedan llevar su nombre, con placa incluida

Una vez sentados y reunidos todos para organizar la marcha del nuevo centro, nos percatamos de la tarea nada fácil que suponía iniciar una obra educativa en la que todo el pueblo de Armunia y también mucha gente de León tenían puestos sus ojos y sus expectativas.

Pues bien, D. Claudino se puso al frente de todos nosotros y dijo sin tapujos ni complejos: como el patio central está lleno de escombros, antes de nada, esto hemos de adecentarlo y no podemos empezar el curso sin arreglarlo. ¿..? ¿Obreros?, ¿maquinaria y herramientas?, ¿dinero? No había nada. Pero D. Claudino era un hombre práctico. En la chatarra se agenció material suficiente que luego adecuó mediante trabajo en el torno y en el taller de soldadura. Fue tal su actividad, que consiguió proporcionarnos a cada uno alguna herramienta (espuertas, palas, rastrillos…) y él subido a una excavadora mecánica cuyo préstamo había conseguido de los hermanos Michaisa «para un par de horas» (aunque no paró hasta acabar la faena el domingo por la tarde)…, nos daba órdenes a unos y otros, mientras con la maquina arrastraba los materiales de escombro y aplanaba el terreno. Desde el sábado por la tarde y todo el domingo, consiguió dejar igualado y limpio todo el patio central, en el que se reunirían antes de subir a las aulas todos los alumnos, tanto para ir a clase como para ir a los talleres y luego, en el mismo espacio, podrían jugar durante los recreos. Su preocupación, al acabar tan frenética labor el domingo, se centraba en lo que les diría a los hermanos Michaisa, para convencerles de que solo había usado la maquina dos horas y no 24…, pero el depósito, casi vacío, le delataba. D. Alfonso Milán, el director, le dijo que eran antiguos alumnos del colegio salesiano de Salamanca y que intentara convencerles de que D. Bosco se lo pagaría (¡sic!). Sé que cuando les devolvió la excavadora el lunes, ellos se quedaron muy extrañados, pero al fin, Claudino se las arregló y les prometió pagarles de alguna manera (¿?) el generoso servicio prestado.

La separación de la zona destinada a jardín y en la que con la máquina había amontonado la tierra buena, quedó marcada con cuerda y a los pocos días se colocaron los arcos construidos en el taller mediante la soldadura de tuberías desechadas. Ya iniciado el curso, se llegó a encementar lo que sería el campo de baloncesto y hoy todo el patio central está perfectamente asfaltado.

Si hoy tuviéramos una pequeña tertulia con nuestro finado D. Claudino, recordaríamos tantas y tantas vivencias del primer año, en el curso 1969-70; posiblemente nos contaría la peripecia con los hermanos Michaisa y, desde luego, a él no se le habría olvidado el día 27 de abril de 1970, el día que nos visitó la directora general del Ministerio de Educación, la Dra. Ángeles Galino Carrillo, la cual vino a León para inaugurar en esa fecha la vecina Escuela de Agrónomos, el Centro D. Bosco y el Instituto Juan de la Enzina. Un olvido que resulta patente en las tres entidades, ya que en ninguna de las tres hay ni siquiera una placa que lo atestigüe. Pues, mi homenaje de hoy a este hombre bueno, sencillo y sin anillos que le impidieran trabajar, consiste en pedir para su recuerdo que un taller del centro o un aula puedan llevar su nombre, con placa incluida. Méritos hizo en abundancia. D. Matías Piñuela, su compañero de brega entonces, es hoy el administrador; espero que me escuche y me haga caso; yo pago la placa, si le rinden este honor merecido. ¡Descansa en Paz, Claudino, amigo y compañero!

D. Claudino, hombre bueno y maestro excelente
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