viernes 28/1/22

Más allá del valor que cada uno quiera otorgar a la técnica, el contenido, la puesta en escena o el oportunismo político de la filmografía de Pedro Almodóvar, hay un aspecto que me gustaría destacar: su espíritu genuinamente español. No hay más que ver cómo desde el principio de su trabajo se ofrecen, desde diferentes ángulos, señas de identidad claramente hispanas, articuladas a una época, llena de contrastes, que a muchos nos tocó experimentar. Ya sea por sus personajes y enredos, envueltos en ocasiones en una nebulosa satírica con tintes dramáticos, fiel exponente de los problemas de nuestra sociedad; o por su temática, en las que se muestran y tensan, en ocasiones, los asuntos sociales con cierta ironía y fina comicidad, lo cierto es que nadie puede rechazar que el cine de Almodóvar es un cine esencialmente español y con raíces fundamentalmente hispanas. A mi modo de ver, su cine sigue la estela de la sátira caricaturesca que tanto juego dio durante la etapa franquista, de la mano de Berlanga, Azcona o Bardem, entre otros, mezclada con toda esa pantomima de represión sexual que, gracias a Ozores y otros profesionales de indudable valor artístico, nos hacían reír por no llorar, mientras se mantenía férreamente esa atmósfera tan oscura como silenciosa, de represión, que se mantuvo hasta sus últimos momentos.

Pues bien, de la declinación de ese modelo prohibidor surgiría más tarde el cine de Almodóvar, aunque en clave de ‘movida madrileña’, adornado con todo tipo de estratagemas y guiños de esa época, como respuesta a un momento convulso, pleno de ideales fallidos, que arrastraría a tantas almas cándidas en un tiempo que prometía despertar. ¿Hacia dónde? Eso sería otro asunto a dilucidar.

Pero lo cierto es que su cine, en un primer momento, siempre se mantuvo dentro del contexto de una problemática específicamente española, diseccionando múltiples temas de orden sexual, tanto en cuanto al fenómeno de las identidades como de las elecciones de objeto sexual, para promover no sólo escenas de risa, sino también, lo que es más importante, la aceptación de determinados patrones y actitudes sexuales que difícilmente eran aceptados por el conjunto de la población. La homosexualidad, la bisexualidad, el fetichismo, el travestismo, el transexualismo, el feminismo o el capítulo de las drogadicciones encontrarían, en su cámara, el reflejo de lo que en ciertos sectores de la población comenzaba a ser investigado en una atmósfera, como la española, demasiado apegada a un discurso en el que lo sexual era aún sinónimo de oscurantismo, tabú y pecado. Y sino lo creen, vuelvan a repasar la filmografía española de aquellos años, o el mismo trabajo que se tomó Buñuel, en clave psicoanalítica y surrealista, para tratar de desenmascarar el problema tan insoluble como enigmático de lo sexual en la condición humana, y sobre todo en la cultura española.

Es un acto de equidad, justicia, generosidad y compasión humana permitir y ayudar a que los vencidos de antaño puedan dejar de una vez por todas de sufrir por sus familiares ocultos o silenciados

No obstante, Pedro Almodóvar gracias a su estilo y enfoque desenfadado, aunque no exento de crítica en un momento en que los cambios se iban produciendo con ciertos márgenes de temor y mucha duda, actuaría como un dinamizador sociocultural, sirviendo con su mirada para aprehender la efervescente temperatura social de un contexto clave en la política y la cultura de transición española. Al fin y al cabo, estábamos atravesando de un modo vertiginoso, que resultó funesto para muchos como bien conoce, el mundo cerrado basado en la censura y la prohibición a un mundo abierto centrado en la permisividad y el imperativo de goce.

Recientemente he visionado la última película suya titulada Vidas Paralelas, en la que se mezclan nuevamente temas candentes de siempre con situaciones del mundo hipermoderno, tales como la problemática de la feminidad, el amor entre mujeres, la maternidad en solitario o la cocina española, en un ambiente de búsqueda de todos esos cuerpos sepultados bajo el imperio del odio a lo largo de nuestra contienda civil.

Nuevamente, uno de nuestros directores de cine más afamados, pone el dedo en la herida para abordar un tema que muchos desconocen o se empeñan en querer olvidar, pero que aún permanece en la memoria de algunos ciudadanos españoles. Desconozco la motivación o el interés particular que ha tenido para utilizar este tema en su nuevo film, pero no cabe duda de que lo extraño no es que él hable de ello, sino más bien por qué después de tantos años aún no se ha dado una salida satisfactoriamente humana a esta cuestión. Y digo humana porque enterrar a los muertos, velarlos y realizar ofrendas y rituales forma parte de la misma condición del hombre desde sus orígenes más arcaicos. Mucho antes de que se construyeran monumentos o templos funerarios dedicados a lo sagrado, los seres humanos ya habían aprendido la necesidad de enterrar a sus familiares. Estaba en juego más allá de que no fueran devorados por las alimañas, el poder otorgarles un espacio en el que emprender el largo viaje. Pero también era el modo de tranquilizarse frente a ellos por ese temor ancestral que siempre ha supuesto la muerte y los muertos en general. Enterrar a los cuerpos es así uno de los primeros actos de toma de conciencia del «ser para la muerte» que todos somos, tanto como de dignificación de la propia vida humana. Porque sepultar o esconder cadáveres en la tierra no es enterrar sus cuerpos, puesto que esto último requiere de un tipo de ceremonial en el que el dolor y los sentimientos ambivalentes, de amor y de odio, hacia el fallecido, se ponen en juego a través del llanto, el abrazo y el bálsamo que ejercen las palabras, como siempre se ha realizado.

Por eso es preciso otorgar este trance, siempre que sea posible, para cerrar heridas, purificar sentimientos y abrir lazos de concordia entre todos, que permitan poner punto y final a la situación.

Si bien estoy convencido de que las atrocidades y barbaridades en nuestra contienda se repartieron entre ambos bandos, lo cierto es que los vencedores han tenido ya la oportunidad de honrar y ofrecer homenajes a sus muertos durante muchos años. Luego es un acto de equidad, justicia, generosidad y compasión humana, permitir y ayudar a que los vencidos de antaño puedan dejar, de una vez por todas de sufrir, por sus familiares ocultos o silenciados.

Por todo esto la última película de Pedro Almodóvar es una manera de mantener el recuerdo de lo sucedido en espera de poder olvidarlo, haciendo que triunfe el amor aunque sólo sea por ese instante.

El fenómeno Almodóvar
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