sábado. 04.02.2023
Menos mal que en España no existe la lapidación. Si existiera, hoy se estaría pidiendo para el presidente del Tribunal Constitucional. Más que lapidarlo, pedirán que lo echen a pedradas. Yo siempre pensé que don Manuel Jiménez de Parga es un sabio. Quienes le propusieron y votaron para tan alto cargo, también. Pero últimamente este hombre tiene descolocados incluso a sus forofos. Eso que dijo ayer, que «es un gran error» usar el término «nacionalidades históricas», más todas las comparaciones que hizo sobre el agua y la higiene, están llamados a ser el escándalo de pensamiento de la temporada. No se trata de que tenga o no tenga razón, que en estas cosas las verdades siempre son siempre discutibles y habrá quien no pare de aplaudirle. Se trata de que, constitucionalmente hablando, ha dicho una herejía. Y la ha dicho el presidente del Tribunal que vela por el cumplimiento de la Constitución. El fondo de pensamiento que denuncia es un fondo unitarista, quizá del agrado del poder político actual. Es un retorno a la filosofía del «café para todos» que otros gobiernos acariciaron, pero no pudieron practicar. Es confundir la aplicación de normas -sobre enseñanza de la historia, por ejemplo, donde tiene toda la razón- con el principio autonómico. Y es un golpe al consenso en que se fundó la misma Constitución. A partir de esto, se plantea una grave cuestión: el presidente del TC es antiautonomista. Pero ese Tribunal tiene que dirimir conflictos entre Estado y autono- mías. Hace unos días anuló los presupuestos del País Vasco. ¿Van a ser creíbles sus sentencias? ¿No pueden alegar los nacionalistas vascos, pero también los gallegos y catalanes, que existe una predisposición en contra? Las alegrías de opinión del presidente están poniendo en riesgo el crédito y la autoridad del Constitucional. Si fuese un juez ordinario, cualquier justiciable pediría su recusación. Y se la concederían.

Herejía en el tribunal
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